lunes, 2 de julio de 2012

LOS QUE RUEDAN POR EL CAÑO






Yeni Toro.

Verlo de nuevo la enloqueció. No necesitaron palabras, sentados a la sombra de un roble viejo, escondidos sobre la silla de un parque, los ojos se cruzaban sin parar, las mejillas sonrojadas. Con disimulo él arrastro su mano hasta tocar la de ella, su piel oscura, casi violácea se mezcló con la tez blanca de Agniria.
El planeta entero bailó para ellos, las hojas del roble caían, con la misma paciencia que se mueven las dunas en el desierto. El rencuentro los llevó a la intimidad, las sábanas del motel se humedecieron, los labios cambiaron de color y piel.
Agniria regresó a su vida de siempre: un esposo, un trabajo, una tragedia. Albeiro tomó un vuelo, alejándose de ella. La distancia entre ambos eran las millas del mundo.
Luis estaba frente al altar, derrumbado por el agotamiento y el dolor después de haber sangrado toda una mañana. Había logrado llegar al lado de unos 15 o más feligreses que subían arrodillados una parte del pedregoso cerro de Monserrate. Agniria lo acompañó caminando, dándole un poco de agua en cada tramo. La plegaria era monótona: “Un hijo, solo un hijo, un hijo” pedía entre lágrimas. Agniria apenas lo observaba, perdida entre sus pensamientos, entre los recuerdos de otros brazos.
El milagro llegó al término de un par de meses, Agniria estaba preñada. La hombría de Luis caminaba alta, erguida, mucho más que él. Toda la familia bailó por varios días. Las cinco mujeres y los siete varones hermanos de Luis se hincharon cual aves fragatas en cortejo.
Las ojeras cubrían la cara de Agniria, su nariz amanecía enrojecida. Todas las noches se escabullía en medio de los ronquidos de Luis, lloraba y lloraba, apretaba con fuerza su vientre y repetía sin parar: “Luis es blanco como la nieve, rubio, blanco como la nieve. Albeiro es negro como tinto cerrero, negro, negro, negro….”. Un año atrás, cuando Luis y Agniria salieron de la consulta con el médico el resultado se volvía a repetir: Luis era estéril, tenía apenas 36 años, pero había bebido unos 200, el daño era irreparable.
El llanto continuó por dos meses más. Luis planeaba el parto, la alcoba, los muebles. En un pequeño suspiro de sinceridad Agniria se derrumbó, le suplicó piedad, perdón y luego hizo la confesión inevitable. Ahora él era el loco, la sangre le cubrió los ojos, no la mató por amor o por algún destello de cordura en medio del odio. Aunque toda la familia se enteró, el suceso no llegó a los oídos de Albeiro.
El juicio severo, las miradas acusatorias, la intriga a sus espaldas, el peso de la verdad lo cargó Agniria. En la sala de espera del consultorio 107, tres mujeres más esperaban ser atendidas: una adolescente que temblaba y sudaba sin parar, acompañada de su madre que le susurraba cosas al oído mientras ella asentía; sus ojos nunca se despegaron del piso; las otras dos mujeres eran prostitutas que miraban las revistas sociales y reían juntas. La adolecente fue la primera en ingresar, media hora más tarde salió desmallada en brazos de su madre, tenía el rostro verde y lavado en lágrimas. Al salir las prostitutas, Agniria escuchó una frase de consuelo: “baby, tu tranquila, le has vendido tu alma al diablo, ya eres una de las nuestras, esta es tu graduación”.
Ahora Agniria tenía puesta una bata de parto descolorida y raída. El interior del consultorio, a pesar de que era técnicamente moderno, a sus ojos parecía la sala de espera de las almas perdidas. Le temblaba todo, por más que intentaba no podía dejar de mover las piernas acomodadas por la enfermera sobre los soportes de las horribles camas latinoamericanas de parto. Sintió el frio del metal en sus pantorrillas. Luis la había dejado en la puerta, la despidió con un empujón de rabia que la hizo dar un salto al cruzar el umbral.
Lo sintió todo, el aparato succionador desgarrando no sé qué cosas de sus adentros, al médico diciéndole a la enfermera que era un niño. Imaginó la masa caer en el balde hospitalario. Su alma rodó por el desagüe del baño mientras la enfermera arrojaba por el inodoro los restos de su hijo.
Un año después, como si se tratara de un ritual monótono de fantasmas aburridos Luis continuaba arrodillándose cada año en Monserrate, Agniria engordaba mientras seguía detrás de su esposo y Albeiro cuidaba como un tesoro su empleo de travesti de color en un burdel Japonés.

1 comentario:

Anónimo dijo...

un tema muy duro