domingo, 12 de junio de 2011

CIENCIA Y POLITICA


AGUSTIN ANGARITA LEZAMA


La revolución científica vinculó el conocimiento del mundo al cambio permanente de la ciencia, la tecnología y la producción. Esta estrecha relación se ha venido haciendo más fuerte, modificando la vida cotidiana de las personas.

Estos avances se pueden caracterizar por la extensión y profundidad de los conocimientos actuales y las consecuencias que su aplicación tiene sobre la vida humana. Un importante avance es la capacidad de CREAR cosas. La ciencia pasó de la observación del mundo a la creación de un mundo. Los conocimientos de la física cuántica, que exploró las entrañas más íntimas de la materia y la energía, hicieron real la creación de mundo en el laboratorio. Infortunadamente, así como se aprendió a crear mundo, también se aprendió cómo destruirlo con las bombas atómicas y la tecnología para la guerra.

Las ciencias de la vida también tuvieron su impulso. La biología y las ciencias afines dejaron de ser observadoras y descriptoras del mundo vivo, y pasaron a ser ciencias que también crearon vida. Las biotecnologías y la biomedicina son su más espectacular demostración. El desarrollo de la cibernética, la microelectrónica y las ciencias de la información nos ha acercado a la creación de vida artificial, expresada en sistemas tecnológicos cada día más autónomos como la robótica y la inteligencia artificial. Con los nuevos instrumentos que se han creado, se ha emprendido la transformación de la materia y de la vida a gran escala y profundidad, creando verdaderas maravillas. Sin embargo, a la par se genera miseria, dolor, deterioro ambiental, sensación de vacío, de futilidad, soledad y desesperanza. ¿Qué ha ocurrido, que las maravillas prometidas se empequeñecen con las consecuencias no esperadas?

La ciencia y su saber ya no garantizan la certeza y seguridad de recorrer por las autopistas de la verdad, como se creía antes, sino sobre unas bases permanentes y crecientes de incertidumbre y azar.

Desde la modernidad, el conocimiento humano que producía la ciencia era investido del poder absoluto de ser verdadero, exacto y con la capacidad de predecir el futuro. El conocimiento científico desplazó a todo otro saber, hasta convertirse en representante único y legítimo del saber humano. Los saberes populares (incluyendo los métodos curativos y preventivos) quedaron reducidos, en el mejor de los casos, a conocimientos folclóricos, exóticos, de segundo nivel. La ciencia, que generó la creencia en que todo se podía conocer, predecir y manipular en beneficio humano, se enfrenta a un conjunto de problemas, donde se destaca el deterioro ambiental, en el que la manipulación, el control, el conocimiento exacto y la predicción son, prácticamente imposibles.

Nuestra manera de conocer, que nos prometía seguridad y certezas está en crisis. Sus manifestaciones más significativas se evidencian en la estandarización de la vida humana y en la pérdida de la sociodiversidad, con estados sociales de homogeneidad y equilibrio. En términos de vida y sociedad, homogeneidad y equilibrio equivalen a muerte. Las manifestaciones espirituales de la crisis tienen que ver con inversiones valorativas en las que trabajo se reduce a empleo, el amor al sexo, la salud a la reparación de la enfermedad, calidad de vida al consumo, la vida familiar a su vida económica y la persona al individuo. Esta homogenización conduce al mayor empobrecimiento de la diversidad espiritual humana, a la exclusión y marginación del otro, de la otra y de lo otro. ¿Sabrán los políticos de qué hablan cuando prometen ciencia y tecnología?

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