domingo, 29 de enero de 2012

Steve Jobs y el amor filial.




Carlos Ricardo
De mi abuelo materno, Don Jesús Ortega de la Parra Bustamante, heredé algunos tesoros literarios que sólo las generaciones anteriores podrían justipreciar: una bella edición de Las mil y una noches, traducción del árabe al castellano, primorosamente elaborada por Editorial Aguilar de México en 1960 y otra no menos especial de El Quijote, en dos grandes tomos de canto dorado, letras de tamaño pensionado, óleos y grabados de fina confección, editado por Montaner y Simón en Madrid, 1954.  Desde muy pequeño admiré esos libros que se exhibían en medio de otros no menos especiales, en las vitrinas que hacían el papel de biblioteca en la casa del abuelo. 
En mis primeros años de adolescencia, mi abuelo de nuevo, me regaló el primer libro de literatura del que tengo memoria: Ana Karenina, de Editorial Juventud, Madrid, 1965. Eran épocas en donde era importante quién editaba un libro y cuándo lo editaba, pues eso determinaba las propiedades físicas de esa edición: gramaje del papel, fuente, tinta, empastado, grafado, acabados y claro está, precio final y con los años, aprendí también que por ello se determinaba la duración del libro.
La llegada a la Universidad, me puso de cara a libros regularmente traducidos y peor editados con temas médicos: la Bioquímica de Harper, la Fisiología de Ganong y muchos otros textos de Interamericana, una editorial mexicana que hacía, no en balde, todos sus esfuerzos para lograr que sus libros duraran tan sólo un semestre y finalizaran con una rápida pérdida de hojas y con la portada en cartulina, completamente borrada y deshecha  por efecto de deambular por cafetería, salones de clase, laboratorios, cancha de fútbol, alcobas propias y ajenas y otros sitios que sería atrevido mencionar y que variaban en relación con la vida social del usuario del momento. 
Por las condiciones políticas de la época, irrumpieron en nuestras vidas los libros de detrás de la Cortina de hierro y de la Cortina de Bambú. Por mis manos pasaron textos de Guozi Shudian, la distribuidora de la China de Mao: libros muy bien editados, con colores vistosos, empezando por el Libro Rojo y que eran enviados a todo aquel que simplemente enviara una carta a la distribuidora. La llegada del paquete de libros era la oportunidad de recibir libros nuevecitos, con un olor peculiar, que algunos señalaban como de arroz, pues se suponía que eran impresos en papel hecho de ese material. También llegaban los libros rusos, de Editorial Mir( los científicos) y de Editorial Progreso (los políticos). 
Era común ver libros de marxismo, editados en muchos países: Albania, Corea de Norte, República Democrática Alemana, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Checoeslovaquia y al lado de ellos, la gran producción editorial de Argentina, México, España y otros países de habla española. 
Los libros tenían entonces y aun lo tienen, valor como compañeros de desvelos, compañeros de esperas o simplemente, compañeros. Y para muchos de nosotros, la posibilidad de ir a otra ciudad incluía la visita a las librerías, para buscar libros de los que no era posible tener ejemplares en Manizales. En mi caso, eran épocas de Teatro Universitario y alguna vez, en un arranque de intelectualidad pregunté en la Librería Atalaya, sobre libros de Bertolt Brecht. Don Jorge Escobar, dueño de la librería, se acomodó el corbatín y me dijo con su voz más sonora: " Yo no traigo libros de Brecht, porque en Manizales no hay quien lo comprenda" 
Muchas librerías proliferaron en la ciudad en los años 80 y 90 y de ellas pocas sobreviven:la Ley de la Oferta y la Demanda, la competencia de todos los tipos y los nuevos tiempos marcaron la senda de todas. Los libros, esos compañeros inseparables, empezaron a ceder espacio y tiempo a las nuevas tecnologías. Desde un pequeño local, Bill Gates y desde otro Steve Jobs, tenían entre manos el antecesor de lo que hoy tenemos entre manos: el computador personal. Y claro, aparecieron los nuevos conceptos: la virtualidad y su lógica consecuencia, los libros electrónicos. Solo debieron pasar unos cuantos años para que en los gadgets más comunes, todo el inconmensurable contenido de la obra de Cervantes pudiera ser vertido y transportado, sin los inconvenientes de llevar bajo el brazo los 5 kg de la edición de marras. 
Y con esa facilidad de distribución, aparecieron verdaderas multinacionales de la virtualidad, que hicieron del libro un archivo digital, que puede ser adquirido e instalado en un smartphone con pantalla de 4 pulgadas, un IPad, un Kindle o una de las más de 200 tablets que hoy están en el mercado o en un PC. 
Mucho se ha escrito sobre el tema y detractores y defensores siguen sin acuerdo: que el libro no puede desaparecer, que la multimedia supera los límites de lo aprendible, que nada se compara con la sensación de oler y tocar el libro, etc. 
Posiblemente todos tengan razón y mejor, estamos asistiendo al crecimiento de una nueva interfaz, que deberemos poner al lado de los pergaminos, los rollos con textos manuscritos, las pieles de animales con dibujos, los quipus y todas las modificaciones y evoluciones del invento de Gutenberg, hasta la cercana Web 3.0 y sus posteriores desarrollos. 
Tal vez el futuro nos encuentre leyendo hologramas que en 3D nos informen sobre los aconteceres, o nos hagan morir de amor con la perfección de un soneto interactivo... 
Pero mucha agua ha de correr bajo los puentes: mi hijo me narraba que en una reunión con sus amigos, posiblemente todos  yuppies post modernistas, discutían sobre el libro que recientemente salió al mercado con la biografía de Steve Jobs, un voluminoso ejemplar aceptablemente editado con tapa rústica. Luego de hablar de algunos de sus contenidos, consideraron su precio y alguno de los presentes disfrutó recalcando que el mencionado libro valía menos de la mitad, si se descargaba en el Kindle. Mi hijo le respondió que él tenía la biografía de Jobs y era especial y no se podía descargar en el Kindle. El interpelado terció y puso en duda lo asegurado por mi hijo, hasta que él aclaró la razón: "ese libro me lo regaló mi papá y trae dedicatoria. Eso no se descarga en el Kindle!"

