jueves, 6 de septiembre de 2012

MONSEÑOR PIMIENTO ¡CÓMO TE EXTRAÑO!




Mario Hernán López.

No es ironía ni mala leche: desde la noche de inauguración del Festival extraño a Monseñor José de Jesús Pimiento y sus declaraciones públicas acerca del libertinaje, la exageración y la hostigante sensualidad que rodearon a los festivales de teatro de Manizales de finales de los años ochenta y casi toda la década del noventa.

Extraño las declaraciones de Monseñor en la prensa, sus homilías en la catedral, las misas concelebradas en los barrios para sanar a una ciudad enferma de molicie y obscenidad durante una semana. En su mejor momento, Monseñor denunció a las parejas que profanaban las puertas de la iglesia mayor con sus impudicias e hizo público el carácter malsano de las fiestas estruendosas en la plaza de Bolívar; los informantes le hicieron saber –y así lo denunció- cada detalle de los desnudos y otras prácticas de dudosa moral en las representaciones teatrales de la época. Gracias a esas declaraciones públicas, artistas, librepensadores, académicos, bohemios, intelectuales y otras minorías tuvieron el pretexto para salir en defensa del Festival (en prolongadas discusiones hasta altas horas de la madrugada), proclamando en sus consignas el fin de la inquisición y el inicio de una nueva era para la ciudad, ajena a los conservadurismos, mojigaterías y a cualquier control institucional del erotismo y la estética.

Lamentablemente Monseñor fue derrotado por minorías escandalosas que pregonaban la distancia entre el arte y la moral. Se retiró de la ciudad con la imagen de un hombre medieval, retrógrado y huraño, incapaz de comprender los nuevos momentos de la cultura. Salió en silencio portando un estandarte púrpura contra la modernidad laica y  permisiva capaz de empelotar, sin sonrojo, a hombres y mujeres en un teatro. Se fue Monseñor y la ciudad se tornó opaca y silenciosa en tiempos de festival; los espectadores infiltrados no volvieron al teatro y los ganadores de la pelea contra Monseñor seguimos encontrándonos cada año en las puertas de cuatro salas para intercambiar opiniones insípidas, sobrias y desapasionadas.

Ya no hay fiesta en la calle, ni exceso, ni extravagancia. El Festival ocurre en el encierro de las salas, hace parte de la vida cotidiana como un buen traje, un partido copero del Once o una invitación a comer. Con la ausencia de Monseñor, el Festival no parece tener contradictores sinceros, ni fiesta, ni desmesura, ni plata.                  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Quieres decir entonces que el festival ya no tiene pimienta??