domingo, 22 de enero de 2012

ELLA FUE UNA CÓMPLICE SILENCIOSA







Ella fue una cómplice silenciosa. Amaba esos ojos tranquilos que escuchaban mis quimeras con paciencia y esa voz azucarada que, cuando me perdía el viento, recogía el hilo y me conectaba a la tierra. Ella, recorriendo los salones de clase de su carrera, en un mañana fría, recogió más de la mitad de las firmas que necesitaba para inscribir mi candidatura  a la representación estudiantil ante el Consejo Superior. Esos ingenieros, salvo que estuvieran tallados en roca, no podían negarse a la sosegada voz que les solicitaba una firma aun cuando esta tuviera como destino un desconocido.  Ella, con su escasa pericia informática, diseñó en una tarde, el rústico  plegable de campaña. Ella, con sus pequeños anteojos en la nariz, plasmó en el bond los bosquejos  que luego mutarían en  pancartas de campaña.

En esos días la busqué, ansioso, por todos los pasillos de la Universidad. Unas horas antes me había mencionado el salón en el que recibiría clase pero como era habitual, lo había olvidado. Me bastaba saber que estaba en uno de los rugosos edificios de la Universidad Nacional. Cuando la encontré, le conté, alborozado, que el viaje hacia Cartagena era un hecho. Habíamos logrado convencer al vicerrector de que suministrara al grupo de estudiantes que pretendíamos asistir al Congreso  Nacional Universitario, el transporte y unos magros auxilios. El evento era uno de los muchos intentos de convertir en organización una de nuestras utopías. Desde hacía muchos meses, en el estado de agitación en el que estaba el país,  las calles tenían la forma de un grito y nosotros esperábamos que las vigorosas hordas de las que hacíamos parte, tuvieran un punto de apoyo. Sin “aparatos”, como decíamos;  sin hegemonías ideológicas, y sin burocracias inanes.

Ella no parecía muy convencida, no le gustaba abandonar sus clases y no era amiga de viajes tan largos. Así que empleé  la persuasión  de la que, según mis compañeros, estaban cargadas mis peroratas de asamblea. Le hablé de la relevancia política del proyecto, de la importancia de los conferencistas, de la heterogeneidad de los asistentes. Le comuniqué, con un serio pero mesurado histrionismo,  que ese era un evento histórico y que no podíamos faltar; en primer lugar porque ambos éramos estudiantes de la universidad pública por antonomasia y porque, además, ella era la emisaria de los artistas y yo el representante de los estudiantes, argumentos triviales para  mi necesidad. Luego de media hora entendí, que de las dos únicas cosas que necesitaba convencerla era de las ya evidentes: que el congreso era muy importante para mí y que por fin  conoceríamos el mar. 

Para muchos hubiera resultado conveniente dejar a la novia en  casa, en esos eventos nunca se rendía honores a la castidad,  pero  no para mí; pocas cosas deseaba tanto como su compañía. Sin la posibilidad de consultar su opinión, luego de las intervenciones que corrían por mi cuenta,  me hubiera sentido como un marinero sin brújula. Ella tenía un juicio intuitivo que lograba separar, sin dificultad, la incontinencia  verbal de los argumentos llanos. Aun tratándose de asuntos políticos mi opaca racionalización del mundo era incompleta si no contaba con esa inteligencia sensitiva de la que disfrutaba ella.

Así que me sentí feliz de su asentimiento. La forma natural y respetuosa con la que ella adelantó los trámites necesarios para el viaje contrastaba con el tono agrio (observación de ella)  que me caracterizaba cuando algún funcionario nos generaba trabas. En adelante, nos lanzamos en una rápida venta de bonos de apoyo (un delgado separador en el que incluimos un pequeño poema de Raul Gómez Jattin),  labor en la que ella,  a diferencia de mí,  tenía un aceptable éxito. Alguno de los compañeros  del grupo consiguió dudosas cintas de las películas que aún estaban en cartelera en los teatros de la ciudad y con lo recaudado por su exhibición, más  la ejecución de otras inventivas de última hora, logramos recaudar los recursos necesarios.

El viaje fue  una epopeya. 25 estudiantes recluidos tras las latas oxidadas de un vehículo que parecía el modelo pionero, discurriendo por medio país. Yo estaba acostumbrado a ello, ella no. Por eso admiré el humor y la paciencia con que soportó las 35 horas de camino, las 3 estaciones obligatorias en mitad de carretera, la  polifonía musical de los pasajeros y  las numerosas sesiones de chistes procaces. Eso, y observarla dormir sobre mi hombro, me hicieron amarla más.

Salvo ese viaje, nunca logré hacerla partícipe de mis aventuras. Tal vez contribuyó a ello el mucho tiempo que les dedicaba en detrimento de mis compromisos académicos. Su topofilia, su vínculo afectivo en el campus, le correspondió al teatro. Muchas veces le dije que los activistas estudiantiles también escenificábamos una obra; como tramoyistas, intentábamos darle vuelta a una manivela y reescribir un renglón en nuestra pequeña historia. Ella me respondía, como en uno de los  cuentos de Octavio Paz,  que en cualquier caso el teatro le permitía no ser -como sucede en la vida inmediata- tan solo una mujer regida por las limitaciones propias de la especie, sino mil.

Jorge Hernán Arbeláez Pareja
Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Jorge. Hay algunas cosas que se quedan imborrables,inmutables, para todas las vidas, una de esas cosas son estos viajes de estudiantes. La imagino a ella, -luego de mil horas de viaje- respirando...

Gracias por el relato.

Anónimo dijo...

Muy grato, en mi época estudiantil también tuve una novia que fue mi cómplice, hoy es mi esposa.

Javier dijo...

Está muy bueno. Románticopolítico. Es dulce sin hostigar y hay un diálogo muy bonito entre los dos personajes que, en el cierre, me parece magistral. Lo felicito Jorge, disfruté este relato.

John Edison Cardona dijo...

Muy buen relato, apasionado y sutil.

John Edison Cardona dijo...

Muy buen relato, apasionado y sutil.