sábado, 4 de septiembre de 2010

UN BUENOS AIRES, PARA COLOMBIANOS.


Puerto Madero. Buenos Aires. Fotografía: Carlos Ricardo Escobar

ADVERTENCIA.

Las ciudades no son entes dogmáticos. En un caso son creaciones colectivas de los agentes sociales cuando son los nacionales los fundadores de ellas, habitantes moradores de sus calles e invenciones diarias. En otro, para los visitantes, son  otra cosa: entes distantes, etéreas, alejadas de sus cotidianidades. Se piensan como seres abstractos. Se les niega desde lejos sus concrecidades de cemento, movimiento, cultura y gastronomía. Pero cuando se las visita “in concreto”, es decir, desde las vivencias personales contrastándolas con las nuestras surgen apabullantes; unas veces cercanas, otras coquetas; unas y otras por los resquicios de nuestras vivencias diarias. Es entonces el momento epistémico de bajarlas de sus pedestales y verlas en la extranjeridad de sus rarezas  que no son sino la objetivación de nuestras vivencias. Son ellas seres vivos que se reproducen en la repetición de sus códigos habituales, en sus olores característicos, en sus ceremoniales gastronómicos o sus parafernalias de cortejo o muerte.

Decir que es UN Buenos Aires, es expresar que es solo una visión subjetiva de su magma social, de sus multifacéticas interpretaciones y experiencias desde el viaje personal o los “Tours” hechos a la imagen de un visitante ideal o estereotipado.

Decir PARA COLOMBIANOS, es explicitar que es una vivencia parcial. Las ciudades se nos parecen o desaparecen, se significan o pasan como desapercibidas, no por lo que son en su realidad sino por la visión particular de sus visitantes. Habrá pues, un Buenos Aires o un Paris para un peruano y otro para un brasilero. Una Constantinopla o un Berlin para un rumano y otra Constantinopla y otro Berlin para un italiano o costarricense. Hablando de la misma es otra la ciudad. Tal vez  será por aquello de los antiguos medievales decían “Nihil cognitum qui precognitum”, nada es conocido sino por aquello que se conoce previamente, por aquella visión estructurante del mundo que se tiene desde una región o un cierto manejo del lenguaje.

Es más problemático el asunto cuando se le mira desde el interior de un mismo país. Buenos Aires será una ciudad especial y distinta para un colombiano amante del tango o la cultura, un Buenos Aires para el gourmet o el simple paisajista cosmopolita. Para uno será Caminito y Señor Tango y para el otro será la casa Museo de Jorge Luis Borges en el viejo Palermo, las exposiciones del Museo de Arte Moderno y La Biblioteca Nacional, los conciertos en Teatro Colón, la sentada en las escaleras del Teatro San Martin en la calle Corrientes, las librerías o kioscos o la pesquisa ardorosa del Diario de Poesía en todas las esquinas del Subte. Otros habrá que resumirán la vivencia de Buenos Aires en la Pizzería Guerin o Los Inmortales, la Dulcería Arcor, La Ideal o aquella fantástica iluminada de firme color rojo intenso “La Havanna” de los alfajores y los havanettes de dulce de leche.

Finalmente para indicar que las experiencias de las ciudades como del amor, son experiencias parciales que no tienen la pretensión de la universalidad y que en cierto momento caen en la trivialidad o la incomprensión por el pobre o rico repertorio de nuestras cosmovisiones nacionales.

/////

A partir del Obelisco, Buenos Aires se abre como una medusa gigante. Es su punto neurálgico y eléctrico puesto que es desde allí que la ciudad se teje en sus mallas como una inmensa túnica extendida. Ciertamente no como la Estrella de los Campos Elíseos con su remate en el Arco del Triunfo de Paris. No, Buenos Aires fue antes que el Obelisco y estuvo construido antes del levantamiento de esta meta urbanística hacia el cual se extienden las miradas. Tiene su dinámica a la inversa. Desde L´Etoile, La Ciudad de Las Luces es mirador, balcón, atalaya, desde donde se extiende la mirada o se inician los caminos. Buenos aires en su Obelisco es  punto hacia el cual se extienden las miradas, es posada puesto que hacia el van todos los caminos y donde finalmente nos sentamos a tomarnos un café luego de los peregrinajes. Si pidiéramos "Un tinto" con seguridad nos traerían una botella de vino tinto para sobresalto de todos y revelación ingenua de nuestra nacionalidad.

El tiempo se abrevia en las grandes ciudades pues es insuficiente la sandalia para su recorrido y Cronos se  encoge en el vestido de las horas. El tiempo es corto y diminuto cuando de tareas y diligencias se trata en estas vastedades. Siempre se tiene la nostalgia de no haber alcanzado los cometidos al final de las  supuestas horas serenas cuando el día finaliza en el telón de fondo de sus tardes.  Llegamos al descanso con la insatisfacción de no haber alcanzado los objetivos ni logrado el abrazo total alrededor de su cintura. Es por eso que el sentimiento de finitud nos asedia y acogota y,  por lo mismo, que la soledad nos golpea de soslayo en el bullicio de sus cruces policromos y peligrosos.

Nunca como en Buenos Aires hemos sentido la sed y la fatiga del camino. Son extensas sus avenidas inacabables y anchas y sus calles tortuosas y juguetonas: Suipacha, Corrientes se desvía del Obelisco cuarenta y cinco grados, Lavalle lo  circunda coqueta, Florida lo engalana de luces y comercios, la 9 de Julio lo corona majestuosa e imperial, la Avenida de Mayo le llega serena y mansa.

 ///////////////

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un experto gringo en turismo afirmaba que a los americanos les hacia falta viajar mas por el mundo, por aquello de entender de otro modo los conflictos internacionales. El problema de ello, es que las vivencias y el consecuente discernimiento sobre los conflictos es practicamente incomunicable. Un buen comienzo podria ser empezar por apagar la television, para no terminar como el reverendo Jones. Hay muchas y distintas verdades acerca de lo mismo, la cosa es que unas son probadamente lesivas y otras pueden ser seguramente mejores. Buena esa Oscar. German.

Anónimo dijo...

Cortazar, Borges el tango y tu, podrían ser Buenos Aires querido con Gardel.

Mónica