7 comentarios:

Anónimo dijo...

no es por nada profesor, pero está alardiando por un libro no mas (de poco interes para algunos). No es algo muy consecuente que digamos...saludos !!!

Anónimo dijo...

Las librerías quiebran o se reestructuran; las ventas de tabletas y libros electrónicos se multiplican; los libros físicos son vistos por los más jóvenes como anacronismo de anaquel.

"Cuando mueras, sólo la literatura se queda en casa" dijo mi hijo hace un tiempo.

Bien Cr.

Mario

Anónimo dijo...

Los del Kindle ademas no huelen ni se pueden revender online, ni los bisnietos vender en Christie's como el gran tesoro. Ya que las finanzas esta de moda, son la peor inversion.
German

Carlos Eduardo García Cortés dijo...

Creo que el primer anónimo, que habla de alardes y esas cosas, se perdió de la sustancia este texto. Recordé cómo Borges casi se muere -literalmente- cuando recibió una célebre versión de Las mil y una noches. Ese suceso está exquisitamente plasmado en su cuento El Sur (en Ficciones).

Soy de aquellos que últimamente leen en pdf. A veces quisiera que el ruido del ventilador de un portátil o el silencio absoluto de las tablets fueran irrumpidos por ese delicioso sonido del cambio de página (sé que existe en .wav).

juan144 dijo...

Mi abuelo era Jorge Escobar Betancur, y yo fui el que puse en duda el toque secreto que tiene el libro de él!

Anónimo dijo...

Carlos: Probablemente los mejores momentos que recuerdo al lado de mi abuelito, los viví en su biblioteca cuando él me enseñaba con tanto orgullo todas las colecciones que tenía y que apreciaba tanto. El libro en sí era en ese momento un símbolo que generaba respeto, admiración y curiosidad. Sinceramente no veo posible ahora que un abuelo y su nieto disfruten tanto de la literatura, frente a un word o un PDF.

Mauricio

Anónimo dijo...

Juan 144:
Es muy coincidencias que seas nieto de uno de los inspiradores de mi crónica. Don Jorge Escobar era reconocido por su cultura, su elegante corbatín y su fuerza en el decir y el hacer.

Gracias por desencadenar mi escrito, con tu charla con mi hijo.

Un saludo

Carlos Ricardo