lunes, 13 de febrero de 2012

SI DIGO QUE NO CREO, USTEDES NO ME CREEN.



Samuel López

Hace cuatro meses fue noticia nacional el brujo que asusta a conductores y pasajeros cuando cruzan el puente sobre el rio Aguacatal, en el Norte del Tolima. Yo sabía del asunto porque mi hermana que vive en Herveo me contó que el cura del pueblo tuvo que dar una misa in situ. Eso me pareció gracioso.

Gardeazábal en la Luciérnaga, tres días después, contó que un duende estaba saliendo allá, especialmente por la tarde. Golpeaba los vehículos y asustaba los caballos de los que aún usan ese medio de transporte. Carajo! La cosa es más seria de lo que pensé o definitivamente Gardeazábal es un viejo desocupado como le dice Pedro el boyaco.

Otra llamada a mi hermana me amplió detalles de las apariciones: tirada de piedras a las motos, temor de los conductores que no querían pasar solos por el puente, especialmente en la noche. La efectividad del rito del párroco puede atentar seriamente contra un posible turismo de cazafantasmas a ese olvidado municipio.

Recordé dos episodios de mi infancia. Uno, con mi papá que durante algo así como una hora se enfrentaba a machete limpio con un tupido monte, linterna en mano y muchachito al hombro. Lo raro es que mi papá se conocía ese camino como la palma de su mano y no había explicación lógica para semejante desvío. Cuando por fin llegamos a la casa de los abuelos, mi padre les contó que nos había envolatado una bruja. Al día siguiente, abuelos y tíos con varios trabajadores buscaron en vano los restos de monte tumbado y ni señas de una varita quebrada.

Otra vez, nos fuimos de parranda por carreteable plano, entre potreros y con buena luz de luna, además de las linternas y las velas de los peones. Don Misael Salgado tocaba su viejo violín, un poco a la manera de Don Angel Távira, con acompañamiento de un tiplero y un guitarrero. Vi bailar a mis tias y tios, con peones, vecinos y vecinas, comadres y compadres y una buena dosis de taparroja del Tolima. A la hora del regreso, una docena o más de personas inexplicablemente estaban metidos en un tupido matorral y después en una espesa plantación de caña panelera.

Descarto el exceso de alcohol, porque las mujeres no bebieron, ni yo tampoco. Se repitió la historia de mi papá y cuando al fin los machetes nos sacaron de esa trampa vegetal, las mujeres tenían lágrimas a flor de ojo y los hombres pelo erizado, eso sin hablar de un riesgo muy real de habernos desbarrancado en las orillas verticales del Aguacatal que  bordeamos peligrosamente.
Para compartir la noticia del duende, llamé a mi tío a Bucaramanga. Me contó que muy cerca de ese puente, mi abuelo tenía un potrero con varios caballos y por allá por los años cincuenta, tuvieron que motilarles las crines y la cola porque sin explicación alguna aparecían con trenzas finamente elaboradas. Al terminar la llamada me dijo: ese duende es viejo. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno!!

Anónimo dijo...

divertido!!!