sábado, 5 de febrero de 2011

CONFESIÓN DE PARTE (1)



Carlos Arturo Gallego Marín2

Yo no quiero dejar pasar este momento con un bienvenidas y bienvenidos a esta Escuela de derecho, en un simple formalismo que puede o no consultar el corazón de ustedes (porque aspiro que hayan traído sus corazones y los traigan a clase) sino más bien declararles huéspedes inesperados de una disciplina del conocimiento presuntamente en declive, como lo es el derecho. No vamos a servirles café y a invitarlos a seguir a la sala así no más. Creo que ustedes tienen que saber que se enfrentan a una disciplina del conocimiento que en cuanto catálogo de normas nadie parece ya respetar, a un conjunto de teorías que parece no importar a nadie más que a los abogados y eso, para muchos a pesar del desconsuelo, cuando representan algún dinero extra para sus vanidades.

El hecho de estar aquí, asume el estudio del derecho para develarlo, entumecerlo, dudar de todo aquello que decimos en cada clase, causarle heridas al derecho para transformarlo, heridas que lo reivindiquen como un saber humanista, social, político, al que le importa la pérdida de libertades de los individuos, los despojos de que son objeto los “sin nombre”, los desposeídos, los que no cuentan —que son la mayoría—. El derecho es un saber y un hacer, al que le importan los problemas que genera esa invención absurda de las fronteras, la calidad de “muerte” de los que no tienen ciudadanía: los desplazados; al que le importan las ignominias que hemos consentido con nuestra pasiva actitud en nombre de la ley, algunas de las cuales aún no nos avergüenza suficientemente como especie, en nombre de la cual se han edificado imperios del crimen como el Tercer Reich.

Tienen que saber que el derecho no puede verse solo desde códigos y normas, no solo como conjunto de legislaciones que regulan la vida en sociedad, sino el resultado de muchas luchas en todos los tiempos y aún, en esta terrible contemporaneidad sola e indiferente. Tendrán que entender que el derecho es el resultado de un constante tira y afloje entre el poder abusivo y la necesidad de justicia, entre los macro poderes de los Estados corruptos
y el derecho a no ser mancillado y condenado, por señalar a voz en cuello al tirano, en nombre del derecho y de los derechos.


Por obvias razones, pero sobre todo para evitar confrontaciones inútiles, advierto que esta es una confesión de parte, algo así como una declaración extrajudicial, hablo por lo que voy viviendo maravillosamente, en lo que voy siendo. Cuando hablo ante ustedes hablo por mí, por mis lecturas de la vida cotidiana que, a propósito, no anuncian verdades pero si realidades, que son en suma parcelas del conocimiento que me ayudan a continuar pensando el derecho más allá del formalismo, es decir por fuera de él. Porque el derecho parece ahora ante los ojos críticos de otras disciplinas, apartado de la sociedad.

Tenemos que preguntarnos ante el derecho, si es considerado como muchos lo hacen, como un mero conjunto de normas: ¿Cuál vida aspira a regular, cuando la vida no vale nada ante los grandes capitales?

¿Dónde estaba el derecho cuando miles de personas eran llevadas hacia las cámaras de gas para edificar una raza pura? ¿Dónde estaba el derecho en la invasión de Irak en nombre de una mentira asesina con fuerte olor a petróleo, que mentirosamente adujo buscar armas nucleares como razón esgrimida por el imperio norteamericano? ¿Dónde está el derecho ante los crímenes ecológicos que a diario estremecen esta enorme y generosa tierra prestada a nosotros? ¿Dónde está el derecho de miles de personas asesinadas en Colombia por luchar contra viento y marea para que los derechos humanos se respeten? ¿Dónde? Pues el derecho por no ser cosa externa a la especie humana ni sujeto epistémico en sí mismo sino construcción social, está vivo si nosotros lo asumimos desde las aulas, en la ciudad, en la casa, en las relaciones políticas, afectivas y amorosas, en el diario vivir en armonía con la naturaleza, en la confrontación saludable con los otros y las otras.

El derecho no puede ser una cosa sin rostro que se repite como lora mojada para obtener buenas notas, un simple objeto que nos permitirá mejores ingresos y una casa, y un carro y un amor y buen prestigio y buenas relaciones y acceso a la sociedad de consumo. El derecho tiene que servirnos para vivir en él, para sentirlo en agonía cuando parece desmoronarse ante la argucia politiquera de poderes dominantes que sirven a intereses monetarios.

