sábado, 7 de enero de 2012

El último aguaelulo





8 de enero de 2012

Por: Óscar Arias

Han transcurrido varios meses tratando de escribir este texto. Tras varios intentos, supe que no quería terminar encajando mis propias historias a lo que ahora sé, intuyendo que lo recordado resultara en un diseño autocomplaciente, viciado tal vez por una mentira de la memoria imposible de evitar.

Si el tiempo transmuta la memoria, modifica los márgenes de los recuerdos y ofrece cada vez nuevos sentidos a lo recordado, entonces lo que sucede no es tanto que se recuerdan las historias per se, como que ellas sean pretexto para indagarse a sí mismo; como en los relatos de viajero que, al ritmo de la descripción, el autor descubre otros sentidos del lugar de origen. Resulta sensato tratar la realidad de los recuerdos con sumo cuidado y una buena dosis de escepticismo.

Corría el año 1975. Vivíamos en el Barrio San Joaquín de Manizales. Cursaba tercero de bachillerato en el Instituto Tecnológico de Caldas donde mi vocación fue el taller de electrónica, el cual escogí a pesar de las habilidades que tenía para el dibujo. Esta decisión la tomé movido por dos razones: la primera, por la afición que desperté hacia los radios transistores que recientemente llegaban del Japón, que también se vendían en los agáchese de la Calle 19 y, la segunda, porque en ese taller estaban los recocheros más poderosos del colegio.

Justo ese año comencé a escuchar en la radio El preso y Los charcos, de Fruko y sus Tesos, interpretados por Wilson Saoco. Aún no tenía conocimiento fijo sobre Joe Arroyo, a pesar de tres de las mejores grabaciones -según mi posterior juicio- que ya había hecho con Fruko: Cara de payaso (1972), El ausente (1973) y Tania (1974); luego vendría Confundido (1975). A pesar del protagonismo que tenían en la radio canciones de Richie Ray & Bobby Cruz como Agúzate (1970), Sonido Bestial (1971) y Gan Gan Y Gon Gon (1975), y de La Dimensión Latina con el tema Llorarás (1975); esas primeras grabaciones de Fruko me abrieron el entendimiento hacia el género salsa. Fueron interminables las noches que experimenté con transistores y frecuencias, tratando de sintonizar emisoras de Cali para escuchar buena salsa.

En diciembre de 1978, tomé la decisión de irme de la casa para vivir en Cali. El precio de preferir la rebeldía a la autoridad del padre se paga asumiendo las consecuencias: …si no le gusta así mijo, ahí tiene la puerta abierta, pues yo ya cumplí con enseñarle a trabajar. De hecho, cuando cumplí los siete años y empecé a estudiar la primaria, me había dicho: …los hombres empezamos a ser hombres a su edad y yo le voy a enseñar a serlo trabajando, porque yo falto mañana y ¿quién va a responder por su madre y sus hermanas?

El viaje duró como diez horas en un bus Pullman de Expreso Trejos. En ninguno de los anteriores viajes a Cali, se me habían fijado tanto tres detalles del paisaje vallecaucano, como en aquella ocasión: el colorido y la extensión de los cañaduzales y, particularmente, el olor a miel fermentada y embriagadora.

Atrás quedaron las montañas que soportan el Nevado del Ruíz, el frío que baja del Cañón de las Águilas, las mañanas de lluvia y neblina, las calles estrechas y empinadas, las caminatas por Chipre y la Carrera 23, la Escuela Juan XXIII, el Instituto Tecnológico, el Estadio Fernando Londoño, el teatro Olimpia donde veía las películas de Tarzán que presentaban en dos entregas los domingos, los rieles del extinto tren que de niño salía a ver pasar frente a la estación de la Chec para disfrutar el grano grueso que salía de la combustión del carbón, los partidos de fútbol en La Batea, los paseos de a pié hacia Villamaría por la ruta del Arenillo, el terrorífico ascenso al Corredor Polaco, los tangos que escuchaba por decisión de mi padre donde Chucho y en Mi Natai, las baladas de Ondas del Nevado, las muchachas cubiertas hasta por debajo de la rodilla, los pantalones de terlenka que vendían en el Almacén Don Deo en plena carrera 23 entre calles 18 y 19 , las botas Aguilera, dos noviecitas, los amigos canuto y caliche, mi familia y la esquina donde transcurrió esa parte de mi vida junto a la tienda de don Ambrosio.

