sábado, 18 de agosto de 2012

CON EL OLOR DEL HUESO




-Tríptico-

Mario Hernán López.

1. Al empezar a descender por alguna de las calles empinadas del viejo barrio de Los Agustinos, cualquier transeúnte de estos tiempos puede pensar que ha cambiado de época. Es probable que al detenerse en alguna esquina se quede curioseando en la arquitectura de las casas de dos o tres plantas, y se fije en las construcciones de bahareque en las cuales sobresalen los balcones de madera, adornados con matas y afeados por la ropa vieja, recién lavada, que cuelgan los vecinos en las mañanas. Buena parte de las casas están pintadas con colores vivos, eléctricos, saltones, como si cada familia tuviera el propósito de hacer más vistosa la vivienda, creando un ambiente de barrio al mismo tiempo envejecido y chicanero.
El barrio está lleno de gente apostada en las esquinas; casi siempre son jóvenes vestidos a la manera de los barriobajeros con sus camisetas oscuras y desteñidas, pantalones caídos y tatuajes de colores con frases e imágenes que evocan los amores y gustos musicales de estos tiempos.
Cualquiera que pase por estas calles puede advertir que el barrio es un lugar cargado de historia: sin ser un sitio de invasión o de migrantes forzados, está habitado por familias humildes y rebuscadoras, obligadas a sortear de la mejor manera las dificultades cotidianas. Miguel Antonio, con su acostumbrada mala leche, prefiere definirlo como un barrio de obreros, vagos y trabajadores informales en el cual se refugian buena parte de los malandros, atracadores, viciosos y putas de la ciudad. “Y no le falta razón”, dice la mujer.
-¿A dónde vas tan temprano? Le pregunta la anciana menuda, negra, llena de carácter; su compañera desde hace cuarenta años.
-Tengo que ir a cobrar los intereses -responde huraño.
Ella lo vigila desde la ventana de la casa, lo ve descender lentamente, rengo, apoyado en su bastón de caña con el mango forrado en pica-pica. Le sigue la pista hasta que desaparece unas cuadras más abajo entre la algarabía de la gente que a esa hora de los sábados se agolpa en los alrededores de la plaza de mercado.
Dentro de la plaza, Miguel Antonio recorre los pequeños locales en los cuales se ofrecen innumerables productos comestibles, de uso casero o medicinal. La galería –como la llaman los locatarios- es un microcosmos en el que se compran y venden las cosas más ordinarias o insólitas. Él suele dedicar la mañana de los sábados a cobrar los pequeños intereses de las platas que presta a los comerciantes, aunque en esta ocasión tiene otra tarea para hacer. “Casi siempre lo engañan aprovechándose de su mala memoria de viejo analfabeta”, cuenta la mujer.
Al entrar al pabellón de carnes toma hacia la izquierda, sube con lentitud una pequeña rampa que conduce hacia el sitio que por cinco décadas fue su lugar de trabajo: el banco de picar hueso. Miguel Antonio tiene las manos deformes por los golpes, las cicatrices y las callosidades causadas con el hacha de picar, ese fue su oficio desde adolescente.
Sin hacer ningún llamado abre la puerta metálica, en el centro del local está el tronco de madera, en la mitad del tronco, como si fuera un monumento a la fuerza física, a la brutalidad o al abandono, se mantiene clavada el hacha de picar.

2. Carlos Pineda se levantó temprano, sorbió café negro, preparó el equipo para fotografías en blanco y negro, salió a la calle, tomó un taxi y se dirigió a la plaza de mercado. La luminosidad de la mañana le permitiría hacer buenas fotografías. El taxi recorrió la avenida central de oriente a occidente, dobló hacia el norte a la altura del único teatro que aun exhibe películas triple equis. Durante el recorrido, Carlos evocó una frase del sueño de la noche anterior: “¿Por qué le regalaste a esa mujer el primer capítulo de la novela?” Le decía la madre con voz firme. Ella había muerto hacía un par de años y aun seguía censurándolo desde la eternidad.
Entró a la plaza de mercado por la zona de frutas y verduras; el olor del sitio era una de las mejores cosas de la ciudad: los olores de las plantas aromáticas y de las frutas frescas se mezclaban con los vapores del chocolate caliente que ofrecían los pequeños restaurantes caseros. Carlos pidió una taza de chocolate con arepa, carne asada, queso y mantequilla.
¿Por qué le regalaste a esa mujer el primer capítulo de la novela? Seguía sonando en la cabeza. Sabía de cuál mujer se trataba pero no podía descifrar el asunto de la novela, él era fotógrafo y nunca había intentado escribir algo que superara las cuatro líneas de un pié de foto. “El mundo de los sueños con muertos no está hecho para ser descifrado”, se dijo con ánimo poético pero sin mayor convicción.
Terminó el desayuno y se dirigió hacia el pabellón de carnes, dobló a la izquierda y subió por la pequeña rampa que conduce al lugar en el que se pica hueso. Abrió la puerta, en el centro del local había un tronco de madera de casi un metro de alto, grasiento y enrojecido; en la mitad del tronco estaba clavado el útil del picador. Al fondo un hombre viejo lo esperaba, con la ruana plegada en el cuello y el bastón de caña en la mano derecha.


