martes, 9 de noviembre de 2010

Un compromiso vital: La Construcción de Paz desde el exilio



Por María del Rosario Vásquez Sepúlveda


De lejos dicen que se ve más claro,
que no es igual quien anda y quien camina”
Soneto a mamá – Joan Manuel Serrat

Explicación indispensable: Esta pequeña reflexión es escrita a la luz de la Resolución 1325 de la ONU, que este año cumple sus primeros 10 de haber entrado en vigencia. En medio de limitaciones, la 1325 se ha convertido en una herramienta que fortalece la actuación cotidiana de muchas comunidades (específicamente de organizaciones de mujeres) en zonas gravemente afectadas por el conflicto armado. Me refiero, específicamente, al proceso que llevan las mujeres del oriente antioqueño, en Colombia, quienes han incidido en las políticas públicas de su región y van logrando avances pequeños pero significativos en la reducción de la impunidad con que se naturalizan los crímenes contra ellas. A esas mujeres que tánto me han enseñado dedico estas palabras.

Cuando se escribe sobre lo que vives te sitúas entre la piel y el papel, y te das cuenta que ante la imposibilidad de olvidar desarrollas la capacidad de crear y de soñar. Hablo desde y sobre el exilio, esa decisión tomada por quienes deseamos sobrevivir. En general, el marco del exilio son las guerras, porque a lo largo de la historia, éstas han hecho que muchas personas deban dejar sus tierras de origen pues la intolerancia que caracteriza a los conflictos y los totalitarismos, a las dictaduras y la violencia armada, hace que se persiga por pensar y actuar diferente; las guerras son desastrosas y dejan heridas profundas y comunidades divididas. Tomar la decisión de huir y lo que esto conlleva, es una experiencia dura, que daña los hilos colectivos, que vulnera y hace frágiles a quien huye y a sus seres amados, que genera incomprensión y aislamiento. Pero es también una oportunidad para decir, para que la palabra construya, para que la memoria y las raíces den sustrato a los pasos cotidianos, para seguir vinculando sueños, utopías y realizaciones colectivas por un futuro mejor
Hablo como mujer exiliada, pues en ocasiones más frecuentes que deseables, nosotras vivimos experiencias límite, rupturas que nos permiten distanciarnos de lo que se nos aparece como natural y aprender a ser más reflexivas. Gracias a estas rupturas y a una vivencia ambigua que se mueve entre el amor a la matria de origen y el afecto que se va construyendo hacia la sociedad que nos acoge, debemos trabajar subjetivamente sobre nosotras y sobre lo otro, lo diferente, para adaptarnos y reelaborar nuestras identidades. También estamos obligadas (antes y ahora) a pensar en lo queríamos ser y hacer. Y mientras nos pensamos no podemos detenernos ante la profunda necesidad de afincarnos con sentido práctico, de ponerle anclas a la vida y de amoblar el cotidiano propio y de la familia. Curiosamente, cuando el sistema de hábitos y patrones propios se rompe, los seres humanos reconocemos las limitaciones y la necesidad de generar otros sentidos y nuevas pautas de comportamiento, que implican la reflexión e indican procesos de individualización y por ende de crecimiento. Los exilios son diversos pero, probablemente, significan para muchas de nosotras traspasar los umbrales de un mundo más amplio, superando la concepción de la vida como costumbre.

Cuando me sitúo ante el horizonte me doy cuenta que desde la distancia se amplía el espectro de mirada, porque si bien las violencias duelen más, también se ven salidas, se aprecian resistencias y se admira el caràcter de cada pueblo. Estando lejos he conocido, admirado y respetado experiencias de otros colectivos, me he unido en la tristeza pero sobre todo en la dignidad y en las búsquedas comunes de justicia y verdad, haciendo de la denuncia un ejercicio constante de la responsabilidad. También desde la distancia he interiorizado y fortalecido una fundamental tarea femenina: el tejido, identificando hilos, buscando, probando, ideando, corrigiendo, enlazando mundos.

En perspectiva miro éste como un tiempo de aprendizajes, pero también de intercambio de prácticas y saberes. Diálogos planetarios, imágenes y sonidos del mundo te enseñan que para ayudar a tu tierra hay que conocerla primero, pues no basta con la sensibilidad y el afecto, sino que conocimiento, profundización, comprensión crítica de la realidad son estrategias fundamentales para construir desde el respeto y la verdad. En todas partes del mundo hay mariposas batiendo las alas, haciendo que los vientos que producen ayuden a la construcción de paz, con herramientas valiosas y originales, con procesos basados en la sabiduría ancestral de los pueblos; que nos reconozcamos –en condiciones de igualdad- es la ganancia vital en esta labor persistente con las estrategias pacíficas de construcción de ciudadanía.

La Paz, horizonte y camino, es un compromiso que la distancia afianza y fortalece; empieza con la búsqueda cotidiana de la serenidad interior y con sembrar semillas que florezcan en la tranquilidad espìritual del pueblo al que perteneces, tranquilidad que se afianza en condiciones de vida justas y dignas, en el respeto por los DDHH y en la garantía de las libertades individuales y colectivas.

Hay dos palabras, que aquí he comprendido en una dimensión nueva y cuyas luces indican mi camino: Dignidad y Esperanza.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Me consta que las mujeres padecen la distancia de una manera definitivamente mas brutal que los hombres.(No es reproche, pero miren al gozon del Mario H.) No hablo necesariamente de gente en el exilio, pero si en general sobre esa dependencia emocional hacia sus raices. Mi adorable esposa, como ausente del tiempo y la distancia, aun refiere a "la gente de al lado" para hablar de sus antiguos vecinos en Bogota. El amor es un encanto notablemente femenino. German