lunes, 7 de mayo de 2012

ENTRE LAS COSAS DE ÁLVARO GÓMEZ HURTADO

 


Mario Hernán López.

La década que inicia más o menos en 1985 está en mis recuerdos y vivencias como el período más intolerable y sanguinario en el ambiente social y político del país; la lista de muertos es larga: la masacre de la Unión Patriótica, la desaparición de los líderes de una naciente izquierda democrática, las incontables víctimas anónimas y el asesinato de funcionarios públicos honestos a manos de mafiosos y pistoleros de distinta procedencia, encabezan una lista que aun no termina de hacerse. Durante esa década, Colombia continuó tejiendo una historia de la maldad que había tenido un episodio central en los tiempos de los chulavitas, durante la violencia política de los años 50.
Según se dice en todos los corrillos nacionales, la muerte de Álvaro Gómez ha estado rodeada de una atmósfera de asesinato político, de crimen de estado, de complot contra las instituciones, de cálculo perverso de narcotraficantes y de infausto juego de ajedrez que compromete a algunas personalidades de la política nacional. Su muerte demuestra una vez más que al desatarse la violencia como estrategia para el control político, la apropiación de bienes o la imposición ideológica nadie logra controlar sus límites.
Hace 17 años escuché hablar por primera vez de la Universidad Sergio Arboleda. Por esos días vivía en el barrio de la Candelaria en Bogotá cuando en las noticias de la radio comunicaron la muerte de Álvaro Gómez Hurtado. El asesinato fue cometido en la entrada principal de esa Universidad. Bogotá se silenció secuestrada por el miedo.
Nunca antes entré a la Sergio Arboleda hasta hace un par de semanas cuando conocí buena parte de las instalaciones acompañado por algunas autoridades académicas y profesores de otras universidades. El segundo día de visita recorrimos varios edificios recientemente construidos o remodelados hasta llegar a la biblioteca. En una zona especialmente acondicionada están los libros donados por la familia de Álvaro Gómez (calculo unos cuatro o cinco mil títulos). El lugar –según me advirtieron-, conserva el diseño original de su biblioteca privada: un espacio mediano y rectangular, con estanterías de madera finamente labrada. Al entrar al sitio el visitante se encuentra con muchos objetos originales: el escritorio y la silla del político, un cuadro de Laureano Gómez puesto en el piso, una mascarilla de yeso del rostro de Gómez Hurtado tomada al momento de su muerte y una buena colección de libros de sociología marxista, de ensayos sobre América Latina y de literatura francesa en los que no encontré subrayado alguno.
Al salir de la biblioteca repasé sin quererlo algunos nombres de las víctimas de la violencia más reciente, buena parte de esos hombres y mujeres que pasaron por la memoria tenían sus vidas asociadas a los buenos libros.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hoy son pocos, si es que los hay, los conservadores de vasta cultura, los que además de poseer extensas bibliotecas llenas de autores clásicos, han leído algunos o muchos de esos autores. No me sorprende la existencia de libros de sociología marxista, un conservador serio, uno de viejo cuño, debe haber leído prolijamente a Marx. Muy grata la nota...

Jorge Hernán A.

Anónimo dijo...

Yo no logro entender porque un hombre tan erudito tuvo tan pobres logros politicos, las nuevas generaciones ni les va ni les viene, excepto que estudien en aquella universidad...

German

Anónimo dijo...

Woody Allen afirmó que "la vocación del político de carrera es hacer de cada solución un problema", cosa que siempre le admiré a Alvaro Gómez. Sorprendia su hablidad politica apoyada en un gran acerbo intelectual.Nos sigue haciendi falta este tipo de aportasntes a la vida politica del pais
Muy oportuna la nota
Gracias
Oscar López B.

Anónimo dijo...

"Según se dice en todos los corrillos nacionales"...,cunado se desata la violencia "nadie logra controlar sus límites"..., libros de sociología marxista, ensayos sobre América latina, literatura francesa, "no encontré alguno subrayado"...

Un abrazo querido Mario.

siempre recuerdo a Jaime Pardo Leal, me llamaba Cleopatra, porque decía que era idéntica a la esposa de un gran amigo suyo cubano. Que tiempos aquellos¡