domingo, 15 de abril de 2012

COMO EL PEZ EN LA PECERA


Mario Hernán López.

Hace catorce años leí una novela de Juana Santana con uno de los mejores títulos que he conocido: La suerte de la memoria. En varias oportunidades, a manera de juego, les he propuesto a mis amigos –en ocasiones con resultados meritorios- que improvisen una historia o inventen un cuento a partir del título de la novela de Juana; lo he hecho también como un ejercicio académico tratando de escarbar en los contenidos de una frase capaz de empujar un relato en múltiples direcciones. El año pasado decidí buscar por la red a Juana Santana para pedirle prestado el título, lo utilicé en la escritura de un obituario.

Hace algunas semanas, Juana me hizo llegar por la red su nueva novela, Mujeres con gafas de Luna, y, como hace catorce años, vuelvo a detenerme en las múltiples provocaciones del título: titular es un arte y Juana lo tiene.

En Mujeres con gafas de luna, el relato no se ocupa prioritariamente de conducir al lector por los meandros de una historia, su lugar está en el terreno azaroso del lenguaje. Los personajes, tan afectos a la conversación como los habitantes de un conventillo, piensan y dicen cosas siempre en el límite, con frases que en ocasiones parecen soliloquios para un delirante-. En el transcurso del relato los personajes se describen a sí mismos hablando de los otros, sus temas preferidos para conversar son las emociones, las huellas y rasgos que han dejado en el cuerpo propio y ajeno las vivencias.
Movidos por una fuerza inercial, caminan por las calles o se quedan encerrados en algún lugar pensando o construyendo un camino hacia alguna historia, se trata de un recurso narrativo que por momentos evoca los ambientes de las novelas y cuentos de Juan Rulfo o de César Aira: hombres y mujeres se desmoronan en cada frase hasta invocar, por momentos, la misericordia o la piedad. Esta referencia inevitable a los ambientes de Comala está también en las luchas por la tierra y en el llanto seco de las mujeres.

A pesar de las murmuraciones, quejidos y evocaciones (los personajes hablan en voz baja, en algunos pasajes apenas susurran casi ahogados como un pez vivo que agoniza entre las sábanas) no hay un ambiente lastimero, chismoso o reivindicativo, en su lugar podría advertirse un entramado de conversaciones en los que ellos y ellas tienen las voces directamente conectadas con el alma.
¿Hay algún lugar para la felicidad en las mujeres con gafas de luna? Y si lo hay ¿en dónde se encuentra?

 No todas las cuestiones que abordan los personajes de la novela – o los lugares por los que transitan- están referidas a la intimidad, también están los asuntos públicos o los gustos comunes por el arte asumidos como fuerzas poderosas que irrumpen en la vida familiar: la religión, la literatura, la educación, el lugar para los viejos, la tierra, la música y hasta un juicio sobre el dinero se mezcla con las observaciones más intimas.

Como en la literatura de los griegos o en las historias de los abuelos, en Mujeres con gafas de luna la fuerza de un naufragio puede cambiar para siempre el color de los ojos de una mujer: el cuerpo tiene sus  propias maneras de gravar los desastres. Cuando los personajes caminan sobre las fronteras del tiempo, cuando borran las convenciones y linealidades de la historia -para hacer cosas sublimes o decididamente estúpidas-, o cuando se revelan las fragilidades de los hombres y mujeres que conversan sobre todas las cosas como pez en la pecera, la novela logra construir referencias comunes a todos los mortales.

Por momentos, los acontecimientos narrados se acercan a los lenguajes propios de la teatralidad o de la cinematografía: “Absurdos son los otros, no yo, todos esos que creen que van a vivir siempre y acumulan riquezas para dos mil largas vidas sin ser capaces de vivir ninguna (…)”. La música aparece en las esquinas de la noche, en las calles que transitan Lucía y sus hombres mientras un grupo de personas delibera sobre los sinónimos y antónimos de la expresión hijo de puta. 

La novela de Juana Santana es un alegato alrededor de las formas de habitar el mundo, es también una deliberación sobre las maneras de ver y de oír en las que se cuida de los sexismos ramplones y de los lugares comunes que suelan aflorar cuando se trata de hablar de recuerdos o intimidades ajenas.

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