jueves, 1 de diciembre de 2011

LA REVISTA DEL MES




Mario Hernán López.

Siempre era el primer día del mes, cuando el cartero llegaba a la casa cargando el morral verde del Servicio Postal. Antes de doblar la esquina, el cartero sabía que Miguel Antonio estaba esperándolo en la puerta con un billete en la mano izquierda. Era el mismo cartero sin uniforme que desde hacía dos años entregaba el paquete constatando de manera teatral el nombre del destinatario: “para el señor Miguel Antonio Marín”, aparentaba leer, mientras recibía la propina y entregaba el sobre cerrado. Miguel Antonio despedía al cartero con una sonrisa y de inmediato corría hasta su cuarto en el segundo piso de la vieja casa de Los Agustinos, sacaba las tijeras del cajón del guardarropa y se tendía en la cama.

La revista llegaba sin falta cada mes -según decía la infaltable nota de saludo de la editora-, el cartero se la entregaba empacada en un sobre de papel grueso de color amarillo que él abría cuidadosamente utilizando una de las puntas de las tijeras como cortapapel. La leía completa, desde la nota editorial hasta el último artículo; se acomodaba en la cama con dos almohadas para mirar las fotografías vistosas, en las que casi siempre aparecían hombres y mujeres jóvenes posando sonrientes a la cámara, algunas veces montando en bicicletas o caminando por parques de florescencias primaverales. Buena parte de los artículos anunciaban los tremendos cambios sociales y económicos en el mundo gracias a la fuerza inatajable de la clase obrera.

La leía muy lentamente, casi saboreándola, se detenía en cada fotografía escudriñando en cualquier detalle; tratando de encontrar las claves de la felicidad que transmitían los rostros de los paseantes o de los obreros impecablemente vestidos, fotografiados justo en el momento en que operaban una gran máquina, de una gran planta, para una gran producción, ordenada por el gran timonel. Aquellas fotografías eran portadoras del mensaje de la felicitad completa, pensaba.
El cartero nunca había llegado tarde, por eso resultaba angustiante que ya hubiera pasado el medio día y no asomara en la esquina. No había ocurrido un retraso como ese. Desde hacía dos años la revista llegaba en la mañana, de la mano del mismo cartero sin uniforme, gracias a una propina más que generosa para sus posibilidades. Decidió no esperar más y salió a la calle rumbo a la oficina del Servicio Postal. Caminó hasta la esquina y volteó a la derecha siguiendo el largo andén que bordea la escuela del barrio. Pasó de largo por la calle de los talleres de metalmecánica evitando saludar a los trabajadores que fumaban en las puertas, bajó por la panadería que a esa hora de la tarde abría los hornos para dejar salir el olor a pan caliente, cruzó la calle frente a la iglesia tomando la ruta hacia el centro de la ciudad.

Al pasar por la entrada de la farmacia pudo ver al dependiente tomarle la presión arterial a una mujer blanca de cabello castaño, paró un momento para observar el procedimiento y aprovechó para echarse una mirada en el espejo del costado lateral de la farmacia; se vio viejo, con la cara surcada por las arrugas, los hombros caídos, la camisa decolorada, el pantalón arrugado y los zapatos deformados por el uso. Tengo el aspecto típico del fracasado, se atrevió a pensar.

Luego caminó hacia la zona de las ferreterías, en la ruta hacia el mercado informal de la calle 19. Algunos de los hombres que atendían los pequeños puestos de mercancías baratas tenían el mismo aspecto físico del cartero: flacos, venosos y huesudos como los bebedores y fumadores empedernidos que se veían todas las tardes en las cantinas del barrio. Nunca había cruzado más de dos palabras con el cartero; casi siempre aparecía en la esquina de la cuadra con la misma camisa café a cuadros y un pintoresco pantalón de pana que no hacía juego con la pesada mochila verde. Definitivamente el mal gusto en el vestir del cartero contrasta con la sencilla elegancia de los hombres y mujeres fotografiados en la revista, se dijo.

Llegó a la plaza de Bolívar y cruzó decidido hasta la oficina postal. Lo atendió una mujer muy elegante, de vestido rojo, similar a los que usan las damas de las fotografías, sobre todo las que aparecen en las reuniones con el gran timonel. Tímidamente preguntó por el cartero de la zona del barrio de Los Agustinos; la mujer lo miró de arriba a abajo. Miguel Antonio sintió vergüenza de su aspecto de viejo arruinado. “Está en este momento en el sector”, le respondió ella.

Emprendió carrera hacia la casa; de pasada pudo ver de nuevo su barrio viejo y descascarado, oyó los gritos y carcajadas que salían por las puertas de aquellas casas centenarias, vio a los hombres parados en las puertas y a las mujeres desarregladas comadreando por las ventanas; si se apresuraba, pensó, lograría llegar a su casa antes que el cartero.

3 comentarios:

juana santana dijo...

Yo siempre amé los carteros, Neruda supo de su importancia, no en vano nos traian noticias de enamorados intangibles, de mundos perfectos, de otros mundos. me ha encantado, enhorabuena Mario.

Jose F dijo...

Gustavo Wilches Chaux, mi amigo: mi hermano (como puso él en una dedicatoria de un libro), viendo los chinos sonrientes mostrando el Libro Rojo del presidente Mao: "Los chinos, Jose, antes se morían de hambre; ahora se mueren de risa."

Bello recuerdo el tuyo Mario; yo ya te conté de Popayán y de Buchipluma.

Anónimo dijo...

En mis años mozos yo disfrutaba los encatamientos que enviaban los separatistas de Quebec. Era un magazine gratuito acerca de la Quebec del futuro. Para mis ojos y segun la revista se veia un mundo de paz, increible prosperidad y estetica indescriptibles. Hoy comprobe que es casi completamente cierto y en todo caso suficiente, para que el encatamiento aun no cese. Lo de la China seria cierto, porque hoy USA tiembla por el desigual comercio con la obra que Mao inicio.

German