lunes, 10 de septiembre de 2012

La política: el advenir de otros ojos. Con el descaro y desenfreno demi inmoralidad



La pérdida sistemática de los placeres y los días en los que transcurre la vida cotidiana encerrada en los laberintos tortuosos de la modernidad, hace evidente un desencanto globalizado de los seres humanos con el estático sentido de mundo de la repetición perpetua de los valores del capital: la fugacidad del comercio de la vida planetaria.

La expresión más fuerte del desencanto reinante entre los seres humanos se da en lo que quiero denominar siguiendo a Bauman vidas de aves de corto vuelo, en ella queda de manifiesto la levedad con que se viene asumiendo el vivir en el mundo contemporáneo. Sin carga alguna se enfrenta el acontecer cotidiano, se espera el devenir, ligero de equipaje, sin valor alguno en sus dos acepciones se registra la existencia, asumiendo una fluidez sin cauce alguno que no deja más que el hastío. Esta ausencia de carga nos impide estar a la carga, nos niega de plano proyectar un nuevo sentido, impide atacar demencialmente un mundo que ha olvidado el ser y todas sus manifestaciones como lo plasmó Heidegger.

Indudablemente exhortar a cargar de nuevo, a buscar un peso, valores fuertes (como el amor) que renueven el agotado y fragmentado imaginario político, no es un llamado a renovar los votos del sólido y estático mundo de los esencialismos, de los apretados corsé de los estados nacionales y mucho menos del estrecho margen de acción del capital de los tiempos y movimientos. Es todo lo contrario, un llamado a condenar en un solo discurso tanto las viejas como nuevas formas de ejercicio del poder y las subjetividades que de ellas se dirimen y darle sentido a las subjetividades radicales de las resistencias que luchan por otro sentido de mundo; resistencias nacidas de la orfandad del pensamiento, del vacío de la nada, de aquellas formas del ser que han mandado la tradición y el advenir del capital a la mismísima mierda.

Para delinear nuevos valores es preciso que la política devuelva la mirada, que de nuevo se proyecten sobre el ser arrojado esos hermosos ojos verdes que reflejan cumbres de inhóspitas montañas donde habitan los más altos sueños; para ello, se deben buscar lianas para moverse por fuera de los entramados ejercicios del poder y renunciar al autoreflejo perpetuo que vuela sobre sí mismo. Indudablemente será una política que cargará con el peso de ser cuerpos (de su cuerpo embriagador de fantasías) de esos cuerpos que aman, desean, erotizan, juegan, hablan… que se asumen vivos y por ello están arrojados a la vida, proyectados hacia adelante, en el asombro descarado de sentir y hacer sentir; del corpus que se da en la comunión de lo común (el éxtasis del placer) en el estallido del deseo de inventarnos para el mundo, que en su reverso se puede describir como la pulsión de un sentido de mundo, que no es otro que el sentido común, de descubrirnos en un nos-otros, en relación (acaso sexual) con la existencia humana y como escribió Nietzsche humana demasiado humana.

Esta nueva política obviamente tiene un tiempo, un lugar abismal que reclama el peligro de la infinita finitud de los instantes de los seres de carne y hueso, de la estrellas fugaces y de estrellas en el firmamento, de la noche y sus rimbombantes sonidos, del llamado telúrico a entregarse por completo al mundo, es decir a una vida completamente mundana, o lo que es lo mismo, a la abertura del espíritu al mundo que existe aquí y ahora, de un tiempo aciago que clama por la aceptación de su fin y el reencuentro con la mirada.

En la honestidad de la palabra, no es más el grito huérfano que reclama de nuevo la presencia de tus ojos, es la escritura desquiciada del deseo que honra la apertura de tu cuerpo para penetrarlo con la oscuridad de la noche que soy (debido a la ceguera de la luz de tus ojos) en los instantes reales en los que estoy contigo. O de los que me procuro artificiosamente gracias a mi refinada inmoralidad: Qué otra cosa puede hacer la poesía: fantasear con el deseo, mucho más cuando se sospecha una gota de afinidad, que posibilita el encuentro para un eterno desencuentro.

Boris Edgardo Moreno Rincón
In-docente universitario

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