Ramón Mercader
“EL
HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS”
“Se
empeñó en ofrecer su poesía a la participación política y sacrificó su Arte y
su propio espíritu con ese gesto: se esforzó tanto por ser un militante
ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta... “
Trotsky, al enterarse del suicidio de
Vladimir Mayakovsky
La novela publicada en 2010
bajo el sello de Tutsquet Editores obtuvo hace dos meses el premio de la
Crítica Cubana y desapareció rápidamente
de las librerías. Su autor es Leonardo Padura, tal vez el más importante
escritor cubano de las últimas generaciones, muy conocido por su zaga negra
sobre el heterodoxo y melancólico Mario Conde, el detective que ha
protagonizado algunas de sus novelas.
La estructura narrativa se
sostiene sobre tres historias paralelas: la de Liev Davidovich (más conocido
como Trostsky), la de Ramón Mercader, su asesino, y la de Iván, el agobiado escritor cubano que
reconstruye la historia en la Habana de fin de siglo y que sirve como alter ego de Padura. Mi fascinación por el libro comenzó por el
título, en él encontré una vaga alusión a una cofradía próxima: cada uno de los tres personajes tiene
una relación muy cercana con los perros. Mi atracción fue estimulada por la
curiosidad cuando las primeras páginas me avisaron que los protagonistas eran Leon Trotsky y Ramón
Mercader, los mismos que sirvieron de materia prima a una de las páginas más siniestras
del siglo XX.
La figura de Liev Davidovich siempre me generó interrogantes.
Sabía que se trataba de un ahasverus condenado
a rumiar en la soledad de su destierro, sus
crímenes contra la Revolución. Era el anatema del que, en el pasado, todo comunista
debía alejarse. Pasaría mucho tiempo antes de que, tras la “desestalinización”,
los denuestos rodaran junto con los catecismos escritos con la tinta de los muchos odios heredados. Odios que los
militantes de izquierda de muchas generaciones acogieron con más fervor que
cerebro.
Padura se ocupa de mostrarnos
el tránsito de un Trotsky que pasa de
ser uno de los protagonistas de la Revolución Rusa, un intelectual
dotado de la capacidad de organización necesaria
para construir la unión de los soviets; a convertirse, de
forma gradual e inexorable, en un repudiable traidor. En el camino están la
destrucción progresiva de su figura pública, la humillación de su ego
superlativo, y la hégira impaciente que lo lleva hasta México pasando por la
hostil Europa. El Trotsky de Padura se
pregunta por qué el poder omnímodo de Stalin, su verdugo, no le ha abierto aún las puertas de Caronte y
comprueba con amargura que su existencia es necesaria, mas no como quisiera,
para limpiar el comunismo de la inmundicia que se le ha adherido. Las purgas ordenadas
por Yosef Stalin en los años 30 y en las que millones fueron defenestrados, se justificaron con una
convincente mentira: cada de los criminales juzgados en Moscú -que habrían de
marcharse a Siberia, como el Iván Denisovich de Solzhenitsin, - y cada uno de los que murieron fusilados, era
agente del máximo judas de la historia, dispuesto a cualquier aberración,
incluso a pactar con el fascismo alemán o a envenenar el agua moscovita.
La novela es un recto al
hígado. Fuerte y seco. ¿Cómo creer en el desmoronamiento de la última de las grandes utopías? ¿Hasta
dónde puede desvirtuarse un ideal? ¿Tanto, tanto cómo para convertirse en ese enemigo
que juraba combatir? Ya había antecedentes literarios. En Granja animal Orwell
nos muestra la justificada insurrección de los animales de una hacienda. A las semanas
iniciales de euforia y optimismo se sucedió el liderazgo opresor de los cerdos. Estos, después de reescribir
la historia de la liberación animal y de convertir en impíos a los que otrora fueron
héroes, terminan transformándose en esos mismos hombres, mezquinos y
macilentos. Los mismos que meses atrás habían expulsado. La novela del inglés
fue, según Padura, la mayor de sus inspiraciones.
Para los sistemas totalitarios
todas las disidencias son peligrosas incluso aquellas que son apenas
potenciales, que no se han siquiera insinuado. Por razones distintas, la pluma solitaria y el
verbo público son siempre sediciosos. Osip Mandelstan, el más grande poeta ruso
del siglo XX, fue condenado porque no puso su estilete al servicio de la
verdad, esto es, del Partido. Mayakovsky no soportó la presión y decidió
despedirse de la vida con un pistoletazo. Trotsky fue destruido, no tanto por
sus divergencias teóricas con la oficialidad , sino porque era el testimonio de
que la historia no la había escrito solo Stalin.
En Mercader no descubrimos al
homicida siniestro sino al militante convencido, dispuesto a entregar su vida
por la causa en la que cree. Es un altruista radical y por ello un hombre
esencialmente peligroso. Lo son siempre los fanáticos que, como Ramón, se
convierten en instrumentos de una lucha en la que los sacrificios, decretados
desde arriba, anulan el juicio y la subjetividad. Las reticencias morales son
lastre de los espíritus débiles, cuando una razón de Estado piensa por
nosotros. Muchos años después, agazapado en los callejones de la historia,
acompañado por los perros que ama, deplorará el papel que le correspondió
adoptar. Hasta el final de su vida lo acompañará el grito de dolor que profirió
su victima cuando le clavó a esta una pica en la cabeza.
La novela no solo me generó la
más grata de las impresiones, también me regaló desazón, mucha, por cierto. Apenas
me estoy reponiendo. No se trata solo de un testimonio político, que tiene
detrás una minuciosa investigación histórica, sino también de una gran novela,
bien contada, en la que los diálogos cortos y las descripciones mesuradas están
tejidos con una bella filigrana. Leonardo Padura logra con éxito superar los
fetiches y meterse bajo la piel de los personajes, para bien de nosotros o de
todos, que creemos que esa historia debe ser contada.
Jorge Hernán Arbeláez P.
Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa

3 comentarios:
Tremendo. Ese libro hay que leerlo.
También resultan, al mismo tiempo, agudas y valientes las opiniones de Padura (o de su personaje Mario Conde) sobre la revolución cubana, escritas en el calor de isla.
Mario
Sí, el estalinismo era la ortodoxia política de la Revolución. Que libros como los de Padura sean permitidos y más aún, que sean premiados, es una muestra de que en Cuba las cosas están cambiando.
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