INVITADOS A LA LOCA DE LA CASA







Ancestros



Por Elkin Restrepo

22. IV.96


En un recodo del Baudó aparece el caserío rústico y solitario.
El planchón se arrima y yo salto antes de que haga contacto
con el barranco que sirve de muelle y que, luego,
durante las semanas que pasaré allí, servirá para que el río,
adormilado y vasto, se lleve mis ensoñaciones
y les cambie de forma como a todo cuanto cae en él.
Vine, pues, y me quedé a habitar entre nativos
que sin mayores reatos me aceptaron como a uno más
y con los cuales, después de la enseñanza debida,
cacé, pesqué, y me confié al rezo que evita
que los malos espíritus te hagan daño.
Cualquier día, después de una vigilia de horas y horas,
mientras descansaba en el chinchorro,
tuve un sueño donde cabían todos sus tótems y divinidades
y donde se me indicó un cierto animal,
que se me dijo era el “propio”, cuya forma debía tomar
cada vez que me internara en la selva,
entregándoseme para el efecto ciertas raíces mágicas
y previniéndoseme acerca de su uso.
Una tarde, no más salir del caserío, al pié de una ceiba florecida,
cambié por primera vez de figura,
deslizándome de inmediato en un mar de aromas,
que me alucinaban y me hicieron olvidar mi condición humana.
Fui por el monte, advirtiendo a mi paso
que los demás animales, grandes y pequeños,
me hacían guiños o levantaban la cabeza a modo de saludo,
procurando hacerme sentir bien.
Aunque sorprendido, tal familiaridad me puso muy feliz
y, olvidando las precauciones,
necesarias aún para un animal,
me alejé, metiéndome en el país de los Emberas,
diestros en el manejo de las flechas y las cerbatanas.
Pero un enorme tapir, que siempre tuve cerca, me hizo señas,
y, antes de que ocurriera algo grave, dimos vuelta atrás.
Al anochecer, en el caserío, se encendió la hoguera
y la gente charló y comió.
Entonces el curandero, un negro grande y simpático,
con gruesa voz operática,
me preguntó si tenía cosas que contar de mi aventura.
Bastó que dijera esto para que los negros empezaran a reírse
y a darme palmaditas en la espalda,
cómplices en una burla que disfrutaban.
Ante mi desconcierto, corteses como eran, intentaban refrenarse,
pero fue la hilaridad general y yo empecé a reír de verlos reír a ellos.
Ríen por nada, nada más sano y natural, pensaba yo,
pero, observándolos, de repente caí en cuenta de que esas risas,
esos guiños, esas muecas,
¿no eran acaso las de los animales que encontré en el monte?
¿Esas chispas en los ojos del curandero,
no eran las del tapir que me guío fuera del alcance de los indios?
Entonces comprendí y reí tanto como ellos.
Ellos eran los animales que había visto en el monte,
de ahí los saludos y la compañía
cuando cambié de forma y me puse a recorrer la selva.
Después hubo muchas otras incursiones
en las que el pueblo se quedó vacío y sus habitantes,
convertidos en meras criaturas,
deambulamos por el monte, llenándolo de belleza
con nuestros gritos, carreras y pelajes.
Una vez, como manada de monos, atravesamos el Chocó,
terminando en la ensenada de Utría al pie del más hermoso mar.
Otra, fuimos hasta Nuquí a visitar unos negros,
medio parientes de un fulano amigo,
que viven de vender conchas de tortuga.
A veces, desoyendo consejos, alguno se rezagaba en algún corral de cerdos,
entonces llegaba la noticia de que, vuelto a su estado,
el negro había aparecido, río abajo muerto de un tiro.
Había otros que, cansados de tanta trocha, después del largo viaje,
olvidaban tomar su poción y, al pié de la choza,
se quedaban dormidos sin poder cambiar su forma de caimán
o culebra verrugosa.
Linda era esta vida de animal y a la vez persona,
que es un secreto de la selva y que te remonta a los orígenes,
pero un día, hostigado por la ruda voz de otros ancestros,
debí irme de allí y tomar camino a casa.
De esto hace algún tiempo.
Hoy vivo el drama de que nadie me toma en serio.
Hay quienes dicen, cuando mudo de figura,
que leones no hay sino en el circo.

p. e. Este poema lo escribí en el año 96 cuando todavía era un bebe y podía cambiar de muda como de pensamiento.











Elkin Restrepo


Elkin Restrepo nació en Medellín en 1942. Es poeta, narrador, dibujante y grabador. En 1968 ganó el Premio Nacional de Poesía Vanguardia de el periódico El Siglo con su libro Bla, bla, bla. Ha publicado los libros: La sombra de otros lugares(1973); Memorias del mundo (1974); Lugar de invocaciones (1977); La palabra sin reino (1982); Retratos de artistas(1983); Absorto escuchando el cercano canto de sirenas (1985) ,La Dádiva (1991)…  Es Abogado de la Universidad deAntioquia, y Profesor Titular de Literatura de la misma Universidad. Fue cofundador y codirector de la Revista Acuarimantina y actualmente es codirector de la Revista Poesía,  de la Revista Deshora , director  de la revistaUniversidad de Antioquia  y de la revista de cuento Odradek. Ha publicado los libros en prosa: Fábulas (1991) y Sueños(1993). Poemas y textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, ruso, y hebreo. Publicaciones en antologías y revistas de México, Estados Unidos, España, Francia, Argentina., Venezuela, Alemania, Rusia, Israel, Cuba. Actualmente dirige un Taller de Lecturas Literarias para profesionales de las distintas áreas en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Ha sido invitado a Congresos de Escritores y Ferias del Libro en Estados Unidos, Israel y Venezuela. Su voz poética es reconocida por su originalidad, el tono parco y depurado en el tratamiento del lenguaje, sus temas entre lo onírico y la celebración de la cotidianidad, el misterio y el amor.

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