Mario
Hernán López.
Siempre era el primer
día del mes, cuando el cartero llegaba a la casa cargando el morral
verde del Servicio Postal. Antes de doblar la esquina, el cartero
sabía que Miguel Antonio estaba esperándolo en la puerta con un
billete en la mano izquierda. Era el mismo cartero sin uniforme que
desde hacía dos años entregaba el paquete constatando de manera
teatral el nombre del destinatario: “para el señor Miguel Antonio
Marín”, aparentaba leer, mientras recibía la propina y entregaba
el sobre cerrado. Miguel Antonio despedía al cartero con una sonrisa
y de inmediato corría hasta su cuarto en el segundo piso de la vieja
casa de Los Agustinos, sacaba las tijeras del cajón del guardarropa
y se tendía en la cama.
La
revista llegaba sin falta cada mes -según decía la infaltable nota
de saludo de la editora-, el cartero se la entregaba empacada en un
sobre de papel grueso de color amarillo que él abría cuidadosamente
utilizando una de las puntas de las tijeras como cortapapel. La leía
completa, desde la nota editorial hasta el último artículo; se
acomodaba en la cama con dos almohadas para mirar las fotografías
vistosas, en las que casi siempre aparecían hombres y mujeres
jóvenes posando sonrientes a la cámara, algunas veces montando en
bicicletas o caminando por parques de florescencias primaverales.
Buena parte de los artículos anunciaban los tremendos cambios
sociales y económicos en el mundo gracias a la fuerza inatajable de
la clase obrera.
La
leía muy lentamente, casi saboreándola, se detenía en cada
fotografía escudriñando en cualquier detalle; tratando de encontrar
las claves de la felicidad que transmitían los rostros de los
paseantes o de los obreros impecablemente vestidos, fotografiados
justo en el momento en que operaban una gran máquina, de una gran
planta, para una gran producción, ordenada por el gran timonel.
Aquellas fotografías eran portadoras del mensaje de la felicitad
completa, pensaba.
El
cartero nunca había llegado tarde, por eso resultaba angustiante que
ya hubiera pasado el medio día y no asomara en la esquina. No había
ocurrido un retraso como ese. Desde hacía dos años la revista
llegaba
en la mañana, de la mano del mismo cartero sin uniforme, gracias a
una propina más que generosa para sus posibilidades. Decidió no
esperar más y salió a la calle rumbo a la oficina del Servicio
Postal. Caminó hasta la esquina y volteó a la derecha siguiendo el
largo andén que bordea la escuela del barrio. Pasó de largo por la
calle de los talleres de metalmecánica evitando saludar a los
trabajadores que fumaban en las puertas, bajó por la panadería que
a esa hora de la tarde abría los hornos para dejar salir el olor a
pan caliente, cruzó la calle frente a la iglesia tomando la ruta
hacia el centro de la ciudad.
Al
pasar por la entrada de la farmacia pudo ver al dependiente tomarle
la presión arterial a una mujer blanca de cabello castaño, paró un
momento para observar el procedimiento y aprovechó para echarse una
mirada en el espejo del costado lateral de la farmacia; se vio viejo,
con la cara surcada por las arrugas, los hombros caídos, la camisa
decolorada, el pantalón arrugado y los zapatos deformados por el
uso. Tengo el aspecto típico del fracasado, se atrevió a pensar.
Luego
caminó hacia la zona de las ferreterías, en la ruta hacia el
mercado informal de la calle 19. Algunos de los hombres que atendían
los pequeños puestos de mercancías baratas tenían el mismo aspecto
físico del cartero: flacos, venosos y huesudos como los bebedores y
fumadores empedernidos que se veían todas las tardes en las cantinas
del barrio. Nunca había cruzado más de dos palabras con el cartero;
casi siempre aparecía en la esquina de la cuadra con la misma camisa
café a cuadros y un pintoresco pantalón de pana que no hacía juego
con la pesada mochila verde. Definitivamente el mal gusto en el
vestir del cartero contrasta con la sencilla elegancia de los hombres
y mujeres fotografiados en la revista, se dijo.
Llegó
a la plaza de Bolívar y cruzó decidido hasta la oficina postal. Lo
atendió una mujer muy elegante, de vestido rojo, similar a los que
usan las damas de las fotografías, sobre todo las que aparecen en
las reuniones con el gran timonel. Tímidamente preguntó por el
cartero de la zona del barrio de Los Agustinos; la mujer lo miró de
arriba a abajo. Miguel Antonio sintió vergüenza de su aspecto de
viejo arruinado. “Está en este momento en el sector”, le
respondió ella.
Emprendió
carrera hacia la casa; de pasada pudo ver de nuevo su barrio viejo y
descascarado, oyó los gritos y carcajadas que salían por las
puertas de aquellas casas centenarias, vio a los hombres parados en
las puertas y a las mujeres desarregladas comadreando por las
ventanas; si se apresuraba, pensó, lograría llegar a su casa antes
que el cartero.

3 comentarios:
Yo siempre amé los carteros, Neruda supo de su importancia, no en vano nos traian noticias de enamorados intangibles, de mundos perfectos, de otros mundos. me ha encantado, enhorabuena Mario.
Gustavo Wilches Chaux, mi amigo: mi hermano (como puso él en una dedicatoria de un libro), viendo los chinos sonrientes mostrando el Libro Rojo del presidente Mao: "Los chinos, Jose, antes se morían de hambre; ahora se mueren de risa."
Bello recuerdo el tuyo Mario; yo ya te conté de Popayán y de Buchipluma.
En mis años mozos yo disfrutaba los encatamientos que enviaban los separatistas de Quebec. Era un magazine gratuito acerca de la Quebec del futuro. Para mis ojos y segun la revista se veia un mundo de paz, increible prosperidad y estetica indescriptibles. Hoy comprobe que es casi completamente cierto y en todo caso suficiente, para que el encatamiento aun no cese. Lo de la China seria cierto, porque hoy USA tiembla por el desigual comercio con la obra que Mao inicio.
German
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