miércoles, 9 de febrero de 2011

LITERATURA PARA LOS TIEMPOS DEL URIBISMO





Mario Hernán López Becerra.


El escritor Antonio Ungar ganó el premio Herralde 2010 con la novela Tres ataúdes blancos. Escrita como sátira política, y a la manera de una caricatura del poder en la que se dibujan los rostros de Uribe, Chávez y otros tantos políticos de izquierdas y derechas, la novela se suma, impune, a la extensa lista de relatos sobre las violencias en Colombia. El tema de la realidad social y política asoma por las ventanas literarias de prácticamente todos los escritores colombianos que han alcanzado notoriedad en los últimos tiempos. Las historias de sicarios, narcotraficantes, masacres y exterminios hacen parte de los trabajos de personalidades literarias disímiles como Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Evelio Rosero y Héctor Abad Faciolince.

Buena parte del reconocimiento que han alcanzado en España algunos escritores colombianos de última generación, está ligado al interés de los lectores por conocer y escudriñar en las atrocidades y excesos que han ocurrido en Colombia en los últimos treinta años. En los eventos literarios es usual que el público indague por la relación que alcanza el conflicto armado con el escritor y su obra; también se sabe de escritores que en Madrid o en Barcelona intentan congraciarse con estos temas a pesar de su evidente distancia emocional, política y literaria con los conflictos sociales, las disputas armadas, la reconfiguración de las bandas criminales y otras pandemias de la nación.

Ha dicho Ungar, con ocasión del premio, y dice la verdad, que los personajes e historias han salido, sin mayor esfuerzo, de notas periodísticas recientes del Perú, Colombia y Venezuela. Buena parte de las situaciones descritas en la novela remiten a personajes públicos, a políticos en ejercicio y a innumerables manifestaciones de violencias públicas y privadas. Los lectores españoles alimentarán con esta novela el estereotipo mil veces descrito de estos países como territorio criminal y en disputa, al tiempo que los lectores locales encontrarán una elaboración sin pliegues de las historias recientes.

Al terminar la lectura de Tres ataúdes blancos me quedé tendido en la cama, exhausto, no sólo por la ansiedad que producen los pasajes de ritmo trepidante que alcanza la narración (o por el deseo de terminar una historia que por momentos se torna empalagosa e inverosímil), sino también por la necesidad de dejar de leer de una vez y para siempre las novelas colombianas que parecen solazarse con la creación de personajes maniqueos y caricaturescos, sanguinolentos y vanidosos, fotocopiados de los noticieros nacionales.






3 comentarios:

Anónimo dijo...

Esa novela me genera mucha curiosidad, he leído notas muy elogiosas y bueno, supongo que una obra sin méritos significativos no ganaría un premio como ese, pero el tema, de entrada, me genera sospechas. En estos casos se pregunta uno siempre si se trata de una especie de catarsis para exorcizar los demonios angustiosos de la época, una necesidad, o si se trata, en cambio, de un simple imperativo de mercado para los emergentes autores colombianos que quieren conquistar lectores y premios.

Jorge A.

Pablo R. Arango dijo...

Llegué hasta la página 120, con mucho esfuerzo. Quedé con la sensación de haber visto una serie de caricaturas calcadas.

Una crítica de alguien a quien tampoco le gustó la novela, aquí: http://www.letraslibres.com/index.php?art=15168

Anónimo dijo...

Es casi una molestia colectiva, escritos trillados sobre la realidad colombiana, realidad que se reconoce en el narcotráfico y en los crimines terroristas no dejan más que una lectura con un tinte morboso y vulgar. Es triste. La feria del libro en Colombia ha olvidado ese sentido armónico, crítico y silencioso que traen las letras, y ha empezado a mostrarnos testimonios que en forma de libro dejan entrever la estupidez y la morbosidad de un país que no puede ver más allá de donde se lo permiten sus ojos. A mi no me interesan testimonios de personajes como Clara Rojas o Ingrid Betancourt victimas del secuestro en Colombia, conozco la realidad colombiana, sus textos nada dicen, nada aportan. Hemos olvidado que en Colombia podemos hablar de otras cosas y mostrar otras cosas, nuestras cineastas y escritores no pueden seguir mostrando ese paisaje que trasuda una fastidiosa angustia.

Te he leído y e colapsado, me uno a la sencillez de tus palabras, y al igual que tu, estoy exhausta de estas creaciones vacías de algunos colombianos.