Por
Rodrigo Restrepo Gallego
Antes
de las elecciones de Octubre 2011
Por
fuera de la costumbre regional esta vez,
quien conducía la moto de dos tiempos era la joven señora del
campo, y su marido, el parrillero. Circulaban aquella mañana con un
lechón berreador, atado al pecho del hombre con el arnés canguro
reinventado para el hijo de ambos por la abuela, la costurera de la
vereda. Salían de Santafé de Antioquia hacia San Jerónimo, el
pueblo vecino…
Todo
rodaba en buenos tiempos, en clave de sol.
Hasta que, de repente, en ese tramo curvo de la carretera en el que
coincidimos varios paseantes, todo se quedó quieto. Ya no había
viento, ni nada; nada se movía, nada rodaba. Quieto, todo estaba
alerta. Hasta la misma naturaleza en ese mismo instante estuvo
expectante, callada. Lo vimos, lo sentimos y nos asombramos. Todo
esto en fracciones de segundos que corrieron muy, pero muy
lentamente.
Allí
en la carretera, atravesado en la mitad de
la vía, nos encontramos de sopetón al hombre de campo en pié,
cargando debajo de su brazo al cerdo juvenil, mientras sostenía
entre piernas la motocicleta con el motor aún encendido. Y a la vez,
a su mujer, la joven campesina de brazos gesticulantes, aupando a una
iguana de tamaño medio, verde amarilla, con cabeza altiva, inmóvil;
para que saliera de en medio de la carretera, donde trataba quizás
asustada, de hacerse invisible, de mimetizarse sobre la doble línea
amarilla continua que prohíbe el adelanto de vehículos, que la
mujer sabe ninguno respeta.
La
aglomeración de vehículos de todo tipo a
ambos lados de la vía, detenidos voluntariamente al ver a los
campesinos con moto y marrano, acumuló rápidamente vehículos
particulares, apeados curiosos y solidarios intervinientes para
proteger de un aplastamiento a la iguana de palpitante pecho y cresta
erecta. Todo se movía ahora en cámara lenta, para que nadie
olvidara jamás el acontecimiento por venir.
La
cuatrimotor del adolescente y la gran camioneta de vidrios
polarizados, de huella profunda en la berma de la carretera, que
parecía fuera arrastraba con cadenas invisibles detrás de esta,
llegaron en contravía al sitio donde la naturaleza y la iguana
estaban en silencio, quietas, rodeadas de gentes de las cuales solo
dos eran campesinos. La cuatrimotor se detuvo acelerando amenazante
en neutro en frente del reptil, quedando llanta a cabeza con la
iguana a treinta centímetros exactos. La camioneta también se
detuvo bloqueando el carril; ahora de puertas abiertas mostraba
escoltas de ojos ocultos y armas pesadas; de su interior, y por
parlantes incorporados se daban órdenes en nombre del gobierno
departamental, para abrir el paso al lagarto, para el desalojo de las
vías públicas, de todos.
De
súbito, como los rayos que caen en seco, sin tormenta, sin lluvia;
la iguana se impulsa con su mano izquierda
para con dos pasos alcanzar velocidad y de un solo salto trepar por
el hombro del muchacho en la cuatrimotor, y de allí saltar a la
cercana rama de la ceiba crecida más alto que el muro de bareque y
de tejas de barro recientemente pintado de blanco. Trepó al árbol
se pintó de verde, y quieta de nuevo. Chillaban ahora el antes
aguerrido muchacho de la cuatrimotor y el joven cerdo en el arnés
del campesino.
Todos
los demás reímos, aplaudimos y lanzamos
vítores, felices por la iguana ahora a salvo del aplastamiento de
carretera. Lo hicimos de tal manera que sin saberlo logramos espantar
del palo de mamoncillo al gavilán acechante, en cacería plena, que
solamente ella había notado desde mucho antes de la llegada en moto
de la pareja con marrano.
Partimos
cada uno hacia nuestros destinos, mientras
desde los parlantes de la camioneta se nos decía: «Recuerde que
somos los amigos de Ray, el diputado que quiere todo el mundo, el
defensor de la ecología, no
lo olvide cuando busque por quien votar».

2 comentarios:
Rodrigo, qué buen retorno. Ahora entiendo que nos tenías castigados por andar cazando historias en la carreteras nacionales.
Espero verte pronto para organizar el segundo concurso de textos en lalocadelacasa.
Mario
De oportunismos en política, se escribirían varios volúmenes. Bienvenido al número 54 Rodrigo, te estábamos extrañando por esta casa.
Óscar Arias
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