8 de enero de 2012
Por:
Óscar Arias
Han
transcurrido varios meses tratando de escribir este texto. Tras
varios intentos, supe que no quería terminar encajando mis propias
historias a lo que ahora sé, intuyendo que lo recordado resultara en
un diseño autocomplaciente, viciado tal vez por una mentira de la
memoria imposible de evitar.
Si
el tiempo transmuta la memoria, modifica los márgenes de los
recuerdos y ofrece cada vez nuevos sentidos a lo recordado, entonces
lo que sucede no es tanto que se recuerdan las historias per
se,
como que ellas sean pretexto para indagarse a sí mismo; como en los
relatos de viajero que, al ritmo de la descripción, el autor
descubre otros sentidos del lugar de origen. Resulta sensato tratar
la realidad de los recuerdos con sumo cuidado y una buena dosis de
escepticismo.
Corría
el año 1975. Vivíamos en el Barrio San Joaquín de Manizales.
Cursaba tercero de bachillerato en el Instituto Tecnológico de
Caldas donde mi vocación fue el taller de electrónica, el cual
escogí a pesar de las habilidades que tenía para el dibujo. Esta
decisión la tomé movido por dos razones: la primera, por la afición
que desperté hacia los radios transistores que recientemente
llegaban del Japón, que también se vendían en los agáchese
de la Calle 19 y, la segunda, porque en ese taller estaban los
recocheros
más poderosos del colegio.
Justo
ese año comencé a escuchar en la radio El
preso
y Los
charcos, de
Fruko y sus Tesos, interpretados por Wilson Saoco. Aún no tenía
conocimiento fijo sobre Joe Arroyo, a pesar de tres de las mejores
grabaciones -según mi posterior juicio- que ya había hecho con
Fruko: Cara
de payaso
(1972), El
ausente (1973)
y Tania
(1974);
luego vendría Confundido
(1975).
A pesar del protagonismo que tenían en la radio canciones de Richie
Ray & Bobby Cruz como
Agúzate (1970),
Sonido
Bestial (1971)
y Gan
Gan Y Gon Gon (1975),
y de La Dimensión Latina con el tema Llorarás
(1975); esas primeras grabaciones de Fruko me abrieron el
entendimiento hacia el género salsa. Fueron interminables las noches
que experimenté con transistores y frecuencias, tratando de
sintonizar emisoras de Cali para escuchar buena salsa.
En
diciembre de 1978, tomé la decisión de irme de la casa para vivir
en Cali. El precio de preferir la rebeldía a la autoridad del padre
se paga asumiendo las consecuencias: …si
no le gusta así mijo, ahí tiene la puerta abierta, pues yo ya
cumplí con enseñarle a trabajar.
De hecho, cuando cumplí los siete años y empecé a estudiar la
primaria, me había dicho: …los
hombres empezamos a ser hombres a su edad y yo le voy a enseñar a
serlo trabajando, porque yo falto mañana y ¿quién va a responder
por su madre y sus hermanas?
El
viaje duró como diez horas en un bus Pullman de Expreso Trejos. En
ninguno de los anteriores viajes a Cali, se me habían fijado tanto
tres detalles del paisaje vallecaucano, como en aquella ocasión: el
colorido y la extensión de los cañaduzales y, particularmente, el
olor a miel fermentada y embriagadora.
Atrás
quedaron las montañas que soportan el Nevado del Ruíz, el frío que
baja del Cañón de las Águilas, las mañanas de lluvia y neblina,
las calles estrechas y empinadas, las caminatas por Chipre y la
Carrera 23, la Escuela Juan XXIII, el Instituto Tecnológico, el
Estadio Fernando Londoño, el teatro Olimpia donde veía las
películas de Tarzán que presentaban en dos entregas los domingos,
los rieles del extinto tren que de niño salía a ver pasar frente a
la estación de la Chec para disfrutar el grano grueso que salía de
la combustión del carbón, los partidos de fútbol en La Batea, los
paseos de a pié hacia Villamaría por la ruta del Arenillo, el
terrorífico ascenso al Corredor Polaco, los tangos que escuchaba por
decisión de mi padre donde Chucho y en Mi Natai, las baladas de
Ondas del Nevado, las muchachas cubiertas hasta por debajo de la
rodilla, los pantalones de terlenka que vendían en el Almacén Don
Deo en plena carrera 23 entre calles 18 y 19 , las botas Aguilera,
dos noviecitas, los amigos canuto
y caliche, mi
familia y la esquina donde transcurrió esa parte de mi vida junto a
la tienda de don Ambrosio.
