lunes, 23 de julio de 2012

TEXTO PARA PENSAR UNA IMAGEN



Edwin Serrato.

La luz se filtraba entre las sábanas de la delgada figura, el día corría el velo pegajoso de la noche. Sus ojos posados en el cuerpo ya exangüe, mostraban el hálito del placer en la vigilia, en la espera, cuando aun no hay pérdidas, cuando aun el tiempo no se invierte ni se pierde: ¡se disfruta!; en ese instante en donde todo se funde en una sola imagen, fue sorprendida la mañana del deceso.
El cuarto tomaba entonces otra vida, contaba otra historia, y en la profunda sensación de lo íntimo había espacio para alguna sonrisa. En la complicidad del delirio se marcaba el sosiego de hacer las cosas bien.
El reloj de mesa daba el instante completo, un instante superable, un instante listo para ser recordado, ya disímil, ya silencioso, ya inverosímil, y como si fuera decisión del tiempo hacer más largo el momento -no para prolongar la agonía sino para dar una oportunidad más a la conciencia-, los segundos pasaban con lentitud abrumadora. Se prolongaba la espera, por algún frío, por algún calor, por algún sosiego, por alguna imagen acabada o inacabada de la historia. Fue entonces cuando se sumió la memoria en el evocar de lo intenso, de los momentos; entonces la otra: la misma, arrebató el silencio de las caras y ahogo el paisaje austero en relatos: -fue un día como este, el día mismo en que acabé mirando el ocaso como si fuera el último, me encontraba en el delirio, para mí no valía todo el oro del mundo comparado con el instante que se consumía. Él me hizo sentir, de cualquier forma, de alguna forma; escogió los momentos adecuados para vestir y revestir de sus manos mi cuerpo, elogiar la tibia esencia del ensueño y hacerme perder la razón por instantes; instantes que se negaban a padecer el destino de la evanescencia, instantes que se tejían con débiles pero perfectos hilos y que iban construyendo aquella sinuosa imagen de lo voluptuoso… y lo lascivo se hizo amigo, y lo comprensible sobrepasó cualquier posibilidad… eran tiempos donde la vida en su fragilidad de crisálida se negaba a abandonar la posibilidad misma del deceso.
Unas lágrimas humedecieron el rostro, y aunque estaba en decadencia la expresión, la lucidez se negaba a abandonar aquel cuerpo; aun se veía la felicidad completa por haber fundido sus años en la blanca imagen del ensueño.
La otra, la misma, en su eco taciturno recorría cada palabra mascullada con minucia de cirujano, entreabría los ojos, la luz hacía patética la expresión, pero filtraba poco a poco la esencia misma de lo impenetrable. Estaba frente a la muerte!… con sosegado pulso esperó el expirar mismo, exhortando la dulce imagen en su festín vespertino. Logró entonces elaborar la fresca y definitiva posibilidad de lo que deparaba su reflejo en el silencio, y entendió finalmente que era ese el momento más inverosímil que pudiera estar viviendo, pero tal vez el más intenso de toda su historia… la mano rozaba la de la otra y esta dejó solo de ejercer fuerza sobre la misma, cuando expiro el silencio en la íntima agonía del momento ya pasado… estaba frente al espejo aun esperando repetir el instante, cuando se dio cuenta que ya era solo una la del reflejo y no había al asecho más que la premura del mundo y el estertor de la ciudad, que la hizo perder de vista la relatada dicha que hay en la pérdida mas grande…

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es un recorrido emocional que invita a dejar la razón en la puerta de la casa.

Hermosa fotografía.