3. Hablamos por primera vez en el salón de exposiciones y conferencias del Banco de la república, en una muestra de fotografías sobre la historia local en la que se exhibían los trabajos de los mejores fotógrafos de la región. Ella tenía puesto un vestido gris, muy largo, con los hombros destapados; el color del traje no le venía del todo bien con su piel de morena delgada y recién bronceada. La había visto antes en algunas charlas en el mismo Centro Cultural, llegaba sola mirando con aire aparentemente distraído y elegía un lugar para sentarse en la primera línea, frente al conferencista. Siempre me había atraído ese cuerpo de mulata bien dotada y el aire de autosuficiencia auténtica que deja a su paso.
Le pregunté por las fotografías que exhibían en aquella ocasión: “Me gusta la serie del viejo que pica hueso con el hacha”, respondió sin mirarme. Busqué entre las que podía ver a un metro a la redonda, allí estaba la serie: cinco fotografías a blanco y negro (tomadas por Carlos Pineda, decía la reseña), mostraban los gestos de fuerza y destreza de un hombre mayor que partía los huesos de un animal.
-¿Te das cuenta que tiene la ruana puesta? -dijo.
“El viejo de la fotografía trabajaba con la ruana puesta”, observó de nuevo, y señaló el pliegue de la ruana en el cuello; luego, casi tocando la fotografía con su dedo de mulata deliciosa, siguió la ruta del brazo derecho en alto a punto de descargar el hacha sobre un banco de madera.
-Observa la mano izquierda con la que sostiene el hueso para picar: tiene un anillo de casado, usaba el anillo de casado en la mano izquierda para no gastarlo con cada golpe.
La invité a tomar café a la tienda de Juancho, aceptó sin reparos. A pesar de mi interés por conocer algunos detalles de su vida, por sopesar las posibilidades de conquista y de mis miradas un tanto descaradas sobre sus encantos bien puestos, ella siguió hablando de los detalles de la serie fotográfica buscando construir y reconstruir detalles de la vida del picador de huesos.
-¿Puedes imaginar los olores de ese hombre? ¿Alcanzas a pensar en el horror de cada noche de una mujer con un hombre apestando a tuétano?
La escuché atento durante buena parte de la tarde: desarmaba cada elemento de la composición fotográfica, interpretaba cada gesto, imaginaba decenas de posibilidades de la vida familiar, del lenguaje, de la forma de amar de aquel hombre que usaba la argolla de matrimonio en la mano izquierda para no deformarla con los golpes del oficio.
Esa noche fuimos a bailar salsa clásica hasta que cerraron la discoteca; borrachos y llenos de ganas, nos metimos a un motel para empaparnos en sudor y sexo del bueno. “¿Te imaginas su olor? Es un tema para una novela” me dijo al oído, susurrando, en algún momento de la madrugada.









3 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre, querido Mario, escarbando en los sentidos y en las emociones más profundas. Excelente¡¡¡

Adiela

Anónimo dijo...

-Tríptico-

1. El que picaba huesos, cobró los intereses; el que hizo la fotografía, saltó a la fama; y el que fue a la exposición, gozó en el anonimato...hasta hoy.

2. El que picaba huesos, saltó a la fama; el que hizo la fotografía, gozó en el anonimato; y el que fue a la exposición, cobró los intereses...hasta hoy.

3. El que picaba huesos, gozó en el anonimato; el que hizo la fotografía, cobró los intereses; y el que fue a la exposición, saltó a la fama...hasta hoy.

Abrazos Mario.

Óscar A.L.

Anónimo dijo...

ivertypcbmMario querido, me asiste cierta sensación de parecido a la mujer del baile con su mirada crítica y observadora aunque no esté bien dotada ni tenga la piel bronceada, pero si tomaría el café y a bailar con el vestido gris...

Recuerdo de pequeña al lado del tronco del pabellón de la carne a una Virgen con manto azul con mirada alentadora que me quedó marcada en mi memoria.

Excelente escrito.

Mónica