El derecho viviente necesita —como la Constitución política colombiana, como la tierra— dolientes y eso espero que sean ustedes, dolientes del derecho más allá de la ley, que amen al derecho con todo y sus huidas ante los fusiles, que defiendan el derecho ante la corrupción que se campea en todos los confines del planeta y se viste de primer ministro en Italia o de presidente en cualquier país latinoamericano, o de congresista elegido escandalosamente con dineros de la delincuencia, o que viste hábitos púrpura para defraudar al banco ambrosiano.


Porque ustedes han comenzado a partir de ahora, a vivir en el derecho y eso supone que se lo crean. De lo contrario va a ser una pesadilla y nadie quiere vivir en una pesadilla. Y vivir el derecho supone construir puentes para el entendimiento, estudiar y proponer políticas públicas para derrotar la pobreza, comprender sus dimensiones internas y externas, apropiarse del derecho como el naufrago que se aferra a su tabla para no sucumbir ante el inmenso océano de la incertidumbre y llegar hasta el límite, de incumplir una ley por considerarla injusta, no solo como homenaje a Gustavo Radbruch que hasta su muerte estuvo convencido de que el derecho extremadamente injusto no podía llamarse derecho.

Porque cuando el derecho sirve a la tiranía, ha dejado de serlo para convertirse en un instrumento de opresión y por lo tanto, hay que rescatarlo de ese calabozo al que es sometido por el poder dominante.

Nuestra Escuela de derecho está de fiesta hoy, porque ustedes han decidido por alguna razón o sin ella, continuar con nosotros la tarea de estudiarlo, conocerlo, transformarlo y defenderlo, como la última posibilidad que nos queda de preservar la dignidad humana y de construir un mundo humano, más justo y menos asesino.

Qué bueno que estén aquí. Les deseo rica estancia, ricas lecturas, numerosos escritos, investigaciones terminadas, largas discusiones en la fiesta de las ideas y muchos años inolvidables de vivencias y luchas por un mejor vivir, por un mejor estar en el derecho y los derechos.





1 Saludo de inducción a nuevos estudiantes en el Programa de derecho, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Enero 28 de 2011, Sala Tulio Gómez Estrada.

2 Abogado. Especialista en Derecho Constitucional Universidad Nacional de Colombia. Estudios de Maestría en Filosofía Universidad de Caldas. Docente Investigador Centro de Investigaciones Socio jurídicas. Profesor de los cursos Teoría de la Constitución, Seminario de Integración y actualización en derecho Constitucional, Investigación V y VI.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Por eso el derecho es un deber.
Rodrigo

Anónimo dijo...

CARLOS ARTURO,

ME EMOCIONO TU MENSAJE CALIDO Y COMPROMETIDO.

HEMOS ESTADO TAN SOMETIDOS A UNA VERSION TAN MERCACHIFE DEL DERECHO,

A UNA IMAGEN TAN PROSTITUIDA DE LA PROFESION,

A UNA ENTREGA DE ESTOS SABERES TAN FUNDAMENTALES A UNA ARMIOSA CONVIVENCIA SOCIAL A UNA ELITE QUE SE HA REVESTIDO CON ELLOS COMO SI FUERA UN ESMOQUIN PARA LUCIR EN EL CLUB SOCIAL,

TAN SOMETIDOS A SU RIDICULIZACION DIARIA EN SU INTERPRETACION CLASICA DE QUE ES PARA TENER MAS DE LO MISMO (STATU QUO)

QUE TUS PALABRAS NOS DEVUELVEN LA FE EN UN NUEVO PAIS.

ABOGADOS QUE NEGOCIAN CON LA VERDAD Y LA JUSTICIA A SABIENDAS QUE HACEN LA DEFENSA DE ASESINOS Y PREVARICADORES POR UNAS CUANTAS MONEDAS JUGOSAS,

PORQUE PERDIERON LA DIMENSION DE ETICA.

VAN CON SUS MALETINES LUSTROSOS Y NEGROS BAJO EL BRAZO COMO ENGATILLANDO UN FUSIL, CONTRA LA JUSTICIA DE LOS QUE NO TIENEN DINERO CON QUE PAGAR SUS ELEVADOS HONORARIOS.

ESPERAMOS LA SEGUNDA PARTE,
OSCARO