Al
llegar emergió el Valle del Cauca que muere al borde de los lejanos
Farallones por donde se pone el Sol y que parecía estar solo al
alcance de la imaginación, las calles amplias e interminablemente
planas, la brisa cálida de la Avenida Sexta que en las tardes
abaniquea las faldas que brevemente cubren las mejores piernas para
la salsa, el boogaloo
Micaela
acelerado
a 78 revoluciones, los míticos Jimmy
Boogaloo y
Amparo
Arrebato,
el
rock de Deep Purple y de Kiss,
el Museo de Arte Moderno La Tertulia y ciclos de cine como el de los
Hermanos Marx en medio de la plástica de Pedro Alcántara y Felisa
Burstin, los conciertos de salsa en el teatro al aire libre Los
Cristales, los paseos a Pance con sancocho de gallina cocido en leña,
los clásicos entre Cali y América que se disfrutaban mejor desde la
tribuna sur donde había un aviso que decía páginas
amarillas,
la chicanería
de los pelaos,
las niñas extrovertidas,
la
solidaridad valluna, y un aire de montañero del cual yo no era
consciente y que durante buen tiempo estuvo acompañado de soledad.
De
la montaña al valle, del frío al calor, de las calles estrechas a
las amplias, de la milonga a la salsa, de Radio Reloj a Radio Tigre,
de las batas a las mini, de las pieles blancas a las candela, de la
natilla al manjar blanco, del cristal al blanco, de Arenales a
Juanchito, y de las fiestas a las verbenas y los aguaelulos.
También hubo lugar para estudiar en el Colegio Santa Librada y de
trabajar en Almacenes La 14 y en Carvajal. Fue un umbral con sonidos
de colores.
Salía
de safari por las calles y sitios nocturnos a ver donde me atrevía,
porque si el ritmo era contagioso, el paso
de los caleños resultaba más intimidante que retador. Comencé por
las verbenas con los amigos del Colegio Santa Librada y pronto pasé
de tararear entre dientes Sin
poderte hablar
de Willie Colón, a tirarme a la pista a bravear esa pachangota
que está incrustada en el tema Se
te quemó la casa en
la voz de Chivirico Dávila con la Orquesta de Orlando Marín.
Los
aguaelulos
eran
rumbas que se realizaban en semana y los sábados, dependiendo del
lugar, de 2:00 a 10:00 p.m. donde se servía gaseosa ante la
prohibición de vender licor a menores quienes asistían masivamente.
Estas rumbas se
trasladaron hacia los más famosos grilles
de Cali y asistí a casi todos: Honka Monka, Maunaloa, Séptimo
Cielo, Las Vallas, La Escalinata, El Escondite y El Panamericano,
entre los que más recuerdo. El Panamericano quedaba como a dos
cuadras de la Iglesia La Ermita, así como Timbalero a dos cuadras de
la Iglesia Los Agustinos.
Requisas
exhaustivas a la entrada, recochas generalizadas, entre el descontrol
y felicidad trancurría la vida del aguaelulo.
Decía un programador de estas rumbas que no era fácil hacerlas
llevando bien a doscientas o trescientas personas: …si
el que hace el aguaelulo no lo hace bien hasta le tiran.
Los porteros y vigilantes conocían a todos los asistentes, a todos
los parches. Cuando los descontroles -peleas- se generalizaban, se
daba por terminada la rumba. Todos entregaban la energía a la rumba,
todos querían rumbear como si esta se fuera a acabar, todos se
sentían bailarines ocultos porque solían decir que nadie los había
descubierto aún. Las amistades se fueron envejeciendo y se fue
apagando el espíritu aguaelulero, pero nunca se perdió la velocidad
de los pies, el desgonce de las chumaceras
-las rodillas-, los desplazamientos laterales y sobre el eje del
cuerpo, y la improvisación. La última función del Panamericano fue
un sábado de junio de 1980. Paradójicamente, los aguaelulos
marcaron el comienzo de la decadencia de la gran rumba caleña a
comienzos de los años ochenta.
