domingo, 5 de febrero de 2012

UN MUCHACHO LLAMADO MEDIA VUELTA


Por Rodrigo Restrepo Gallego
Santa Rosa de Cabal, Risaralda

Cuando joven, los compañeros de colegio no tuvieron dificultades en apodar al muchacho. Al unísono acertaron de primer intento. El sobrenombre era obvio, pues surgió del  modo extraño como este muchacho se desplazaba, como cambiaba de dirección. Lo describía a cabalidad. Era su apodo, le pertenecía desde de su propia naturaleza, así no le gustara, ni lo aceptara, era suyo, de nadie más. «Media Vuelta» como apodo, así como su nombre de pila bautismal, era inaceptable para un joven digno merecedor de llamarse como alguien de verdad, así fuese con un mote escolar. Lo difundieron de tal manera que su sobrenombre permaneció en la historia de todos sus conocidos y de muchos otros referenciados por sus amigos, más allá de los tiempos escolares,  aún por encima de las posibles decisiones y procedimientos legales que se pueden asumir  ante un notario. Ninguna diligencia notarial permite cambiar un apodo por un nombre ambicionado.
Desde siempre, desde gateador, trepador  y caminador el muchacho se mostró vivaz, resuelto, simpático, gustoso explorador de las cosas y de los entornos lindantes con su volumen de ocupación corporal. Y lo más, hablador y recursivo. Condiciones estas desarrolladas como capacidades compensatorias de las limitaciones para desplazarse, para cambiar de lugar,  mostradas desde su propia cuna.
En la reciente celebración de los setenta años de la Institución Educativa que antes fue su colegio, se mencionó varias veces el nombre que se dio al muchacho allí en los patios de recreo, y solapadamente en sus propias aulas. «Media vuelta» jamás pudo incursionar en la dimensión de la derecha por decisión propia, estuvo desde el principio destinado a girar en sentido contrario al movimiento de las manecillas del reloj e impedido para seguir la dirección de estas. No pudo  jamás incursionar directamente en los campos de la derecha, los cuales aún los convierte como experto que es, en áreas solo posibles de transitar desde la izquierda, como es natural en la formación política de las juventudes o de los primerizos en los partidos. Ahora funge de cónsul del gobierno, de la patria que tampoco  se olvida. Todos los padres acudientes, vecinos asociados de alguna manera al plantel, invitados especiales y numerosos estudiantes mayores, celebraban con regodeo cada vez que el Jefe de Núcleo Educativo mentaba su nombre pegado a una anécdota relevante, por los asistentes bien conocida. Al fin y al cabo fue su compañero de curso y ufanamente de banco, lo aseveró él.
Ya doctor, por cargo, por nombramiento oficial, desechó su sobrenombre, el primero del colegio aquel que desde el principio se le dio como «Media vuelta», apodo que por altura académica y respeto a los derechos humanos según el profesor de matemáticas se debería convertir en  «Ciento Ochenta grados». Otros estudiantes también tuvieron sobrenombres numéricos de origen distinto al «Ciento Ochenta», de naturaleza lábil, puesto que estos sobrenombres dependían del lugar que ocuparan en la lista de asistencia, cuyo orden cambiaba cada año por causa de los que salieron por pérdida del año, de los repitentes y de los nuevos ingresos, o por su inaceptación mostrada en las broncas mantenidas a pura manga.
Realmente «Ciento Ochenta Grados» no aceptó en momento alguno se le llamara «Media vuelta». Así mismo se llamaba Ciento ochenta, así solo, sin «grados», sin apellidos, creía le daba prestancia, puesto que era también la expresión numérica de la solución para las dificultades generadas por  la incapacidad suya, innata, para girar voluntariamente a la derecha, ubicarse en ella y ocupar  sus espacios. Solo podía girar hacia aquellos espacios ubicados al lado de su mano izquierda. Enfermedad de nacimiento, rarísima, desconocida aun por los grupos de estudiosos de las ciencias básicas para la salud y del comportamiento humano, cuyas comunidades aceptaron elogiosamente el nombre asignado por el profesor del colegio como código universal para su manejo y para el alcance de un buen nivel de vida para quien otro la pudiese padecer. La única explicación hasta ahora conocida y, aceptada porque no hay más, es la elaborada desde sus propias vivencias o padeceres por la madre del muchacho. Dijo ella que su hijo adquirió la enfermedad en las treinta y cinco semanas de gestación y de los discursos políticos del papá obnubilado por las tendencias ideológicas del partido,  repetidos al niño en el vientre, vía ombligo materno. El niño incorporó en su cerebrito las emociones y sentimientos políticos de su papá, repetidos todos los días temprano en la mañana y al caer la tarde. Afirma la madre que el detonante de la enfermedad se activó cuando la abuela – suegra suya – instruyéndola para la primera amamantada pegaba al rorro de la teta izquierda, repitiendo con voz de mando: Primero la izquierda, la izquierda, la izquierda querida es más nutritiva, desarrolla la inteligencia. Órdenes que obedeciera y que el niño aceptó con agrado dado el chorro nutricional recibido. Para rematar, desde ese momento tuvo, decía ella, dos tetas izquierdas, así amamantara con la teta derecha, pues el papá siempre presente - cuya voz se parecía a la de su mamá –, repetía antes de cada chupada: la izquierda papito, la izquierda papito.
Los corre corres de los papás por los distintos consultorios pediátricos y hospitales de la región se iniciaron cuando descubrieron la incapacidad de su hijo para girar sobre si mismo o por desplazamiento hacia el lado derecho siendo él mismo el punto de partida, como si lo hacia naturalmente para el lado izquierdo. La madre descubrió rápidamente que los atascamientos de su hijo al pretender girar hacia el lado impedido de la derecha, se resolvían con un giro de media vuelta, de ciento ochenta grados siempre sobre la izquierda, convirtiendo así la derecha en izquierda. De muchacho adquirió grandes habilidades para bailar siempre con giros a la izquierda, ninguno a la derecha.

Tres nombres arrastra este que ya no es un muchacho: Quinindo, dado por los padres; Media Vuelta, el burdo sobrenombre de los escolares; y Ciento Ochenta, el científico del profesor de matemáticas.


1 comentario:

Anónimo dijo...

La cosa, querido Rodrigo, es que ahora los que nacen y se crían por estos lados que tiran pal otro lado...

Saludos