martes, 21 de febrero de 2012

Sesenta


     
   
   Se levanta de la cama desnuda, se envuelve en una toalla y enciende un cigarro, piensa en que él no le había respondido a su último correo electrónico ¿habría sido demasiado largo o tal vez se podía ver entre líneas la absoluta necesidad de respuesta? no contenía ninguna pregunta ni apremio para ser respondido, pero seguro que él leyó entre líneas su ansiedad.
    Se dirige a la ducha, abre el grifo del agua dejándola correr, el ruido que empezaba a alterarla queda solapado por un violento ataque de tos, demasiado tabaco.            
   Si él la hubiera querido alguna vez, solo por eso, hubiera contestado a su Email. Debería darse con el guante de crin para quitarse las células muertas, tendría que tener fuerzas para cantar algo por encima del ruido del agua, no hizo ni una cosa ni otra.
   Sale de la ducha y  se sienta en el excusado a fumar, repasa mentalmente un par de docenas de cosas que tendría que hacer en los próximos sesenta minutos, pero no tenia ganas de hacer nada, no se concentra, fuera del baño está su casa y tras ese endeble decorado el mundo, que es como el carrusel de los caballitos, tristes  y de cartón.
  Sale, la calle es como una galería, una instalación o un Performance, lo primero que ve es al cartero sonriendo con sus prótesis dentales al aire, parece que toca los porteros automáticos a ritmo de blues, vitaminado y mineralizado como un súper héroe. El vecino gordo con perilla, parece que se ha escapado de un cuadro de Botero. Si él estuviera aquí para ver el camión cisterna que va limpiando la calle seguida del barrendero, con su pala de hojalata que chirría como un saxofón.
   Aprieta el paso, las calles adyacentes a la suya, anónimas, son el extrarradio de su corazón, le gusta el desapego de esas calles populosas llenas de gente que no la mira.
   Entra en una cafetería  y pide un café, el sabor es horrible,  siempre lo es, pero lo sigue pidiendo y tomando, es una forma de integración en el grupo, finge ser una más y ese horrible café es muy apropiado para no levantar sospechas.
  Ojea el periódico, lo dobla y lo pone en la barra pegado a su codo, cuenta hasta treinta, alguien la mira con un gesto y un gruñido le pregunta si puede llevárselo, no falla, el récord está en sesenta, una vez, solo una, tardaron lo que ella tardó en contar sesenta, en pedirle el periódico.
  Si él la hubiera querido alguna vez, ella ahora tendría una historia de amor rota y el proyecto de superarla, pero no fue así, por eso no le responde a su Email, al fin y al cabo él nunca escribiría el correo que ella quisiera recibir, lo que hacia  la cuestión  irrelevante.
   Su casa, la calle, el mundo empezaban a resultarle insoportables, decidió tomarse el día libre, no llamó para excusarse en el trabajo, seguro que se las arreglarían muy bien sin ella.
  Regresó a su casa  muy tranquila, por primera vez en mucho tiempo le daba igual que él finalmente contestara o no su último Email.
  Abrió una botella de vino apurando en varios tragos una cantidad importante de pastillas tranquilizantes, entró en el armario ropero, se acomodó, cerró los ojos y empezó a contar, quedó dormida justo al terminar de contar sesenta.
                                                       
Juana Santana  
www.loquinario.blogspot.com

     
     

1 comentario:

Regina Zerené dijo...

(...)las calles adyacentes a la suya, anónimas, son el extrarradio de su corazón, le gusta el desapego de esas calles populosas llenas de gente que no la mira. :)