lunes, 13 de febrero de 2012

La danza de los mirlos

Samuel López



Decían las mujeres de La Sultana(1) que Roberto era el mejor bailarín y cuando bailaba la danza de los mirlos con la negra Elvira, se asegura que eran la mejor pareja vista en el Club de Don Delio, el mismo negociante de la avenida, cerca a la capilla, que convirtió los bajos de su carnicería en el mejor sitio de baile del noroccidente de Manizales. Roberto vivía literalmente asediado por las muchachas del barrio y no faltaban las que desafiando el frio, antes de que el calentamiento global elevara la temperatura promedio, caminaban desde Viveros o Minitas con la ilusión de bailarse a Roberto. 

Verdadera desilusión sintieron esas muchachas cuando Roberto decidió casarse y contra todas las predicciones la elegida no era agraciada, dicen que jamás la vieron en el Club La Sultana o que si alguna vez estuvo, seguro que nadie la invitó a bailar.

Eran los tiempos de la Orquesta los Sensacionales de Henry y sus hermanos Atehortúa, de Aldemar Abelardi y la animación del cabezón Grisales, con su estribillo que yo me sabía de memoria, y nunca me dejaron decir en el micrófono de la caseta. Tal vez creyeron que tenía el pie plano. Nunca había contado tanta plata hasta cuando fui tesorero de la caseta y la venta de licor sobrepasó los ciento cincuenta mil. 

Aleida, en cambio no bailaba en ese club, ni tampoco se la veía en La Real,  un negocito que por las tardes vendía panes y maicena y por la noche cerveza, aguardiente y ron. Tenía unas cuantas mesitas esquineras, luces atenuadas de colores suaves que ambientaban el reservado donde muchos novios y algunas parejas ocasionales aprovechaban la semipenumbra para darse un beso. Se dice que desde allí perdió la virginidad la negra Elvira porque de tantas excitadas en las sillas del bar, terminó como madre soltera y sin la mínima sospecha del padre. Para su desgracia el niño se parecía sólo a ella.
Aleida, siempre en su casa, empezó a salir al portón y allí se despedía con un largo beso de mi amigo Jorge. Jamás le pregunté qué pasaba debajo de la ruana de colores que infaltablemente ella vestía y que por entonces llamábamos pecadora. Yo también tenía una que empecé a querer en tono de complicidad cuando Mariú metía sus manos por debajo y como pidiendo permiso me decía: Sam, peguémonos una calentadita. 

En adelante las cosas mejoraron. Yo esperaba a Mariú a la salida del Liceo Isabel La Católica, caminábamos hasta Chipre y asegurábamos un buen puesto en la buseta. A falta de la pecadora, los cuadernos disimulaban un poco mi trabajo táctil debajo de su falda. Hicimos un pacto de contarnos cómo sería la pérdida de la virginidad de cualquiera de los dos. Ella tomó la delantera cuando se enamoró perdidamente de un pichón de ingeniero y poco a poco, pero inexorablemente mis manos se fueron enfriando. 

Después de un beso muy largo, ella me dijo que Pedro la había llevado al apartamento, que no estaba su hermana y que ya no era virgen. No tuve que recordarle el pacto, porque Mariú con esa fidelidad a la palabra empeñada y bastante seria, me contó que el sexo oral era fantástico, que la lengua de Pedro abría piernas y hasta caminos. Esa noche no metió sus manos debajo de la pecadora, pero yo sentí más calor que todas las anteriores juntas. Fue la última vez que hablamos, aunque yo si conocí su niño y años después al venezolano que reemplazó a Pedro. 

Oscar era maestro viejo y estudiante de filosofía. Coincidimos en las lides del servicio comunitario y nos empeñamos en andar el barrio hasta la media noche. La pecadora dejó su máscara de Celestina y mutó a la rebeldía intelectual, al marxismo puro, a los diálogos de Platón. Media cajetilla de Pielroja, era el combustible de Oscar para devorar kilómetros de pavimento y cientos de palabras de maestro para su discípulo. La protesta de las hormonas me obligó a espaciar las charlas filosóficas y a intercalarlas con visitas a la primera novia que en franca lid le había ganado a dos amigos. Oscar también fue mi guía en esas materias, con su experiencia de hombre casado y con moza, a la que religiosamente visitaba tres veces por semana a riesgo de que su mujer se desquitara con el jefe del directorio liberal departamental. A los últimos dos hijos de Oscar les decíamos líderes. Pero esa es otra historia. 

La apuesta que les gané a mis amigos era cuál de los tres se conseguía la novia más fea. Me pagaron bien, pero les costó trabajo desencartarme.

(1) Nota para neófitos: La Sultana es el nombre de un antiguo y popular barrio de Manizales, situado en la periferia de la ciudad.   (CREO)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ni modo: como entre mis habilidades no está el danzar, en mi adolescencia en La Sultana poco asistí a los sitios que evocas, pero por lo menos pasé cerca y compré parva en El Trocadero, esperé el bus que bajaba desde El Control y en ocasiones hasta me metí a La Represa...

Evocador y lleno de la picardía de esos años, en la pugna entre lo trascendental y lo cotidiano. Afortunadamente ganó lo cotidiano.
Disfruté tu texto.
Gracias

Carlos Ricardo

Anónimo dijo...

Delicioso relato, querido Sammi.
A mi me tocó la de los cuquitos negros, con ese relato aprendí a fumarme los cigarrillos de los amigos.

Mario