Ver
en vivo muchos conciertos de orquestas puertorriqueñas, como el de
los Hermanos Lebrón en el Coliseo Evangelista Mora, en 1979, ya era
todo un acontecimiento; para exaltar la dureza
salsera
de esa orquesta un amigo solía decir…
¡esa es música de negros mi pana! El
acróbata que quise ser en la salsa, paulatinamente se fue
desvaneciendo para dar paso al catador de la música cubana.
La
Cali que me gusta, solo vive en los recuerdos,
dijo alguna vez Humberto Valverde, y digo que a mí no me importa si
lo que ahora reina es el reggaeton. Así se cierra el capítulo de
una época salsera que ascendió impulsada por una cultura de
plantación y el impulso de la radio. Regresé a casa el viernes 1º
de agosto de 1980 con el LP del Conjunto Clásico Los Rodríguez bajo
el brazo -Al
salir el Sol, Barriguita llena, Los Rodríguez y
Olga y Margara-.

7 comentarios:
Las migraciones de manizaleños hacia Cali, Buga o Palmira, y su retorno posterior, eran casi una constante en los perfiles de los clientes de Timbalero y otras discotecas salseras, en los años ochenta. Oscar y yo tejimos una amistad para toda la vida compartiendo historias de la ida y el regreso, de la salsa y otros asuntos perfectamente descritos en su texto.
Gracias a la memoria de Arias, suenan de nuevo la clave y el bongó, el ambiente huele a humo y a ron y los zapatos de Manacho son de cartón.
Mario
Que buen tonico para quienes tenemos la ciudadania caribeña,y podemos disfrutar al tiermpo del panorama desde el Morro San Cancio o Desde las Tres Cruces En Cali
Saludos y gracias por el texto
Oscar López.
Mi primera experiencia cosmopolita fue cruzar el rio la vieja, por el puente metálico de Cartago.
Carlos Aldana
Llegué cinco años antes que vos a Palmira y regresé a Manizales cuando ya estabas en Cali. Me tocaron algunos aguaelulos como "matero" de mi hermana; en ese tiempo aprendí a bailar salsa con "salchicha con huevo".
Cuando nos encontramos en la Universidad nacional, y luego en Timbalero (en los años ochenta), estaban de moda algunos bailes con fusiones de salsa caleña y tango antioqueño que vos bautizaste como "salsa manizaleña".
Debes ese texto, llevo treinta años esperándolo...
Mario
Me encantó, me alegró la vida tu texto y me dejó sonriendo y con las "chumaceras" aceitadas. Un abrazo
En Cali solo quedan algunos cincuentones rumberos que de manera asidua van a alguno de los sitios ubicados en el parque Alameda, lo que llaman "rumba seria", se baila bolero y montunos, ya la salsa acelerada y con movimiento de rodillas, es casi que patrimonio de los jóvenes de los diferentes barrios del Distrito de Aguablanca, quienes han encontrado en las escuelas de salsa un paliativo a la violencia; su acrobática manera de bailar sorprende y ha permitido de alguna forma que la salsa no caiga en el lánguido olvido propiciado por las emisoras FM que solo programan regueton. Eso de que Cali es la capital mundial de la salsa, es solo una frase publicitaria.
El HABANERO, EL PORTON CALDENSE, Y EL PARQUE DE LA CAÑA, convocan y reúnen a los nostálgicos que resisten y persisten "azotando baldosa"y que como vos viejo Oscar, tienen claro que nadie ni nada, ni siquiera el insulso regueton, pueden quitarnos lo bailado...
Un abrazo!!!
C. Lepineux
Exquisito texto Oscar.
Ahí desempolvaste más de un recuerdo pa' esta mano de cuchos que habitan en laloca, a mi me correspondió otra calentura de la que luego hablaremos. Cuando vos contés la historia de la "salsa manizaleña" yo intento contar las historias de Kien que terminaban en Timbalero y en otros cuantos cuchitriles de la ciudad.
Publicar un comentario