Al llegar emergió el Valle del Cauca que muere al borde de los lejanos Farallones por donde se pone el Sol y que parecía estar solo al alcance de la imaginación, las calles amplias e interminablemente planas, la brisa cálida de la Avenida Sexta que en las tardes abaniquea las faldas que brevemente cubren las mejores piernas para la salsa, el boogaloo Micaela acelerado a 78 revoluciones, los míticos Jimmy Boogaloo y Amparo Arrebato, el rock de Deep Purple y de Kiss, el Museo de Arte Moderno La Tertulia y ciclos de cine como el de los Hermanos Marx en medio de la plástica de Pedro Alcántara y Felisa Burstin, los conciertos de salsa en el teatro al aire libre Los Cristales, los paseos a Pance con sancocho de gallina cocido en leña, los clásicos entre Cali y América que se disfrutaban mejor desde la tribuna sur donde había un aviso que decía páginas amarillas, la chicanería de los pelaos, las niñas extrovertidas, la solidaridad valluna, y un aire de montañero del cual yo no era consciente y que durante buen tiempo estuvo acompañado de soledad.

De la montaña al valle, del frío al calor, de las calles estrechas a las amplias, de la milonga a la salsa, de Radio Reloj a Radio Tigre, de las batas a las mini, de las pieles blancas a las candela, de la natilla al manjar blanco, del cristal al blanco, de Arenales a Juanchito, y de las fiestas a las verbenas y los aguaelulos. También hubo lugar para estudiar en el Colegio Santa Librada y de trabajar en Almacenes La 14 y en Carvajal. Fue un umbral con sonidos de colores.

Salía de safari por las calles y sitios nocturnos a ver donde me atrevía, porque si el ritmo era contagioso, el paso de los caleños resultaba más intimidante que retador. Comencé por las verbenas con los amigos del Colegio Santa Librada y pronto pasé de tararear entre dientes Sin poderte hablar de Willie Colón, a tirarme a la pista a bravear esa pachangota que está incrustada en el tema Se te quemó la casa en la voz de Chivirico Dávila con la Orquesta de Orlando Marín.

Los aguaelulos eran rumbas que se realizaban en semana y los sábados, dependiendo del lugar, de 2:00 a 10:00 p.m. donde se servía gaseosa ante la prohibición de vender licor a menores quienes asistían masivamente. Estas rumbas se trasladaron hacia los más famosos grilles de Cali y asistí a casi todos: Honka Monka, Maunaloa, Séptimo Cielo, Las Vallas, La Escalinata, El Escondite y El Panamericano, entre los que más recuerdo. El Panamericano quedaba como a dos cuadras de la Iglesia La Ermita, así como Timbalero a dos cuadras de la Iglesia Los Agustinos.

Requisas exhaustivas a la entrada, recochas generalizadas, entre el descontrol y felicidad trancurría la vida del aguaelulo. Decía un programador de estas rumbas que no era fácil hacerlas llevando bien a doscientas o trescientas personas: …si el que hace el aguaelulo no lo hace bien hasta le tiran. Los porteros y vigilantes conocían a todos los asistentes, a todos los parches. Cuando los descontroles -peleas- se generalizaban, se daba por terminada la rumba. Todos entregaban la energía a la rumba, todos querían rumbear como si esta se fuera a acabar, todos se sentían bailarines ocultos porque solían decir que nadie los había descubierto aún. Las amistades se fueron envejeciendo y se fue apagando el espíritu aguaelulero, pero nunca se perdió la velocidad de los pies, el desgonce de las chumaceras -las rodillas-, los desplazamientos laterales y sobre el eje del cuerpo, y la improvisación. La última función del Panamericano fue un sábado de junio de 1980. Paradójicamente, los aguaelulos marcaron el comienzo de la decadencia de la gran rumba caleña a comienzos de los años ochenta.

