miércoles, 18 de julio de 2012

IMPRESIONES DE LA BARBARIE: LA GUERRA QUE NO HEMOS VISTO




Mónica Lucía Vélez H.

El encuentro con el libro sobre un “Proyecto de memoria histórica” me llenó inicialmente de una suerte de malestar o de desazón; me sentí en falta o en deuda con el trabajo del artista Juan Manuel Echavarría y con el de todos aquellos que participaron en el proyecto “La Guerra que no hemos visto”.
La primera vez que tuve contacto con el proyecto, no encontré elementos académicos ni conceptuales de los que me pudiera aferrar para darle a mí crítica las características de un texto publicable; no supe reconocer que, más allá de esas narrativas casi ingenuas pero a la vez brutales y estremecedoras, las experiencias personales de estos excombatientes exigían –exigen- de parte de la academia y de los actores políticos, sociales y culturales de nuestro país, la generación de nuevas rutas y espacios alternativos a través de los cuales repensar el conflicto colombiano. En este sentido, cabe destacar, como lo hace admirablemente el artista Fernando Grisales, la importancia del espacio mismo del taller en el que se desarrollaron las sesiones de trabajo del proyecto, el territorio del taller como “aquel lugar común donde fue posible hablar, recordar y reflexionar sobre la guerra en el territorio rural”, pero también acerca del conflicto entre esas dos formas del territorio que son el campo y la ciudad.

Efectivamente, allí donde ya la palabra no parecía posible, la plasticidad casi tosca de la imagen expurgaba recuerdos e historias de manera cruda y elemental.

En el proceso de realización del proyecto, se organizaron cuatro talleres: el primero con excombatientes de las AUC; el segundo con excombatientes de las FARC; el tercero con los soldados del Ejército Nacional heridos en combate, y el cuarto con mujeres excombatientes de las FARC. Todos ellos entre los dieciocho y los veintiocho años de edad, con niveles casi nulos de escolaridad.
Aproximadamente 200 hombres y mujeres participaron en los talleres, pero solo 48 terminaron el proceso, que comenzó en el 2007 y en el 2009 presentó una primera muestra o exposición. Según el artista Fernando Grisales, en esta auscultación y re-creación colectiva, “en el taller habitaron, desde su cotidianidad, un nuevo territorio donde revivieron sus penas, alegrías, dolores, culpas y fantasmas.”

En verdad, no se trataba de un proyecto eminentemente plástico, sino más bien sociopolítico, o que se emplaza en un campo de preocupaciones que conciernen a la sociología del arte. Como lo enfatiza el gestor del proyecto, no se trataba tanto de pintar sino más bien de expresar. Vista desde un punto de vista meramente plástico, la muestra constituye un registro que no transforma nuestra percepción de la guerra sino más bien la ilustra de manera patética. Pero desde ese otro punto de vista que propicia la sociocrítica, cobra la inusitada relevancia de un trauma común que retorna, de un desgarramiento de la memoria y del imaginario colectivo, que nos aterra pero que, paradójicamente, nos reúne bajo una misma inquietud. En este sentido es un eslabón en el proyecto de construcción de la memoria histórica.

En efecto, los talleres se propusieron fundamentalmente como un espacio para que los excombatientes narraran sus experiencias en el campo de batalla. La creación de ese espacio constituyó un proceso difícil marcado por la desconfianza y el extrañamiento: En los primeros días el extrañamiento de los excombatientes acerca de la significación que pudiera revestir el hecho de reunirse a pintar y a recordar; después, el extrañamiento de los talleristas por las historias reveladas. Ambos, excombatientes y talleristas, se situaban en un territorio desconocido, “entre la violencia y el arte”, como lo anota, certeramente, Fernando Grisales.

Reconocer las violencias silenciosas que atraviesan este ejercicio de caligrafía pictórica supone necesariamente esa suerte de asombro negativo que Ana Tiscornia describe como “deceptivo” y “desconsolador”, ante “la capacidad del ser humano para repetirse en su inhumanidad”. Ya hemos aprendido con Nietzsche, que la memoria supone una lógica oscura y terrible, que tiene además en contra suya, una activa capacidad de olvido. Precisamente, aquello que no deja de doler se inscribe en la memoria con una escritura profunda y apremiante. Pero esta comprensión desesperanzada debe quedar necesariamente contrabalanceada por el hecho de que estos talleres hacen parte de una apuesta colectiva, y nos muestran justamente lo que no podemos o no queremos ver. Por una suerte de abreacción nos devuelven nuestra propia imagen distorsionada y sórdida, pero también la eufemizan, puesto que hacen parte de una decisión plástica de narrar, de una decisión política de verdad y de reconciliación.


Una muestra de los trabajos resultantes de estos talleres tuvo lugar inicialmente en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, bajo la curaduría de la artista uruguaya Ana Tiscornia. Posteriormente, fue presentada en la Galería Museo La Tertulia de Cali, en La Casa del Encuentro del Museo de Antioquia, y en el pasado mes de Junio, en el Centro de Museos, en la Sede Palogrande de la Universidad de Caldas liderado por la Vicerrectoría de Proyecciones, el CEDAT y el Instituto de Investigaciones en Ciencias Sociales y humanas.

Al recorrer las imágenes de duelo y de barbarie que constituyen la muestra, parece indefectible confirmar, nuevamente, la apreciación de la artista Ana Tiscornia, acerca de la paz en Colombia, como una tentativa que “a menudo parece estar condenada a una historia de derrotas. Que los hechos narrados en estas pinturas coexistan con la institucionalidad democrática, pareciera estar refrendando ese camino de capitulaciones”.

Pero nuestro esfuerzo no puede agotarse en el duelo. Es necesario resarcir a través de los fragmentos la posibilidad del sueño roto. Parafraseando a uno de los talleristas, resulta indefectible admitir que para describir y reflexionar este esfuerzo colectivo sería necesario pedir prestadas las palabras de Deleuze o de Ranciére: más allá de los tristes escombros de la memoria, y de las heridas, más allá del desconsuelo, la desesperanza o el odio, son estos “lugares aleatorios de encuentro con lo heterogéneo” “ los que facilitan procesos concretos de reconfiguración de las identidades y de los campos de experiencia”, o propician nuevas formas de resignificación del territorio en el que puedan coexistir las diferencias en su singularidad pero también en el sentido que les confiere su pertenencia a una comunidad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Delicioso texto...

Anónimo dijo...

Buen texto...