domingo, 1 de mayo de 2011

Nunca me regalaste una flor: Bolero para un romance difunto





Juana Santana




A Maurice Ravel

(…...Está linda la calle veintitrés de La Habana a las seis de la tarde. La gente hace cola en un puesto de algo, hidratos, proteínas y alguna vitamina,seguramente están dando unos bocadillos de queso, pan con mierda. Llevo mis dólares en el bolsillo de detrás de mis jeans, nunca te hablé del viejo que se me acercó a la altura de Chaplin, el cine donde exhiben todo ese lúgubre cine europeo. El viejo no tenía pupilas, sus ojos eran amarillos, enjuto, con una camisa blanca y unas manos temblorosas surcadas de venas azules, encorvado, me llegaba a la altura del hombro. -Permítame, como se le concede un último deseo a un condenado a muerte, dirigirle la palabra -dijo mirándome a los ojos; me daban miedo aquellos ojos amarillos sin pupilas- cuando tú dabas un bote contra los muebles en penumbra de la habitación también era muy hermosa . -Usted dirá, le respondí.El viejo hizo una mueca que recordaba remotamente una sonrisa.
-Abusando de su generosidad le formulo otro deseo: ¿podría quitarse los espejuelos? -dijo el viejo botando sobre sus calcáreas pantorrillas.
-Lo sabía-aseguró ufano-, tiene usted unos maravillosos ojos prosiguió llevándose la mano a la boca como si hubiera dicho una inconveniencia.
Aquí me tienes con mis gafas de trescientos dólares haciendo maromas entre mis dedos. El viejo se ajustó los pantalones en su exigua cintura, volvió a sonreír.
-Tiene usted el encanto de lo antiguo, sin embargo es una persona de hoy, continuaba hablando en un castellano impecable. -Muchas gracias, -respondí.
El pulpo agonizaba sobre el asfalto de la calle noventa, lo llevábamos en una de las bolsas de esas de las tiendas de todo a cien que yo había traído de España.
Peleamos el pulpo con un pescador del muelle oeste, recién salido del agua.
El dialecto adquiría una sonoridad verdiana en tus labios, te movías como un guerrero del altiplano; ¿vende el pulpo maestro?, ¿cuánto pide?. Te di mis cincuenta centavos de dólar y sentí un tropel de emociones incatalogables, caballos esbeltos trotaban por mi esófago hasta mis vísceras, hasta la garganta, ahogándome dulcemente. Doyle, el pulpo en el asfalto era uno de esos poemas minimalistas del desastre o sobre el desastre, desde entonces no me he vuelto permitir sentir nada semejante, lo reintegraste a la bolsa con tus manos de acariciar, me miraste con tus ojos de mirar, me sonreíste con tu boca de besar.
-¿Me permite un último deseo? -dijo el viejo de los ojos amarillos.-Usted dirá, le respondí. -¿Me concede el infinito placer de su amistad? -Disculpe. Tengo mucha prisa, -dije atropelladamente y salí andando deprisa. De pronto sentí terror de aquellos ojos sin pupila. Allí se quedó con un rictus de sufrimiento en su rostro verdoso....)*
Juana Santana


*Fragmento de nunca me regalaste una flor: bolero para un romance difunto. Se lo pueden descargar gratis en: www.loquinario.blogspot.com

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hemos estado en la misma esquina de la Habana...