martes, 6 de diciembre de 2011

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS

  Ramón Mercader
 
“EL HOMBRE QUE AMABA  A LOS PERROS”

Se empeñó en ofrecer su poesía a la participación política y sacrificó su Arte y su propio espíritu con ese gesto: se esforzó tanto por ser un militante ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta... “

Trotsky, al enterarse del suicidio de Vladimir Mayakovsky

La novela publicada en 2010 bajo el sello de Tutsquet Editores obtuvo hace dos meses el premio de la Crítica Cubana y desapareció  rápidamente de las librerías. Su autor es Leonardo Padura, tal vez el más importante escritor cubano de las últimas generaciones, muy conocido por su zaga negra sobre el heterodoxo y melancólico Mario Conde, el detective que ha protagonizado algunas de sus novelas.

La estructura narrativa se sostiene sobre tres historias paralelas: la de Liev Davidovich (más conocido como Trostsky), la de Ramón Mercader, su asesino,  y la de Iván, el agobiado escritor cubano que reconstruye la historia en la Habana de fin de siglo y que sirve como alter ego de Padura. Mi  fascinación por el libro comenzó por el título, en él encontré una vaga alusión a una cofradía  próxima: cada uno de los tres personajes tiene una relación muy cercana con los perros. Mi atracción fue estimulada por la curiosidad cuando las primeras páginas me avisaron que  los protagonistas eran Leon Trotsky y Ramón Mercader, los mismos que sirvieron de materia prima a una de las páginas más siniestras del siglo XX.

La figura de Liev Davidovich siempre me generó interrogantes. Sabía que se trataba de un ahasverus condenado a rumiar en la soledad de su destierro,  sus crímenes contra la Revolución. Era el anatema del que, en el pasado, todo comunista debía alejarse. Pasaría mucho tiempo antes de que, tras la “desestalinización”, los denuestos rodaran junto con los catecismos escritos con la tinta de los  muchos odios heredados. Odios que los militantes de izquierda de muchas generaciones acogieron con más fervor que cerebro.

Padura se ocupa de mostrarnos el tránsito de un Trotsky que pasa de  ser uno de los protagonistas de la Revolución Rusa, un intelectual dotado de la capacidad de  organización necesaria para  construir la  unión de los soviets;  a convertirse, de forma gradual e inexorable, en un repudiable traidor. En el camino están la destrucción progresiva de su figura pública, la humillación de su ego superlativo, y la hégira impaciente que lo lleva hasta México pasando por la hostil Europa.  El Trotsky de Padura se pregunta por qué el poder omnímodo de Stalin, su verdugo,  no le ha abierto aún las puertas de Caronte y comprueba con amargura que su existencia es necesaria, mas no como quisiera, para limpiar el comunismo de la inmundicia que se le ha adherido. Las purgas ordenadas por Yosef Stalin en los años 30 y en las que millones  fueron defenestrados, se justificaron con una convincente mentira: cada de los criminales juzgados en Moscú -que habrían de marcharse a Siberia, como el Iván Denisovich de Solzhenitsin, -  y cada uno de los que murieron fusilados, era agente del máximo judas de la historia, dispuesto a cualquier aberración, incluso a pactar con el fascismo alemán o a envenenar el agua moscovita.

La novela es un recto al hígado. Fuerte y seco. ¿Cómo creer en el desmoronamiento  de la última de las grandes utopías? ¿Hasta dónde puede desvirtuarse un ideal? ¿Tanto, tanto cómo para convertirse en ese enemigo que juraba combatir? Ya había antecedentes literarios. En Granja animal Orwell nos muestra la justificada insurrección de los animales de una hacienda. A las semanas iniciales de euforia y optimismo se sucedió el liderazgo opresor  de los cerdos. Estos, después de reescribir la historia de  la liberación animal y  de convertir en impíos a los que otrora fueron héroes, terminan transformándose en esos mismos hombres, mezquinos y macilentos. Los mismos que meses atrás habían expulsado. La novela del inglés fue, según Padura, la mayor de sus inspiraciones.  

Para los sistemas totalitarios todas las disidencias son peligrosas incluso aquellas que son apenas potenciales, que no se han siquiera insinuado. Por  razones distintas, la pluma solitaria y el verbo público son siempre sediciosos. Osip Mandelstan, el más grande poeta ruso del siglo XX, fue condenado porque no puso su estilete al servicio de la verdad, esto es, del Partido. Mayakovsky no soportó la presión y decidió despedirse de la vida con un pistoletazo. Trotsky fue destruido, no tanto por sus divergencias teóricas con la oficialidad , sino porque era el testimonio de que la historia no la había escrito solo Stalin.

En Mercader no descubrimos al homicida siniestro sino al militante convencido, dispuesto a entregar su vida por la causa en la que cree. Es un altruista radical y por ello un hombre esencialmente peligroso. Lo son siempre los fanáticos que, como Ramón, se convierten en instrumentos de una lucha en la que los sacrificios, decretados desde arriba, anulan el juicio y la subjetividad. Las reticencias morales son lastre de los espíritus débiles, cuando una razón de Estado piensa por nosotros. Muchos años después, agazapado en los callejones de la historia, acompañado por los perros que ama, deplorará el papel que le correspondió adoptar. Hasta el final de su vida lo acompañará el grito de dolor que profirió su victima cuando le clavó a esta una pica en la cabeza.

La novela no solo me generó la más grata de las impresiones, también me regaló desazón, mucha, por cierto. Apenas me estoy reponiendo. No se trata solo de un testimonio político, que tiene detrás una minuciosa investigación histórica, sino también de una gran novela, bien contada, en la que los diálogos cortos y las descripciones mesuradas están tejidos con una bella filigrana. Leonardo Padura logra con éxito superar los fetiches y meterse bajo la piel de los personajes, para bien de nosotros o de todos, que creemos que esa historia debe ser contada.

Jorge Hernán Arbeláez P.
Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tremendo. Ese libro hay que leerlo.

Anónimo dijo...

También resultan, al mismo tiempo, agudas y valientes las opiniones de Padura (o de su personaje Mario Conde) sobre la revolución cubana, escritas en el calor de isla.

Mario

Jorge Hernán Arbeláez Pareja dijo...

Sí, el estalinismo era la ortodoxia política de la Revolución. Que libros como los de Padura sean permitidos y más aún, que sean premiados, es una muestra de que en Cuba las cosas están cambiando.