martes, 23 de agosto de 2011

UNA FINAL DE INFARTO


OSCAR ROBLEDO HOYOS  *

Una noche de fantasía el cierre del mundial en nuestro país. Colombia se lució no solamente con los juegos pirotécnicos y de robótica gigante y de masas sino con el juego final de Brasil con un Portugal bravío y levantado que finalmente sucumbió bajo la bota de otro Oscar - ¿otra final de  premios del cinema? – en un encuentro con un marcador de tres a dos. Vibrante, apasionado,  como ese Shakespeare enamorado  que sale desesperado corriendo por las calles de Londres tras la muchacha que lo lleva a la otra orilla del Támesis a una enigmática  casa señorial que  finalmente se traga la princesa. ¿Exageración?, no. La dicha de ser Latinoamérica la detentora final del trofeo tan pronto aparecía como se esfumaba con los empates a cortas distancias en las manecillas del reloj. A solo cinco minutos del inicio Oscar pone al Brasil a la cabeza; cuatro minutos después el uno a uno con gol de Alex. Al inicio del segundo tiempo (minuto catorce) gol de Oliveira en una escapada de fantasía, luego diecinueve minutos de espera espantosa hasta que, nuevamente Oscar, pone el marcador dos a dos. Enseguida nuevamente la expectativa, los anhelos y la puja no solo en la cancha sino en bares, salas, cafés, tiendas de barrio, fondas campesinas, hogares y cuanto sitio que tuviere un aparato de televisión. Gritos, increpaciones, voces de ánimo y desánimo.

Los muchachos se levantaban como si tuvieran resortes incorporados en rodillas, piernas y pies; resistían golpes como si fueran de plástico, rebotaban sobre la grama como gomas, volvían al ataque como troyanos enardecidos. Admirable el trabajo incesante de Sergio Oliveira. ¡Creímos que se iba a reventar!. Por un momento vivimos en el Olimpo en donde el elixir desaparecía las penas y los sinsabores de las pasiones terrenas. Pensamos que el alargue iba a ser la decadencia por la fatiga de los jugadores pero.. nos brindaron lo mejor del futbol en sus botines y las mágicas estrategias y tácticas de sus magines. Inmenso coraje en donde pareciera que no rigieran las leyes de la física del “movimiento sucesivamente disminuido por las patadas”. A ratos perdíamos la corona que se esfumaba entre las piernas de los lusitanos aguerridos y bien vestidos de ese rojo incendiario que trastocaba sobre la pizarra verde nuestras ilusiones sudacas. Volvió la esperanza a batirse en los pliegues amarillos de las camisetas brasileñas hasta que el equipo se encontrara con otro premio Oscar “prêt a porter” en su última gambeta o puntapié. Finalmente llegó faltando solamente nueve minutos de los complementarios. ¡Volvió – por fin – nuestro corazón a encontrar su sitio en la tribuna esa noche fantástica!

El  señor Blatter y el señor Juan Manuel Santos quedaron momentáneamente congelados en las graderías, reducidos al tamaño corriente de todo humano del planeta; el de los aficionados de un deporte cualquiera. Los vimos sometidos a la presión de la espera y a la desesperación de los goles ajenos como cualquier parcero o pelafustanillo de barrio. Verlos sumidos en la incertidumbre de los fanáticos, quietos o exaltados, mudos o vociferantes nos indujo, post facto – evidentemente - a serias meditaciones sobre el deporte y en especial del futbol como antídoto a la prepotencia y a las distinciones sociales o políticas, en una palabra, como herramienta para visualizar el alcance y profundidad de una democracia ideal extendida por tribunas y tendidos. Algunos dirán que el deporte es “opio del pueblo”, adormidera de ideales y que mientras el estado suministre “pan y circo” la gobernabilidad está prácticamente garantizada. Pero no seamos tan fundamentalistas de negar que los individuos como los pueblos tienen necesidad de entretenimiento en sus tiempos libres, ej, del arte , aficiones y el cultivo de ciencias no ciertamente experimentales y fácticas para intentar alcanzar los limites insondables que le marca su condición de ser cultural  eminentemente lúdico y erótico. El arte como futbol, la pintura o la geometría nivela sin distingos de dignidades. Nos hace sentir como hermanos porque es único el corrientazo que nos recorre por la columna vertebral cuando uno de los nuestros traza sobre el fondo verde figuras y fintas inimaginables, rectas, transversales, paredes, túneles, remates y sombreritos a la manera de las geometrías euclidianas o  no euclidianas o los cuadros de un Picasso en su época cubista o azul.

Vivimos la final con el corazón prieto y los ánimos encendidos y participamos de esa fiesta como la contribución del deporte a esa aspiración legítima pero generalmente distante de igualdad entre los pueblos y los hombres. Es por eso que no se le pueda utilizar para dar bolillo a la gente porque el futbol lo podrá ser todo para sus fanáticos menos un “tombo brutal” que se impone por la fuerza física y mucho menos instrumento de violencia machista contra la mujer. Anoche, con esa sensación compartida de igualdad y felicidad tuvimos la certidumbre de la quiebra de todos los bolillos o porras. Salir a la calle o a la discoteca con los máximos emblemas del deporte a golpear al adversario se nos hizo inimaginable, más aun cuando se las emprende contra la mujer. De allí que no compartimos las declaraciones de un miembro de la junta nacional del futbol colombiano en donde una vez más un alto dirigente se excede en sus credenciales e invita e insinúa que estaríamos de acuerdo en darle una golpiza a Piedad Córdoba. Tampoco con las de aquella senadora que dijo en un noticiero de la noche que si Hernán Darío Gómez le “cascó” fue porque previamente lo habia irritado, provocado, molestado - que es lo único que para ésta descocada dirigente política paisa, saben hacer las mujeres.

Fue pues esta final del Campeonato Mundial Sub Veinte - en que la copa se quedó en América Latina - la noche en que se quebraron definitivamente todos los “bolillos”, los de palo y los de Gómez. 

*. SOCIÓLOGO.

Manizales, Agosto 22 de 2011.

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