miércoles, 23 de marzo de 2011

El dÍa de la independencia


GERMÁN ANTONIO GUIZMÁN 


Nubia y yo nos casamos un 20 de julio, por cierto, el día nacional. No es que me entusiasmara ningún ánimo patriotero, simplemente el cura tenia llena la agenda para el resto del año. Ya por entonces me parecía un mal presagio que la vaga estética de una confusa puñetera callejera instituyera el nacimiento de una nación. Al fin y al cabo era cierto también que esa fecha no representaba nada en mi vida, excepto quizá, hazañas inigualables como el regreso de los primeros perros astronautas o la llegada del hombre a la luna. El caso era que había que pasar urgentemente página, a este sí, un amor estupendo que ya por entonces cumplía más de diez años sin mostrar socialmente hablando resultado alguno.

Parecía premonitoria una boda en el llamado día de la independencia patria, si es cierto, como dicen los astrólogos que aconsejan a sus implacables gobernantes, que los astros y los planetas deciden algo sobre el destino de los hombres. Por supuesto no era un disparate, uno puede creer en lo que se le antoje. Es bien sabido que con las creencias al igual que con la ficción, no hay racionalidad posible. Por tanto y una vez solventadas las dudas éticas, el camino estaba abierto, cualquier discurso sintácticamente elaborado especialmente en política, sería defendible por cuanto la ficción, la política y la religión no encuentran en ese terreno diferencia alguna.
Había llegado la hora de ganar el derecho a disfrutar el mundo, esa posibilidad legitima de movernos libremente por la esfera planetaria.

En aras de la meta, había que lograr un pasaporte libertario y provocador. No es poco, parece solo un papel, pero engendra libertad y muchos derechos; mas de los que hayan tenido ninguno en la casa paterna. Que dignidad es recibir consideración en las casetas de inmigración o certeza material de cara al futuro; es realmente mágico lo que hacen las palabras inscritas en él.

Ahora me lo quiero creer, el sueño americano nos arrulla. A diferencia del virrey, en casa ya tenemos derecho a votar por el emperador. ¡Qué mejor final para un amor veintejuliero!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Primero casado que ciudadano. Eso me recuerda las historias de las familias antioqueñas.

Germancho, espero verte en el verano.Gracias por el texto desenfadado y juguetón.

Mario

Anónimo dijo...

Agradable.