Ver en vivo muchos conciertos de orquestas puertorriqueñas, como el de los Hermanos Lebrón en el Coliseo Evangelista Mora, en 1979, ya era todo un acontecimiento; para exaltar la dureza salsera de esa orquesta un amigo solía decir… ¡esa es música de negros mi pana! El acróbata que quise ser en la salsa, paulatinamente se fue desvaneciendo para dar paso al catador de la música cubana.

La Cali que me gusta, solo vive en los recuerdos, dijo alguna vez Humberto Valverde, y digo que a mí no me importa si lo que ahora reina es el reggaeton. Así se cierra el capítulo de una época salsera que ascendió impulsada por una cultura de plantación y el impulso de la radio. Regresé a casa el viernes 1º de agosto de 1980 con el LP del Conjunto Clásico Los Rodríguez bajo el brazo -Al salir el Sol, Barriguita llena, Los Rodríguez y Olga y Margara-.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Las migraciones de manizaleños hacia Cali, Buga o Palmira, y su retorno posterior, eran casi una constante en los perfiles de los clientes de Timbalero y otras discotecas salseras, en los años ochenta. Oscar y yo tejimos una amistad para toda la vida compartiendo historias de la ida y el regreso, de la salsa y otros asuntos perfectamente descritos en su texto.

Gracias a la memoria de Arias, suenan de nuevo la clave y el bongó, el ambiente huele a humo y a ron y los zapatos de Manacho son de cartón.

Mario

Anónimo dijo...

Que buen tonico para quienes tenemos la ciudadania caribeña,y podemos disfrutar al tiermpo del panorama desde el Morro San Cancio o Desde las Tres Cruces En Cali
Saludos y gracias por el texto
Oscar López.

Anónimo dijo...

Mi primera experiencia cosmopolita fue cruzar el rio la vieja, por el puente metálico de Cartago.

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

Llegué cinco años antes que vos a Palmira y regresé a Manizales cuando ya estabas en Cali. Me tocaron algunos aguaelulos como "matero" de mi hermana; en ese tiempo aprendí a bailar salsa con "salchicha con huevo".

Cuando nos encontramos en la Universidad nacional, y luego en Timbalero (en los años ochenta), estaban de moda algunos bailes con fusiones de salsa caleña y tango antioqueño que vos bautizaste como "salsa manizaleña".

Debes ese texto, llevo treinta años esperándolo...

Mario

Yayo dijo...

Me encantó, me alegró la vida tu texto y me dejó sonriendo y con las "chumaceras" aceitadas. Un abrazo

Anónimo dijo...

En Cali solo quedan algunos  cincuentones rumberos que de manera asidua van a alguno de los sitios ubicados en el parque Alameda, lo que llaman "rumba seria", se baila bolero y montunos, ya la salsa acelerada y con movimiento de rodillas, es casi que patrimonio de los jóvenes de los diferentes barrios del Distrito de Aguablanca, quienes han encontrado en las escuelas de salsa un paliativo a la violencia; su acrobática manera de bailar sorprende y ha permitido de alguna forma que la salsa no caiga en el lánguido olvido propiciado por las emisoras FM  que solo programan regueton. Eso de que Cali es la capital mundial de la salsa, es solo una frase publicitaria.
El HABANERO, EL PORTON CALDENSE, Y EL PARQUE DE LA CAÑA, convocan y reúnen a los nostálgicos que resisten y persisten  "azotando baldosa"y que como vos viejo Oscar, tienen claro que nadie ni nada, ni siquiera el insulso regueton, pueden quitarnos lo bailado...
Un abrazo!!!
C. Lepineux

Paulo Sánchez dijo...

Exquisito texto Oscar.
Ahí desempolvaste más de un recuerdo pa' esta mano de cuchos que habitan en laloca, a mi me correspondió otra calentura de la que luego hablaremos. Cuando vos contés la historia de la "salsa manizaleña" yo intento contar las historias de Kien que terminaban en Timbalero y en otros cuantos cuchitriles de la ciudad.