miércoles, 6 de abril de 2011

Mujeres con gafas de luna ( fragmento)*



Juana Santana
La Laguna. Tenerife España

La mujer se despertó de un sueño donde las dimensiones y los espacios no se correspondían con su realidad cotidiana. Había una higuera centenaria de gruesas ramas, pletórica de brevas negras como el azabache, algunas reventaban de maduras y dejaban ver su corazón rojo palpitante como unos labios jóvenes y carnosos. Ella, desde algún lugar que no terminaba de ubicar, podía verla y al mismo tiempo estaba en otro lugar, un sitio húmedo y feo, una estancia con el suelo de baldosas amarillas y las paredes de un verde chillón que tapaba apenas un rosa triste que aparecía debajo, en los desconchones de la pintura.
Abrió los ojos tratando de recordar el sueño, pero en cuanto su cabeza cambió de posición en la almohada lo olvidó. Tenía la creencia de que los sueños en realidad eran mensajes o claves que podían ser útiles para la vida, pero pocas veces lograba recordar lo que soñaba y cuando lo hacía siempre, y después de mucho cavilar, el sueño se podía interpretar de diferentes maneras, unas más favorables a sus deseos o intereses que otras, lo que convertía en un ejercicio inútil esa manía de rescatar sueños e interpretarlos.
Algún día tendría que tomarse en serio su ausencia de alegría. Era como si se le hubiera ido gastando con el tiempo, cada vez le costaba más estar contenta, saludar al sol al levantarse y todas esas chorradas de la nueva era.
Una mujer madura siempre es susceptible de causar risa, es blanco del chiste fácil y generalmente es invisible a poco que se descuide. Lucía no soportaba realmente a la mujer respetable en que se había convertido.
No sabe cuándo el sexo empezó a ser un ejercicio higiénico gimnástico desprovisto de misterio, apenas un frotar de alas de grillo con la consiguiente canción como un tañer de desahucio, una forma de venganza hacia Javier, aún sabiendo que a él le traía sin cuidado su vida sexual.
Aún le preocupa su aspecto físico, por lo que no todo está perdido. Le asusta derrapar y dejarse caer hasta la no existencia. ¿Será verdad que dejamos de existir cuando nadie nos desea? Se lo pregunta, pero es una pregunta retórica pues conoce la respuesta. Está absolutamente convencida de que dejamos de existir si nadie nos desea, ¿cómo se gestiona después la vida sin sexo?, tendrá que aguardar a que pase más tiempo y su cerebro se reblandezca como los glúteos y le empiecen a oler las manos a laboratorio farmacéutico. Tendrá que esperar a ser vieja de verdad para saber cómo se puede vivir sin deseo, sobre todo sin inspirar deseo en los demás. La displicencia vital vendría después, cuando ni siquiera ella fuera capaz de sentir apetencia sexual por nadie. De momento cualquier proyecto le produce una infinita pereza, cualquier actividad es buena si la mantiene ocupada, pero ninguna la atrapa en cuerpo y alma como antes. Extrañaba mucho la capacidad de entrega no recuerda en qué momento le nació ese desapego que le impedía creer o creerse capaz de hacer cositas, triviales, inocuas o estúpidas, pero cositas al fin. Nunca se sabe, una cosa lleva a la otra, y donde creías que no había nada tal vez haya un mundo, tal vez haya posibilidades de mundos que le den sentido a levantarse por la mañana. Porque los mundos por lo general son invisibles y bullen como cosquillas o huelen como recuerdos, son casi certezas pero no se ven ni se constatan, por eso son mundos y son milagros, cómo sino es que nacemos, cómo se da que nos engendren y no nos malogre ni la mala suerte ni la enfermedad y podamos estar aquí, ahora, retransmitiendo esta caída en picado, por otro lado natural, previsible y hasta profiláctica, porque nada dura siempre. Javier ya no la toca ni la mira y cuando se dirige a ella siempre es en tono de reproche o, lo que es peor, de burla. Empezó a perderle mucho antes de que sucediera aquello, ella le perdonó, pero él nunca le perdonará que ella haya sido tan generosa y comprensiva como para perdonar algo así.
Por eso está pensando si Javier definitivamente era un tema acabado que ella misma se empeñaba en mantener vivo artificialmente, como si no pudiera vivir sin un hombre y sin el drama añadido o colateral que habían supuesto los hombres en su vida. Siempre fueron como la razón última de la existencia o la guinda del pastel, habría que encontrar la causa en la ausencia del padre o en el escaso amor de la madre y la miseria de afectos que le dieron en el seno familiar, exceptuando a los viejos, a los que siempre vio como unos compañeros de juego a su mismo nivel. No reparaba en los años ni en la movilidad ni en las arrugas, lo que era la vejez en definitiva. Los niños y los viejos establecen una relación cristalina e inefable mucho más allá de las convenciones que dicta la realidad. Lo único evidente era que ella y sus viejos se daban recíprocamente el amor y la atención que el mundo real de los adultos les negaba. Sería precisamente porque ni los viejos ni los niños tienen vida sexual más allá de pulsiones naturales y automáticas.
Esta vez no podía hacer como si no ocurriera nada y perdonar o ignorar los insultos, las vejaciones y las traiciones, las explicitas y las implícitas, porque esta vez Javier había ido más allá de lo que su tolerancia patológica para con las mezquindades del género masculino podía admitir.
Cada día lo mismo, aún no se ha despertado del todo y ahí están esos pensamientos que son como la tos de fumadora que parece que está esperando, agazapada en el pecho, a que ella espabile un poco para romperla por la mitad. Entre la tos y unos golpes que le pareció escuchar, la empresa de volver a dormir parece condenada al fracaso. Es Eduardo, que no avisa jamás una visita de antemano. No resulta pesado porque no puede estar mucho más de cinco minutos en un lugar.

* Mujeres con gafas de luna está editada en formato digital en www.loquinario.blogspot.com


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Juana ha publicado cuentos y las novelas "La suerte de la memoria" y "Todos contra la pared". En su blog se puede encontrar la novela más reciente: "Mujeres con gafas de luna".

Agradecemos a Juana su contribución especial a lalocadelacasa.

Mario

Anónimo dijo...

En el texto de Juana Santana todos estamos contenidos. Unos más,
otros menos , unos más temprano , otros más tarde, unos ayer , otros mañana, pero ninguno estará ausente o será indiferente.

Alfonso

Anónimo dijo...

Buen tono