jueves, 12 de julio de 2012

Una buena noche para suicidarse




Jorge Hernán Arbelaez  P

Era una buena noche para suicidarse. En el fondo, como si un músico sollozante lo estuvieran cantando en sus entrañas, se escuchaba My Way. Cómo podría hacerlo, cuáles recursos emplear. Ninguno que doliera mucho, ninguno que fuera escandaloso, no era necesaria la sangre corriendo a borbotones, ni los sesos manchando el pavimento. Desagradable. ¡Pufff! ya no había formas elegantes de morir, no era posible, como Petronio, contar con una bella esclava y una tina llena de agua tibia para que, sumergidos en ella, la vida abandonara sin prisa sus arterias.

Nadie encontraría poéticos los restos mortales de la leve humanidad de J. y todo el arte posible estaría reducido a una línea perdida en la página judicial del diario local, al lado de los escuetos informes de una pelea de borrachos o el asalto a algún negocio de compraventa. En la tarde de ayer, mientras el asfalto se bebía la tarde, se quitó la vida un fulano de sienes encanecidas. Silencioso y mofletudo, una suerte de ballena encallada sin rasgos particulares distintos a la tristeza de su piel aceitosa. Dirían que fue la depresión, que no han desaparecido los enfermos de wertherismo, que lo agobiaban las deudas, la inflación, la miseria, que su camisa no valía el pan cucarachiento de una tienda de barrio, que en uno de sus bolsillos traseros encontraron una peinilla negra a la que la faltaba un diente y un papelito en el que no estaba anotada confesión distinta a la nota bibliográfica de un libro de Herman Broch, y en unos de los delanteros, una billetera roñosa con unos viejos almanaques, uno en el que se alcanzaba a adivinar la silueta del Che Guevara, otro en el que una mano apurada había anotado el teléfono de una mujer.

Pero para qué ocasionarle a unos extraños un mohín de disgusto más, con bastantes de esos habían tropezado sus pies. Cómo hacerlo, cómo. En el fondo todo era ridículo, la noche era bella y en el cielo se movía un enorme disco blanco y la gente caminaba sin prisa por la Avenida Santander, sonreía, y pensaba seguramente en sus casas cálidas, en el televisor y en la película de la noche, la comida caliente y la mujer o el hombre con el que resanarían las heridas. Todo conocimiento distinto al placer fugaz de las manos ocupadas y los ojos entrecerrados estaba proscrito, como debía ser, como era para muchos. Era ridículo morir en una noche tan bella, pero era ridículamente bello morir en una noche así. Dónde y cómo matarse, era una menuda tarea. Tal vez apareciera un ladrón generoso, de esos que te encajan entre las costillas algunas pulgadas de metal mohoso, pasaría de victimario a víctima y el karma se depositaría en la cuenta corriente del delincuente altruista.

En esos días había leído en una revista que el autor de unos crímenes horrendos que seguramente estaba algo o muy chalado, se había suicidado en la cárcel. Los guardianes le habían quitado los objetos presumiblemente peligrosos, los cordones de los zapatos, por ejemplo. Al final le había bastado la camisa con la que confeccionó un rústico pero efectivo lazo. Un árbol, una banqueta y una cuerda, parecía fácil. Cómo sería ese último segundo, qué podría sentirse o pensarse. Tal vez, en un hálito de lucidez se dijera entúpido, qué hiciste, ya no hay vuelta atrás y tú en verdad no querías morir, no ahora, no así. No hace mucho había leído una novela en la que un soldado gringo, un judío que vivía en Hawai y que practicaba el boxeo, Bloom, si mal no recordaba, había quedado profundamente agitado luego de un larga pelea. Se marchó a su dormitorio y comenzó a jugar con su fusil. Puso la boquilla del mismo un poco más arriba de la nuez de Adán y se preguntó cómo sería morir, hacerlo podía ser tan sencillo como introducir la llave en una cerradura o servir un café, no era necesaria una congoja de perros o un cansancio existencial de los que calan los huesos, no, simplemente halar el gatillo. Lo que finamente hizo y luego de lo cual una conciencia que se desvanecía dijo no, qué he hecho. Tal vez le sucediera así y ya no podría ascender al puente de donde se lanzó o expeler el veneno que se despeñó tumultuosamente por su garganta.

¿Pedirles disculpas a todos los que se maltrató con quienes se fue injusto? Para que, no serían sinceras y en todo caso encontrarlos a todos, aunque no son muchos, tardaría tanto que el suicidio habría perdido la partida con la hipertensión. Lo decidió, solo se despediría de una mujer, la única a la que había amado. Tomaría un bus, se marcharía al pueblo en el que vive, la buscaría de casa en casa, le preguntaría a todos por una pequeña rubia de ojos alados y le comunicaría a esta, luego de encontrarla, que se iba para Jauja, un lejano país en el que las espigas crecen en la aceras y los árboles manan leche y que no volvería jamás. Como es posible que las lágrimas, inoportunas, contaran más de lo necesario, le diría que algo quedaba del viejo bardo, surrealista y obeso, y que ahora cargaba, como un oloroso símbolo que en ese momento no valía la pena explicar, una cebolla grande, de esas que obligan a las amas de casa a limpiarse la nariz con un pañuelo.

J llegó a su casa, mejor al pequeño cuarto que tenía en arriendo y del que pronto sería expulsado, abrió la puerta, miró los libros tirados en piso, y las camisas desperdigadas en los rincones y se lanzó a su cama deshecha, que, como siempre, olía a sudor y a cansancio. El único problema filosóficamente importante seguiría sin resolverse para él y esta noche, cuando menos esta noche, continuaría vivo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, a veces que la vida pesa mucho...

leta ada dijo...

Conocí a un simpático hombre de Manizales con una lista y 10 maneras para suicidarse, la que más recuerdo es "matarse trabajando"

Anónimo dijo...

Bien narrado, con una coqueta atmósfera negra.