martes, 1 de noviembre de 2011

DESPUES DEL RACIONAMIENTO MANIZALES DISFRUTÓ EL HALLOWEN



Oscar Robledo Hoyos *
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También yo quise en esta noche acocharme a uno de eso cuernos de la luna a pescar niños disfrazados en el Halloween. Desde temprano la punta de medio casco de la luna empezó a rodar por los lados de la tarde intentando meter en su red la ciudad con todos los niños, que en este caso estaban presentes con sus madres igualmente disfrazadas. Desde la altura de mis años dudé por un instante si salir tras los niños y niñas hermosos para meterlos en mi mochila o mejor salir corriendo detrás de mamás tan bellas y juveniles.

Las calles recobraron sabor a miel y confituras con estos niños disolviéndose y diluyéndose como dulces por pasillos, calles encantadas, torres de apartamentos, Centros Comerciales y hasta zapaterías de barrio o  puntos de venta de frutas y verduras. Todo lo trasegaron estos pequeñines con sus pies de gnomos o geishas japonesas, esos ojos salpicados de lentejuelas doradas y polvos suavísimos de un sueño de Sherazada y esos trajes de capas “supermánicas” o vampirescas, esos incipientes colmillos de Transilvania y esos mascarones ensangrentados y los tuertos descolgados de piratas al ataque en buques imaginarios o los simples Piratas del Caribe con aquellos precisos trajes de sastre de botones de áureo metal.

En casa nos  tocó en suerte éste año la novia de Mickey Mouse, Minnie, con sus orejitas enhiestas. Se nos reportó vía telefónica a primera hora el rasgamiento intempestivo de la falda de fantasía de papel de seda, afortunadamente el top negro impidió el desnudamiento súbito del sueño de la niña ante espectadores sorprendidos por una inocencia interrumpida. El llanto fue solamente de paso como entre un abrir y cerrar de un telón de titiriteros para continuar enseguida con la fiesta. No se destiñeron a Dios gracias los lunares artificiales y la naricilla de ratón, tampoco se rompieron las ajorcas de los tobillos y las zapatillas aguantaron charcos y salpicaduras de vehículos.

Para las nueve de la noche los ojos ya habían comenzado a cerrarse en la tropilla. Las luces continuaban encendidas en calles y avenidas, almacenes y heladerías. Se fuero apagando los gritos y los coros del Halloween y algunos niños amagaron un sueño y un llanto incipiente. Silenciosamente saltaron calles y avenidas y se vinieron en pequeños grupos a recostarse en los cuernos de la luna que para esta hora estaba prácticamente tocando las breves líneas de la tierra en esta noche fantástica.


*.            Sociólogo.
Manizales, 31 de Octubre de 2011.

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