sábado, 18 de diciembre de 2010

LAS CARTAS DE ALONDRA



(Fragmento)



Mario Hernán López Becerra.



No sé cuánto tiempo lleva Alondra trabajando en el Centro Comercial, aunque, pensándolo bien, tampoco es importante saberlo en este momento; quizá resulte más adecuado para iniciar el relato señalar que la última vez que la vi estaba embarazada y, como ocurre con algunas mujeres que están en gestación, las ventanas de su nariz estaban ampliándose ligeramente y el rostro se hacía cada vez más pálido. En ocasiones trato de recordar si fue el año anterior cuando la vi por primera vez; en todo caso sí recuerdo con claridad que ella leía una novela mientras esperaba al próximo cliente que se acercara a la ventanilla de su puesto de trabajo para pagar el parqueadero.

Alondra usa gafas para miope, con marcos negros, amarillos o rojos que suele combinar con el color del traje del día. Tiene ojos grandes y brillantes de color miel que trata de opacar con una mirada inexpresiva entrenada en el espejo. La primera vez que le hice un comentario de lector aficionado acerca de los libros que deja abiertos sobre el puesto de trabajo respondió con un par de monosílabos manteniendo una actitud distante; insistí en varias oportunidades con comentarios referidos a personajes y situaciones hasta que por fin una tarde levantó la mirada y la sostuvo un poco más de lo normal para decirme que estaba leyendo la montaña mágica. “Estamos leyendo la montaña mágica”, dijo exactamente, como si quisiera insinuar que sus lecturas se acompañan de una intención colectiva o de una asociación íntima con alguien con quien cada noche avanza en la larga tarea impuesta por Thomas Mann. Una tarde me acerqué a pagar el parqueadero con un libro de J.M Coetzee debajo del brazo, en esa ocasión sonrió, dejó ver sus dientes perfectamente alineados y blancos. Sin duda, Alondra es hermosa y lo sería igual si no leyera libros de buena literatura mientras trabaja en la oficina de parqueaderos; sólo es necesaria una sonrisa.

¿Qué le gusta de Coetzee? Preguntó dejando caer la mirada. Instintivamente miré por encima del hombro buscando encontrar detrás de mí una fila de clientes, no había nadie, de manera que pude improvisar una respuesta en la que incluí títulos y pasajes memorables de dos novelas del escritor sudafricano. No quise alargar demasiado la conversación dejando abierta la posibilidad para nuevos encuentros.

Unos días más tarde nos encontramos accidentalmente en el café de Juancho: ella estaba sola y se acercó a inmediatamente saludarme, la invité a que se sentara y aceptó sin ninguna duda; hablamos de libros y de escritores locales, de su afición por los autores clásicos y de la creciente afición en las librerías colombianas por la literatura norteamericana de último momento. La conversación, como yo ansiaba, derivó rápidamente hacia asuntos personales.

-¿Ha oído hablar del síndrome de Zuckerman?- Preguntó fría y directa, como si se tratara de una entrevista profesional.

-Nunca he oído hablar de eso; le respondí temeroso de agotar prematuramente la conversación.

El síndrome de Zuckerman es una enfermedad psíquica concebida en la literatura. La sufren sin saberlo miles de personas aficionadas a las lecturas de ficción; puede ser una cosa tan inocente como delicada y comprometedora de la salud física y mental.

-¿En qué consiste la enfermedad?- Le pregunté con total curiosidad.

Consiste en pensar como lector que todo lo que escribe un narrador está completamente ligado a la vida real. Los que padecen el síndrome confunden la ficción del relato con la biografía del autor. El enfermo piensa firmemente que cada frase escrita es una expresión velada o real de un momento vivido, de manera que la obra siempre es una fuente contrastable de los hechos reales.

Hace dos años me casé en España con hombre de origen marroquí, era un amor en la casa, en la cama y en la calle; vivimos plenamente felices en la provincia de Andalucía hasta que supo que yo escribía una novela policíaca como pasatiempo, me pidió prestados los manuscritos y la leyó sin pausa. Cuando terminó de leer era otro hombre.

6 comentarios:

Tita la mas bonita dijo...

Un reconocimiento, o distinción o deseo tienes en mi blog!

Un Besito Marino

Anónimo dijo...

Tita, tu blog está lindo.

Gracias por los deseos.

Mario

Anónimo dijo...

Quiero decirte Mario Hernán que Alondra prestó su esbelto cuerpo para la foto de la Mona Lisa bailando con Gardel como emblema de La cantina, por ello Arte Tango.

Ha muerto mi parcero, mi complice de nombre Silvestre Vélez, maravilloso, muerte inesperada, contaba con 56 años, mi hermano hace unos 5 días más o menos.

Eso es triste, pero sigo luchando por mi alegría.

Mónica

Anónimo dijo...

Mónica, no sabía de la muerte de Silvestre; nos conocimos una tarde en tu casa, en una reunión con los queridos amigos de lalocadelacasa.

Recibe mis condolencias y cariño.

Mario

Anónimo dijo...

¿Cuántos lectores has encontrado con el síndrome de Zuckerman?

Óscar A. L.

Anónimo dijo...

Como decía mi difunta madre cuando se le salía la piedra: "mejor no me hagás hablar".

Saludos hermano.

Mario