miércoles, 4 de agosto de 2010

RECONOCIMIENTO Y DERECHOS HUMANOS



AGUSTIN ANGARITA LEZAMA
Un debate que se ha movido de manera insistente durante estos días, tiene que ver con el respeto o no de los derechos humanos (ddhh) por parte de los funcionarios del Estado. La discusión se pone tensa cuando se tocan temas extremos, porque los quereres y los deseos se juntan, cuando se quiere definir cuál es el fundamento de los ddhh, cuál es la base sobre la que se construye el edificio de los ddhh.

Unos piensan que lo que fundamenta los ddhh es un derecho que todos los humanos tienen por naturaleza. Por el simple hecho de ser humanos. No importan circunstancias de tiempo ni de lugar.

Otros, igual al modelo planteado por Kant, consideran que el fundamento está basado en el papel central de la dignidad. Pero entendiendo la dignidad de una manera dinámica, que no es la misma con los tiempos, con las necesidades y espacios sociales.

Como también plantea el profesor Angelo Papacchini, de visita esta semana en la Universidad del Tolima como conferencista al II Coloquio Internacional de Didácticas, Currículo y Sociedad, y IV Coloquio Nacional de Didácticas de las Ciencias, el punto de partida de la dignidad está en la dialéctica del reconocimiento. Esta es una exigencia casi universal, que aparece en occidente con la Modernidad.

Una manera de desconocer la dignidad de alguien es invisibilizarlo, hacer de cuenta que no existe a los ojos de sus conciudadanos y de la sociedad. Son muchos los ciudadanos que realizan ingentes esfuerzos ante el temor de pasar totalmente inadvertidos, de no ser reconocidos como sujetos de derechos, como miembros de una sociedad, como seres humanos. Hoy por hoy se asume la necesidad de reconocimiento como una particularidad de lo humano.

El temor al no reconocimiento explicaría el auge de las famosas redes sociales en el ciberespacio. Son millones de seres humanos, que empujados por la necesidad de reconocimiento, se asumen como los promotores de sí mismos, para ofrecerse cual mercancía, pretendiendo demostrar que valen, que son capaces, que tienen aptitudes que merecen ser reconocidas, y por supuesto, compradas, o contratadas, para decirlo en un lenguaje menos duro.

El capitalismo ha puesto de moda la idea que la dignidad se mide por el grado de reconocimiento social, pero no como sujetos, ni como seres humanos, sino como objetos, como cosas que se pueden tranzar, como mercancías que circulan en el mercado, y que por lo tanto se compran y se venden. La dignidad desde los ddhh es algo intangible pero presente, que nos diferencia y distingue de todos los demás seres de la naturaleza y que nos da la calidad de humanos. Esta dignidad incluiría todas las dimensiones de lo humano, al ser humano integral, como ser y no como instrumento.

Para el mercado la dignidad es reconocerse como mercancía que vale la pena tener, vender, comprar, regalar o admirar, no importa la cualidad: belleza, habilidad, destreza, inteligencia, experticia, fortaleza, etc. Cuando una persona elabora su hoja de vida, conscientemente o no, se está convirtiendo en el vendedor de su propio ser, recurriendo, según las lógicas del mercado, hasta a maquillar o el producto, con tal de venderlo y obtener la mejor remuneración.
La dignidad, desde los ddhh, es reconocer al otro como ser humano legítimo para la convivencia, reconociendo que lo social se construye con el respeto por el otro, la otra y lo otro, no desde el desconocimiento egoísta e individualista que se propone desde la competitividad y el mercado capitalista.

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