viernes, 15 de abril de 2011

CHARLITO



Oscar Robledo Hoyos

Ese día definitivamente no tuvo afán. La única ilusión que le quedaba era desandar con ritmo nuevo los caminos de la infancia. Iba bien pertrechado de datos y su cabeza zumbaba como una de esas computadoras gigantes de las primeras en venir al mundo, con muchos bombillitos alumbrando de manera intermitente y  colores diferentes. La salida a la calle le causó – hay que decirlo con franqueza – un cierto sabor amargo en la boca.

Ya Charles Jaramillo lo había hecho una vez. Salir casi “empeloto” y regresar a la ciudad con los bolsillos iluminados, llenos de billetes. Los datos eran fantasiosos pero no por ello irreales : ¡Diez mil millones trecientos dos mil pesos!. Si esto no fuera ganarse el premio mayor de un Baloto valía la pena morir por un ideal que siempre le había rondado la cabeza o al menos, hacer el intento y emprender algún día, el camino hacia la meta entre montes y pedregales. El camino no era fácil ciertamente, pero finalmente quedarse en casa manicruzado viendo pasar la gente hacia el trabajo desde su ventana no tenía sentido, era una locura la vida y no el carnaval prometido por la Celia.

La idea fue breve y fulminante como una cortada iluminada por cuchillo recién comprado. Partir. Salir con la mochila a sus cuarenta como el hombrecito de Charles que se dejó ir de mano de sus secuestradores, suavemente, casi que cariñosamente, diez años y nada… También como Charles, la Gloria, la María Teresa y el Tembo. Si, ahora la gran ideota le brillaba con la intensidad de un bombillo ahorrador tercera generación. Sobre el sardinel de la esquina encontró la primera seña de su bendición desde el cielo: ¡Un alma de Dios, tal vez una hija de María o condiscípula de las Marillac!, se dijo, o lo que para el efecto daba lo mismo, su ángel guardián, pues como en un cuento medieval era evidentemente que tenía la misma carnadura y talla, tal vez molido a  palos por el desempleo y la acedia de un largo tratamiento. Ah sí, ahí, como un milagrito a boquejarro sobre el pasto estaba el pantalón sin arruga alguna, usado sí, pero listo para iniciar la marcha pues las medidas eran exactamente las suyas; lo demás, lo traía puesto de restos y “guardados” de sus mejores días y una camisa a cuadros que su hermano menor había separado para el bazar de la parroquia. Desde el balcón le gritó la abuela “Acuérdate de tus promesas, Regresa pronto, ¡Es una locura!, se dijo para sí, cerrando los postigos”. A la puerta salió la madre con el delantal oliendo a grasa y las manos enharinadas del maíz molido a las cinco de la mañana: ¡Son tonterías esos milagros, hijo, Los casos no son repetibles, ¡No eres parlamentario, gran pendejo, vuelve!".

La suerte estaba echada para “Charlito”, así lo bautizaron los otros presidiarios, cuando supieron de su locura de enriquecimiento licito a imitación del Charles Jaramillo que había demando a la nación por el cautiverio atroz al que lo había sometido Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARCS). Miraba como subversivo; no saludaba a nadie, cogía frutos impúdicamente; los cortaba como subversivo con una navaja vieja, los comía descaradamente; en los bordes de los caminos, a la vista de todo mundo, sin pedir permiso a nadie, como retando la propiedad privada y como diciendo: “Véngase el mundo entero que los iré despachando uno a uno”. Pero, ¡qué pesar, a nadie le era extraño!; no le decían nada. Gritaba como subversivo: “Abajo el  mal gobierno y Viva la vida digna”. Pero, a nadie alarmaba. Fue así como inició su plan y su interminable caminada aterrizando por el Lago Balsora en donde desagua la quebrada de Cameguadua. Subió la falda de Curazao y así mismo descendió a La Ínsula, sin un peso, sin una mirada de curiosidad de parte de un guerrillo sapo o un tombo chismoso. ¡ Eso lo hubiera salvado!. Nada. Entre más se esforzaba por ser fiero, por sacar uñas - ya las tenía largas –nadie lo regalaba, al menos, con una mirada de extrañeza. ¿Un loco? ¿Un pordiosero? ¿Un perro garoso? ¿Otro para tapar “rotos negativos” por los alrededores del Trébol en la carretera que va hacia Marsella?. A Alfonso Cano le contaron de un desquiciado que quería entrar a filas por la puerta falsa. No se movió de su silla de ruedas para dar la orden de enrolamiento así fuera en los patios de atrás el de púas y alambradas, piso en tierra y la lehismaniasis que hacia su agosto por esos días.

Por el contrario, Charlito fue llevado a los tribunales de la capital y fue procesado por terrorista. Lo salvó la Amnistía General del gobierno para Los Locos por El Cambio Social y le dieron como destino final La  Clínica Psiquiátrica de los Hermanos de San Juan de Dios. Solamente de oír “Dios” exclamó: “Por fin mi proyecto ha sido avalado por el Eterno”, se consoló Charlito. Fueron muchas las charlas que tuvo con sus amigos en diferentes grados de locura. Depresivos, maniáticos, neuróticos, doble personalidad, esquizofrénicos de la Seguridad Nacional, meticulosos por una nueva sociedad que se lavaban las manos cada cinco minutos en enjuagues de lejía con gotas de ácido muriático. Alguien le sopló al oído: Charlito, al menos escribe tus memorias. ¿Cómo?, exclamó sorprendido. Pues sencillo Charlito, todos lo que regresan del secuestro escriben su experiencia, Ahí están los libros de todos ellos que se venden como pandequeso caliente. Tanto, que ya la editorial La Abuela Desalmada de Bogotá tiene una serie de relatos que hace una biblioteca. ¡Dios mío, Dios mío, qué maravilla, definitivamente El me lleva por verdes praderas!. Fue a raíz de este comentario que se le veía con un cuaderno de cien hojas bajar meditabundo, todos los días después de la media mañana, hacia la hondonada de la Clínica, en medio de altos eucaliptus y pinos , a escribir, corregir e hilvanar su dolorosa desventura.

Murió creyéndose candidato a un premio literario y viéndose como un subversivo irredento porque un día, de los pocos que tuvo cuerdo, en un acto de trasparencia interior, íntimo y fulminante, como una cortada iluminada por un cuchillo recién comprado, tuvo la revelación que le iban a dar cristiana sepultura no importándole para esas calendas que no fuera jueves y que tampoco tuviera el aguacero de las dos en punto de la tarde.

A los balcones de madera y la puerta con zaguán no salieron la abuela y la madre a recibir sus carnitas deshechas y sus huesitos oxidados.

Lo devolvieron enterito a sus hijos con un indiscutible olor a flores podridas, por la dificultad que se tuvo para localizarlos.

*          Manizales, Marzo 11 de 2011.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente, Oscaro.
Un abrazo Rodrigo

Anónimo dijo...

gracias viejo rodri,
Tus palabras son una fuerza y un estimulo en estas actividades del espiritu y sabemos de tus buenos dotes de lector y escritor. Ante todo en cuento Rodri que es tan inasible y dificil, claro que tenemos buenos maestros en la Loca...... y hasta premiados y reconocidos en justa lid, lo que nos llena de orgullo.

saludos pues,

vale
oscaro.