martes, 10 de enero de 2012

EL PASO DEL LAGARTO



Por Rodrigo Restrepo Gallego
Antes de las elecciones de Octubre 2011

Por fuera de la costumbre regional esta vez, quien conducía la moto de dos tiempos era la joven señora del campo, y su marido, el parrillero. Circulaban aquella mañana con un lechón berreador, atado al pecho del hombre con el arnés canguro reinventado para el hijo de ambos por la abuela, la costurera de la vereda. Salían de Santafé de Antioquia hacia San Jerónimo, el pueblo vecino…

Todo rodaba en buenos tiempos, en clave de sol. Hasta que, de repente, en ese tramo curvo de la carretera en el que coincidimos varios paseantes, todo se quedó quieto. Ya no había viento, ni nada; nada se movía, nada rodaba. Quieto, todo estaba alerta. Hasta la misma naturaleza en ese mismo instante estuvo expectante, callada. Lo vimos, lo sentimos y nos asombramos. Todo esto en fracciones de segundos que corrieron muy, pero muy lentamente.

Allí en la carretera, atravesado en la mitad de la vía, nos encontramos de sopetón al hombre de campo en pié, cargando debajo de su brazo al cerdo juvenil, mientras sostenía entre piernas la motocicleta con el motor aún encendido. Y a la vez, a su mujer, la joven campesina de brazos gesticulantes, aupando a una iguana de tamaño medio, verde amarilla, con cabeza altiva, inmóvil; para que saliera de en medio de la carretera, donde trataba quizás asustada, de hacerse invisible, de mimetizarse sobre la doble línea amarilla continua que prohíbe el adelanto de vehículos, que la mujer sabe ninguno respeta.

La aglomeración de vehículos de todo tipo a ambos lados de la vía, detenidos voluntariamente al ver a los campesinos con moto y marrano, acumuló rápidamente vehículos particulares, apeados curiosos y solidarios intervinientes para proteger de un aplastamiento a la iguana de palpitante pecho y cresta erecta. Todo se movía ahora en cámara lenta, para que nadie olvidara jamás el acontecimiento por venir.

La cuatrimotor del adolescente y la gran camioneta de vidrios polarizados, de huella profunda en la berma de la carretera, que parecía fuera arrastraba con cadenas invisibles detrás de esta, llegaron en contravía al sitio donde la naturaleza y la iguana estaban en silencio, quietas, rodeadas de gentes de las cuales solo dos eran campesinos. La cuatrimotor se detuvo acelerando amenazante en neutro en frente del reptil, quedando llanta a cabeza con la iguana a treinta centímetros exactos. La camioneta también se detuvo bloqueando el carril; ahora de puertas abiertas mostraba escoltas de ojos ocultos y armas pesadas; de su interior, y por parlantes incorporados se daban órdenes en nombre del gobierno departamental, para abrir el paso al lagarto, para el desalojo de las vías públicas, de todos.

De súbito, como los rayos que caen en seco, sin tormenta, sin lluvia; la iguana se impulsa con su mano izquierda para con dos pasos alcanzar velocidad y de un solo salto trepar por el hombro del muchacho en la cuatrimotor, y de allí saltar a la cercana rama de la ceiba crecida más alto que el muro de bareque y de tejas de barro recientemente pintado de blanco. Trepó al árbol se pintó de verde, y quieta de nuevo. Chillaban ahora el antes aguerrido muchacho de la cuatrimotor y el joven cerdo en el arnés del campesino.

Todos los demás reímos, aplaudimos y lanzamos vítores, felices por la iguana ahora a salvo del aplastamiento de carretera. Lo hicimos de tal manera que sin saberlo logramos espantar del palo de mamoncillo al gavilán acechante, en cacería plena, que solamente ella había notado desde mucho antes de la llegada en moto de la pareja con marrano.

Partimos cada uno hacia nuestros destinos, mientras desde los parlantes de la camioneta se nos decía: «Recuerde que somos los amigos de Ray, el diputado que quiere todo el mundo, el defensor de la ecología, no lo olvide cuando busque por quien votar».

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Rodrigo, qué buen retorno. Ahora entiendo que nos tenías castigados por andar cazando historias en la carreteras nacionales.

Espero verte pronto para organizar el segundo concurso de textos en lalocadelacasa.

Mario

Anónimo dijo...

De oportunismos en política, se escribirían varios volúmenes. Bienvenido al número 54 Rodrigo, te estábamos extrañando por esta casa.

Óscar Arias