jueves, 6 de enero de 2011

Crónicas ciudadanas



Carlos Ricardo


No ha sido la Feria de Manizales mi más fuerte conexión con la región y mucho menos, mi motivación para trocar mi origen comarcano. Pero en algo he tolerado esa Feria y esa transformación histriónica que saca del baúl, ponchos, carrieles, sombreros vueltiados, trajes flamencos y vestimentas propias de otros lares, lucidas por manolas y manolos, que mañana serán otra vez, autóctonos ejemplares.
Por eso, cuando mi hijo me llevó a caminar en medio de la Cabalgata, mi transformación no fue la suficiente como para afrontar con estoicismo la prueba de vivir la alegría colectiva, reforzada por abundantes dosis de autóctonos licores. La calle era una profusión de amazonas de Neira, Filadelfia, Salamina e intermedias, que aupadas por sus respectivos, daban lección de qué no hacer con la humanidad de un jamelgo. Alguna efusiva damisela, alicorada e irresponsable, dio latigazos al caballo de su acompañante y el animal hizo lo único que podía hacer: atropelló a la persona que estaba exactamente al frente de él. La Policía llegó y nunca supimos qué pasó con el herido, los caballos y las amazonas etílicas.
Un poco más adelante, un caballo con todo un sistema de sonido en sus lomos, orejas gachas y seguro con pensamientos negativos sobre su papel en el mundo, soportaba a todo volumen, los estridentes cantos de Vicente Fernandez, en tanto que los “beneficiados” del improvisado concierto brindaban de nuevo con generosas dosis de los productos de la destilera local. Quién sabe cuántos atropellados dejó el inmisericorde tañir de la voz del Vicente, además del intenso trabajo de retirar de las vías los restos digestivos de los equinos y uno que otro humano..
Y para no entrar en detalles más sangrientos, sólo evocaré las famosas Corridas de Toros: un punto en contra de la humanidad y motivo de vergüenza para la mayor parte del género humano. Sigue permitiéndose  la realización del espectáculo bochornoso, de la muerte programada, de la abusiva y sobreseguro forma de “divertir” a una sociedad “libre” .
Pero la noche anterior, una pequeña isla matizó el obscuro color del horizonte: un concierto de Ana y Jaime en mano a mano con Jerónimo.
Los primeros, niños terribles y díscolos de los años 70, mezcla de la generación de las Flores, con adhesiones a la música de Viglietti, de Alí Primera, Víctor Jara y muchos otros de la época. El segundo, argentino-colombiano, difusor de canciones de amor con asomos de Violeta Parra, de Neruda, de Aznavour y otros. La velada prometía y como era de esperarse, entre los asistentes abundaron los abdómenes prominentes, las cabezas de escasa cabellera, pero siempre encanecida y otras condecoraciones de los años. Pero también fue notoria la presencia de jovencitos y jovencitas que disfrutaron de lo lindo con las canciones coreadas por sus mayores. Aparecieron Amor amor, Alba, Bambuquito, Café y Petróleo, Estaciones en el sol y otras no menos importantes para ellos y nosotros.
Y Jerónimo dejó su infaltable No te vayas nunca, Te desafío, Dos que me parecen uno, una versión remozada de Caballo Viejo y por su puesto La bohemia de Aznavour. Nos quedó debiendo Defensa de Violeta Parra y Tu risa de Neruda. 
Pero en realidad, no quedaron debiendo nada: nos reconciliaron con la vida, nos recordaron que la utopía es posible y que cuando en los 70 pensamos que la utopía pasaría rápidamente a realidad, éramos adolescentes soñadores: hoy ya no lo somos, pero seguimos soñando, por nuestros hijos, por nuestras familias y por nosotros mismos. ¡El mundo tiene que ser mejor!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y para los aficionados a la música afrocubana también hubo espacio entre los caballos: El espectáculo de música, baile y circo es de una gran calidad. Lástima el precio de la boleta que saca del juego a casi todo el mundo.

Gracias Cr.

Anónimo dijo...

>Ay Richi, el maltratao a los caballos en esa bárbara actividad de la feria es detestable; lo del equipo de sonido encima es para denunciar y una sociedad que permite eso puede permitir cualquier cosa.
De toros, mejor no hablar. Lo que se ve aquí en España es increíble: hay una costumbre de soltar toros por el campo y que todo el pueblo los persiga a caballo para matarlos a lanzasos y ésa es nuestra triste herencia.

Anónimo dijo...

Carlos Ricardo, Como te imaginarás, en Cali la situacion no fue muy diferente, esto se esta convirtiendo en una demostración itinerante de jinetes de dificil andar y semovientes de paso fino... mucho mejor parados que sus amos.