jueves, 8 de marzo de 2012

LA CASA DE CITAS

 Jorge Hernán Arbeláez

El prostíbulo, que no tenía nombre alguno,  estaba ubicado en el segundo piso de la casa adyacente. Estaba separado de la mía, mucho más pequeña, por una delgada pared y en algunos pequeños tramos de esta,  por un bahareque venido a menos. De mi lado la pared daba a un pasillo y del de ella, a un enorme salón. Los orificios de la esquelética superficie, que pacientemente agrandé, quedaban 20 centímetros por encima de mi línea visual, así que cuando esa dificultad se solventaba,  mis ojos contemplaban algunos rincones de la enorme pista de baile a los que ocasionalmente llegaban los alegres zapatos de los bailarines. Los cuartos de regocijo estaban más allá, en el extremo contrario.

La palabra burdel me era desconocida. Cuando mi abuela se refería a la morada vecina decía con mohín desdeñoso que esa era una “casa de citas”. Un bello nombre, ¿no? Si uno quería tener una cita, es decir, un encuentro, contaba con el cobijo de la Divina Providencia. Solo que no tenía claro en qué consistía esa cita. Cuando escuché el apelativo por primera vez, y la rudimentaria explicación del mismo, me quedaron muchas dudas. No entendía por qué convenir un encuentro con una amiga, para, digamos,  la compra de  unos helados, tenía que hacerse en un lugar distinto a un parque o una heladería.

No sé cuándo se fundó la mancebía. Es posible que en mi pasado de párvulo rollizo me contaran historias antes de dormir o me arrullaran con canciones infantiles. Pero lo que  tengo en la memoria son las baladas sesenteras y los tangos, boleros y milongas  que acompasaban mi ingreso a las planicies del sueño. Los oía desde mi cama, y estoy seguro de que, casi sin darme cuenta, los canturreaba: …no importa que todos se opongan si nuestro cariño es sincero, no importan la envidia y la ofensa si sabes que siempre te quiero…

Años después, escucharlos,  me producía una viscosa nostalgia .La música que salía de una tienda de barrio, un bar por el que transitaba o un radio vecino me incitaba a pedir algún licor con el cual pudiera, en compañía de cualquiera, lamentar las penurias de la vida. Luego descubrí que el origen de esas fugaces melancolías no estaba vinculado como creía, a olvidados rostros femeninos o a lejana frustraciones.

La advertencias familiares  que me prohibían el contacto con las llamadas por ellos fufas, siempre fueron desoídas. Mis ojos preadolescentes espiaban con infinita curiosidad a las mujeres que, luego de caída la tarde, atravesaban el portón vecino. Sus risas desenfadadas me confundían. No entendía cómo podían vivir en una fiesta permanente. Algunas, que podían tener una edad incluso superior a la de mi madre, me miraban con picardía, otras me anunciaban que en un par de años podía sumarme al jolgorio y algunas, más díscolas, me susurraban que ya estaba en edad de convertirme en un hombre.  Te lo confieso, con una de esas últimas, me topé tres o cuatro veces al momento de abrir la puerta de mi casa, y el contacto con su mano me dejaba impregnado  un perfume que, en la soledad de mi cuarto, aspiraba durante horas.

Mis inspecciones a través de la esterilla no me permitían ver los rostros de las muchachas. Así que las clasifiqué por sus risas.  Imagínate, tenía un catálogo completo, lo que me faltaba eran adjetivos que me permitieran diferenciarlas. Algunas de esas risas eran desproporcionadas, casi invasivas; violaban mi intimidad,  me asediaban con su desmesura; otras sabían a mermelada, me dejaban un sabor grato en la lengua, algunas a hierba húmeda, otras a madera gastada y una, solo una, conseguía sumirme en una suerte de cálido sopor. Aún la recuerdo, en mi imaginación la veía con con la boca graciosamente distendida, y los ojos perezosamente entrecerrados.

En delante pegué mis ojos a los orificios y creé otros nuevos con la esperanza de encontrar quién era la dueña de esa voz sosegada y esa risa cantarina. Pasé más horas en la ventana y me senté con más frecuencia en la puerta para observar a todas y cada una de las mujeres. La cuidadosa observación me descubrió que no todas iban los mismos días y que no todas lo hacían a la misma hora. Amigo, inútil empeño.

Un buen día la escuché en tanto bajaba las escalas de la casa con un borracho. Me lancé a mi puerta sin un propósito claro y alcancé a verla antes de que subiera con su acompañante a un taxi. La voz no acompañada el semblante de una ninfa caída en desgracia sino la tez cansada de una mujer a la que le llegaba la noche.

Alguna noche más la escuché reír. Después, te lo cuento,  simplemente desapareció.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Jorge. Delicioso texto, rico en detalles, en aromas y olores a putas frescas, sudorosas o añejas.

Al final, habrá que preguntar si te sirvieron de algo los consejos de la abuela.

Buena foto Cr.

Mario

Anónimo dijo...

Muy buen texto, me hizo recordar algunas cosas. Las putas son maravillosas. sobre la pregunta de Mario diría, conociendo a Jorge, que no.

Jorge Hernán Arbeláez Pareja dijo...

Un excelente artículo que de pronto no han visto:

http://www.revistaarcadia.com/impresa/articulo/el-insulto-mas-antiguo-del-mundo/26375

Jorge Hernán Arbeláez Pareja dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Tatiana dijo...

Fantastico, es un texto dulce suave y arrollador a la vez. Fascinante.