lunes, 11 de octubre de 2010

Normalidad académica


Wilson Orozco

Escuela de Idiomas



Nueve de la mañana, llego tarde a mi trabajo y debo pasar raudo por uno de los parqueaderos de la Universidad de Antioquia. Veo que un motociclista se queja ante un vigilante porque le han robado los espejos de su moto. El vigilante no sabe qué decir. Así los dejo. Me dirijo a mi oficina por un sendero peatonal invadido por esas mismas motos. “Algún día le parquearán una a mi jefe en su propia oficina; solo hay que tener paciencia”, pienso sarcásticamente. Llego a mi oficina, tuve suerte, no me encontré con mi jefe.



Entro, me siento en mi escritorio, saco mi portátil, reviso mi correo. Un tipo ya ha pasado sospechosamente dos veces por el frente de mi oficina. “¿Estará tras mi portátil?”, pienso como buen

paranoico. Pero al rato me doy cuenta de que espera a una de las profesoras de la oficina de al lado. La misma profesora que tuvo que pasarse, porque en la anterior la tenían azotada por los continuos robos.



Acabo de llegar pero ya quiero un tinto: una opción sería comprarle a un tipo que anda ofreciendo tinto en bicicleta por todos los pasillos de la U. Pero no lo voy a hacer por venganza: ya en el pasado

me he visto casi atropellado por él. Así que voy a una burbuja (¿será la misma que han atracado en el pasado?) y pido un capuchino. Su precio me parece ridículamente alto. Habría sido mejor comprarle

esa agua sucia al tipo de la bicicleta.



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Es mitad de la mañana y ningún ladrón me ha solicitado mi portátil. Pero entra una señora muy sonriente a ofrecerme pan en venta. Hay de todos los sabores y colores: integral, con queso y con pasas. Pero nunca le compro. Aunque ella no pierde la esperanza. Tampoco el que insistentemente me ofrece películas en DVD ni la que me ha ofrecido su propio libro de poemas. Siempre se sorprende al saber que soy profesor de literatura y que no aprecio la poesía. O su poesía. No sé.



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Hora del almuerzo y hora de salir escapando de mi madriguera como buen burócrata. Y no puedo olvidar que es mejor dejar bajo llave mi portátil. La profesora de al lado me ha dicho que la hora del

medio día es la favorita de los ladrones que se le llevaron los computadores de su anterior oficina. Así que guardo celosamente bajo llave mi portátil (mi fetiche), cierro la chapa de la puerta con doble

seguridad y solo resta echarme la bendición (creer en dios sí que serviría en estos casos).



Salgo por la portería de Barranquilla. Un policía del ESMAD se para desafiante en una de las puertas de ingreso. Si los encapuchados son provocadores, los del ESMAD tampoco se quedan atrás. Pura

guerra de nervios.



Almuerzo al frente de la U. Desde ahí puedo observar la portería de Barranquilla que se va llenando poco a poco y sospechosamente de estudiantes. “Es muy mala mi suerte”, pienso. La razón: la cosa se

va a prender y no voy a poder entrar por mi portátil. Los estudiantes paran intermitentemente los carros y gritan consignas: tal vez en contra del bicentenario o porque no son terroristas o en contra de

la TIP; vaya uno a saber qué protesta tocaba hoy. Ya los policías en la parte superior de la calle Barranquilla cumplen cansadamente con su rutina: desvían los carros y el despelote se aminora. Claro

que a la vez cae un tremendo aguacero y los estudiantes deben posponer su protesta. Yo me trago el almuerzo y entro antes de que quede atrapado en medio de las piedras y gases cruzados del binomio

estudiantes-ESMAD. Todo por si las moscas. Llego a mi oficina. Me reencuentro felizmente con mi portátil. No le ha pasado nada. Hasta ahora.



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Estoy en clase. “¡PUM!-¡PUM!-¡PUM!”, suenan las bombas. La película que ven mis estudiantes es suspendida por las arengas de un encapuchado. Salimos del salón y lo vemos de cuerpo entero y el

momento es casi surreal. Hemos sido sacados de la alienación de una película y asistimos a una improvisada “clase” dictada por el encapuchado sobre la farsa del bicentenario, la natural resistencia a

su celebración y nos invita a continuar el tropel en la portería del Río.



