martes, 24 de abril de 2012

RECUERDOS


Yeni Toro.

El humo del cigarrillo se colaba por entre sus fosas: “me gusta”-pensaba–, “me gusta como huelen la nicotina y su saliva juntas”. Los ojos cerrados le permitían verlo mas allá de su naturaleza desnuda, podía oler sus pensamientos, insensatos, perturbados.  En el instante menos oportuno se lo diría. El mundo sería perfecto si pudiera hacerlo callar para siempre, si pudiera hacer que su boca desapareciera cada vez que quería decírselo. Lo inevitable no se puede evitar con un deseo.

Quiso engañar el momento, y mientras él realizaba el giro para mirarla a la cara, ella intento turbarlo entreabriendo las piernas: lo quería de nuevo sólo para ella.
-“No fue importante, pero no puedo vivir sin contártelo, mientras estaba en Bogotá, me acosté con mi prima”-dijo él.

 El puñal atravesó su corazón sin piedad alguna, le dolían las tripas más que nunca:“Aunque lo sepas, es mejor no escucharlo”- respondió. “Prefiero la duda”, se gritaba así misma en la cabeza.
Él con más rapidez aspiraba e inspiraba el cigarrillo, cada aliento de nicotina la embriagó, la drogó; ese olor la perturbaba. Quiso borrarlo de la memoria para siempre. De la peor manera se dio cuenta que era adicta a sus aromas, que le encantaba el olor a descaro que emanaba de lo más oscuro de sus entrañas.

Ella pagó el motel, “sucio motel” –pensó. El puñal volvió a abrir la herida, soltó una risa descarada. En su cabeza rebotaban mil pensamientos, atrapó uno: “idiota, pagaste para que te dijera que ha sido infiel”. Todos los pensamientos volaron con rapidez. Otro pensamiento: “me arde de nuevo el estomago”. Todo seguía rebotando en su cabeza… todo.

Ella pago el taxi (“menos mal no conozco al chofer”), lo dejó en una esquina. La besó para despedirse. El taxi entró en un hoyo negro, fue un viaje frío, largo y solitario.

Dos semanas después, trabajaba como nunca engañando el corazón. Suena el teléfono: Ecos del Combeima, buenos días, “quiero verte, necesito estar contigo”. Allí estaba de nuevo todo su cáncer, toda su nicotina, metiéndose entre sus pulmones, el corazón se le aceleró, todo en su interior más íntimo se humedeció, ¿Quién paga el motel? Le preguntó más puta y descarada que nunca.

4 comentarios:

juana santana dijo...

Me ha encantado el relato, hay cosas que no cambian nunca,todas alguna vez estuvimos en ese motel, en ese taxi, con esa desazón. Felicidades

Yeni Toro dijo...

Muchisimas gracias por el comentario, es un honor.

Anónimo dijo...

Que maravilla y provocación el gesto de la mujer de la fotografia...

leta ada dijo...

Una de las características de un "Motel" es la complicidad con la infidelidad, de lo contrario, se perdería la aventura...

Mónica