jueves, 17 de noviembre de 2011

DEL FILO DE BARBERAS, CUCHILLAS Y ESPADAS.


Oscar Robledo Hoyos *

Nada más crispante que la barbera cortando un pelo en el aire. O, asentada sobre la muñeca verla y sentirla talar selva entre los vellos. ¿Habrá algo más arrobador que las propagandas de cuchillas Gillette arrasando la barba y dejando una piel para estrenar? Todo lo que corta de manera fina y eficaz ejerce un “fascino” sobre la imaginación. Es la imagen de lo eficiente, de lo juvenil y lo útil.

Un joven enmascarado hacia limpieza esta mañana en un antejardín y no pude sustraerme al espectáculo. En un momento pareció intimidarse con mi mirada sobre la cuchilla cortante. Le hice un guiño y un gesto telegráfico con la mano para que no interrumpiera y me dejara en el suspenso de un “coitus interruptus”. El encapuchado iba y venía como cortando queso con un largo cuchillo afilado; para mis adentros casi inconscientes, haciendo cultura y civilización. Sí, esa fue la imagen que me surgió espontáneamente de la escena tal vez imágenes dormidas del Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. El Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas era el titulo preciso de ese libro que leí en la biblioteca del colegio siendo aún un adolescente. Su gesto me pareció civilizatorio pues de donde segundos antes era un montículo de hierbas canijas surgían olores fuertes y ácidos de una tierra nueva. Espectáculo posiblemente infantil pero fascinante, como un castillo de naipes desmadejándose por la fuerza aerodinámica que soplaba sobre los talones de la maleza. Con la pierna derecha lanzaba hacia atrás lotes de basura y avanzaba un poco más hacia la maraña colocando el filo del acero en la base del matorral.

De la tala vienen olores inauditos, para estrenar. Sensaciones que estaban dormidas en medio del desorden afloran gracias al escalpelo de la guadaña. ¿Sera así la muerte talando vidas? ¿A qué  olerá el difundo momento después del corte súbito? No han faltado hagiógrafos que han registrado aromas sutiles en el cuarto donde ha muerto un místico como fue el caso de santa Rosa de Lima y Teresa de Ávila.

Con todo el respeto a los santos difuntos y a los muertos comunes y corrientes siempre me ha atraído la cabeza de Holofernes en las manos de Judith y la del precursor San Juan Bautista de barba negra impresionantemente varonil en las de Salomé. No sé, atracción por su corte bárbaro e impecable. Tal vez por el remezón inmisericorde de los sentimientos que descubre al final un tesoro o una verdad que se ignoraba pero que estaba allí en el fárrago de las cosas y las situaciones anodinas.  Es posible que presintiera de cerca la frescura de la esperanza judía en la hermosura tajante de esa cabeza o de esa heroína o la fuerza de la nueva fe de los cristianos cuando Salome presenta a su madre la cabeza del Bautista en bandeja de plata.  Temática y momentos de espanto tratados por  Caravaggio, Goya, Cranach, Filippo Lippi y Vasari para citar algunos nombres.

Existe una atracción atávica y dramática por el fulgurante corte del cuchillo y la espada que nos remite de manera inexorable a la muerte. A lo mejor sentimiento secreto que solo de vez en cuando se ventila abiertamente y que nos coloca de inmediato ante verdades finales. Alguien puede pensar que es un sentimiento macabro, cercano a lo tanático  o necrófilo a la manera de aquel que experimentara el Primer Gabo obsedido por el cadáver del general como lo explica tan lucidamente Gerald Martin en su biografía.

En la vida cotidiana la realidad contumaz es portadora de una verdad alternativa y encubierta que solo aflora de cuando en cuando como en la revelación de los místicos, el sueño de los revolucionarios o la crueldad del asesino. Esa cosa pequeña como un alfiler zahiere y corta de manera mortal. La guadañadora del obrero descubre un paisaje oculto y desconocido a la mirada de los caminantes. Ante su mecánica intervención no vale ya la filosofía ni la poesía ni la imaginación creadora. Es simplemente otra realidad la que estaba entredormida – la que emerge triunfadora - entre sus pliegues.

El Marqués de Sade cruel y masoquista leído por Jorge Gaitán Duran y expuesto en su revista Mito es interpretado por Hernando Valencia Goelkel con estas palabras: “Los libros de Sade son, en rigor, ilegibles. Es el de Sade un frenesí decepcionante. Su obra es, si se quiere, un alto momento del espíritu; está más allá –o más acá- de la literatura”,  ¿Entonces?, se pregunta Gustavo Cobo Borda, “lo que estaba más allá, o más acá, de una literatura maldita era la realidad, y ésta afortunadamente parecía todavía conservar su capacidad traumática” (Historia portátil de la poesía colombiana, 1886-1995).

*.            Sociólogo.

Manizales, Jueves nov 10/2011.

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