La clase se suspende y tal vez ya todo se suspende. Así que me voy para mi oficina a esperar pacientemente la orden de evacuación. La orden se demora pero por fin llega. Y empiezo de nuevo todo el ritual: portátil a la maleta, libros para leer en la tarde, exámenes que calificar. Un compañero de oficina se ofrece a llevarme en su carro y sacarme de ese campo de batalla. Pero para colmo de sus males, su carro está parqueado precisamente al lado de la portería del Río. Debemos pasar agachados y esquivar los gases de los unos y las piedras de los otros.



Mis ojos lloran por el gas y mi compañero llora por su carro; pero al tropel social poco le importan nuestras lágrimas pequeño burguesas.



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Otro día, otra preocupación. Pero siguen las mismas lágrimas. Esta vez por el humo debido a la cocción de un sancocho al frente de mi oficina. Sancocho amenizado por música de Calamaro (“Calamardo”, pienso con rabia). Aunque hay una sospechosa calma a pesar de la crisis por la famosa TIP donde el mito académico dice que nadie ha quedado bonito en la foto. Pero la sospechosa calma siempre guarda alguna sorpresa. Recibo la orden de evacuación. La razón: “tienen secuestrado al

Rector”. Esa agitación social no me tocaba desde que vi una película sobre los bolcheviques en la Rusia de 1917.



Me dirijo al Metro porque el carro de mi compañero de oficina ya no es traído a este campo de batalla. A esta “olla” habría dicho nuestro gobernador. Y como buen metido aprovecho para observar este

histórico momento: un estudiante, parado en la fuente y en pose de mayo del 68, arenga a los estudiantes para que se unan a los que están en el bloque administrativo. Deben hacerlo porque cuando entren los “tombos”, estos no van a reconocer si son de izquierda, de derecha o de centro. “Ni si son estudiantes o profesores”, pienso en un arrebato de lucidez y paranoia. Así que es mejor que vaya avanzando hacia mi aséptico Metro. Aunque no aguanto las ganas de ver en vivo y en directo el tal secuestro en el bloque administrativo. Y allí todo es un hervidero humano atizado sobre todo por la presencia del… ¡ESMAD! Tantas ganas de entrarse y ahí están de cuerpo entero. En ese preciso

momento la orden es dada y empieza la dispersión con gases lacrimógenos (más lágrimas) y ahí sí debo cumplir con la evacuación y la búsqueda de mi ansiado Metro…“Calidad de vida”.



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Hay un nuevo cierre de la U y los profesores somos convocados por el rector a una reunión en el Camilo. Ahí está él al frente y todo el consejo académico lo acompaña. Todo es muy crístico: Jesús y sus discípulos como si estuvieran en la Última Cena. El rector tiene aire compungido.



Dice que “se siente muy solo en todo esto” (Cristo de nuevo) y alguien lee el comunicado de todos ellos. Al final nos hacen una pregunta más que retórica ya que ya lleva incorporada la respuesta: “¿qué universidad

queremos: la del tropel, ventas e inseguridad o la del estudio y la cultura?” No respondemos. Muy compleja esa pregunta para nosotros.

Los días que siguen se parecen a una universidad que lleva mil años sin humanos. Hay un aire de velorio. El tiempo rinde, rinde demasiado. Casi que de manera asfixiante. Y el silencio nos acompaña todo el día. Aunque tanto silencio abruma. Pero dicen que también purifica.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que si! que hay un complot, que la universidad publica debe lucir asi, triste, imprevisible, fatal. Me tomo años, pero ahora lo veo, no lo creia, ahora lo se.

Anónimo dijo...

Ya llevamos 4 días de estudio desde que la Universidad volvió a abrir las puertas a la comunidad universitaria, ya no la del pueblo como pensabamos que era. Es lamentable que todas esas medidas sean tan drásticas pero la situación en la u estaba muy pesada. Es verdad que la U se ve triste y abandonada, uno ya sólo se limita a venir a clase, hablar un poco con los amigos, pero no es el mismo ambiente que antes, se siente un poco de nostalgia.
Buen artículo, pero no me gustó que el protagonista de la historia fuera el portatil o las lágrimas por un carro; ese día, 15 de septiembre, lloré como nunca y con muchas razones encima, me quedé sin aire por el gas y por la indignación.