sábado, 14 de agosto de 2010

Carta de Mónica

Manizales, agosto 05 de 2010

Apreciada Leta
Me sonó eso de los nichos en el centro comercial nuevo porque me recuerdan una taberna en Manizales de nombre Babara por el Parque Caldas con música de los 70´, un lugar lleno de nichos donde el eco de los jadeos combinaban con la música de un Sandro, un César Costa, Alberto Vásquez quien recreaba musicalmente las fiestas de 15 con “tu significas todo para mi” y manos a la obra… pero… no creo que vaya al centro comercial ni a los nichos ni a la cancha de patinaje y mucho menos de compras. Gracias por la invitación, de verdad no quiero añorar viejos tiempos de manoseo, humedad y por supuesto una traga la HP.
Últimamente me la he pasado arreglando papeles, libros, trabajos de estudiantes, cuentas, fotografías, ropa vieja y todos estos oficios que implican según mi mamá “limpieza de los recuerdos”. En toda esta revolución de los espacios de mi casa, me he encontrado con un escrito, un pequeño cuento que quisiera que allá en tu vereda publicaran. Este cuento es de un autor manizaleño que en tu juventud compartiste con él en una tertulia (rumba ahora) con Pablo Gallinazo en una casa de esquina en Versalles. Lo leerás y recordarás…
Ventajas de leer a Nietzsche
A mí me molestaba la fama de Jim “El Dandy”. No sólo porque era mi único rival posible en todo el Oeste, sino principalmente porque se las daba de caballeroso, galante con las damas, de sentimientos cristianos y dadivoso con los dólares obtenidos en asaltos peligrosos o en mesas de póker, en las que, al revés que yo, que siempre he hecho trampa toda la vida, Jim “El Dandy” se atenía honorablemente a su suerte. ¡Bah¡ Su suerte… Yo había leído a Nietzsche y sabía que la suerte hay que doblegarla con fuerza o con astucia. Y el pobre Jim, el caballero que practicaba la moral de los débiles, no conocía a Zaratustra. Y esto fue lo que perdió. Porque, tirando del gatillo de sus Colt 45 era igual a mí, lo reconozco. Y si en la cacha de su pistola apenas tenía 25 rayas, y yo más de 40, era porque Jim tenia a veces veleidades cristianas y le había perdonado la vida a más de uno.
Pero él también me odiaba. Hacía años nos buscábamos. Había que liquidar a favor de alguno de nosotros la leyenda del oeste que nos suponía con razón los únicos rivales posibles. Uno de los dos tenía que morir para que el otro quedara dueño de la fama… y del vasto territorio. Diligencias cargadas de oro, cajeros trémulos detrás de sus rejas, uno que otro viajero solitario, con las alforjas llenas. La tarde de su muerte, en el bar de Tom 21 “Patillas”, no cabía ni un alma. Tres sheriffs de los condados vecinos ostentaban allí su estrella, y vaqueros, ganaderos, bellas busconas y fulleros de todo el oeste, atraídos por la famosa feria anual de Juntion Briggs, completaban la bulliciosa clientela.
Y de pronto nos vimos. Sin una milésima de segundo de diferencia, desenfundamos. Las Colt 45 empezaron a vomitar balas. Pero, cuidadosos también cada uno de su propia vida, con un último residuo de instinto de conservación, ambos buscábamos con nuestras balas las del adversario, para atajarlas en su trayectoria. Ambos temíamos lo mismo. Con prodigiosa precisión, cada plomo chocaba en su mortal recorrido con el otro plomo, doblando su camino en ángulo recto. El público, aterrado, pero fascinado con el duelo legendario, se había parapetado detrás de lo que tenía a mano para seguir, a salvo, el descenlace.
El duelo único, imposible, seguía atronando el salón. En el bar no quedaba ni una botella ni una copa sana. Y habíamos vaciado y vuelto a cargar cinco veces las pistolas, pero ni una sola bala, controlada en el aire por el adversario, había dado en el blanco.
Pero en esto, Al Smith, el sheriff de Junction Briggs, nos hizo una seña para que detuviéramos el estéril y original duelo. La contienda había que decidirla a la suerte. Y propuso las condiciones. 20 pasos de distancia, y una moneda definiría quién debía disparar primero. Yo acepté sin vacilar. En los ojos de Jim “El Dandy” leí por una fracción de segundo una ráfaga de indecisión o de miedo. Claro, el no había leído a Zaratustra. Pero yo sí. Y antes de que la moneda cayera al suelo para dictar su sentencia, yo le vacié a Jim “El Dandy” los 12 tiros de mis 45. No podía arriesgar mi vida al capricho de la suerte. “La suerte hay que doblegarla con la fuerza o con la astucia”, decía Nietzsche. Y el pobre Jim, practicante y adepto de la moral de los débiles y de la caballerosidad cristiana, pegó un brinco en el aire, mortalmente herido, y con varias onzas de plomo en el cuerpo fue a estrellarse en el mostrador. En la última mirada de sus ojos agonizantes alcancé a descifrar un reproche. Pero ¿qué quieren ustedes? Yo quería vivir, y de todas maneras le llevaba una ventaja que en esos momentos no podía desaprovechar.
Porque yo sí había leído al filósofo de Engadina.
José Vélez Sáenz
Bueno querida, espero que sigas bien con tus enredos amorosos y pasionales.
Con afecto, Mónica

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que rico sabe un cuento de José en esta casa...

Mario

Anónimo dijo...

buena ironía, buena escritura y buen saber.

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

Mónica gracias por el regalo

Manuel Fernando Jimenez dijo...

Excelente cuento, Leta, como para un guion de Robert Rodriguez protagonizado por antoñito banderas.
Sobre todo el toque surrealista de los plomos encontrandose en el aire. Ni los Ninjas lo hubiesen imaginado mejor. Fue lo unico que le faltó a Neo en Matrix.
Siga buscando papeles mi querida Leta
Un abrazo
Flaco

Anónimo dijo...

Sólo leer la frase "un lugar lleno de nichos donde el eco de los jadeos" ya le quita a uno todas las ganas de leer. Hasta ahí llegué.

Anónimo dijo...

Mala leche y desagradable el anónimo de arriba.
Estoy esperándo la colummna de esta semana de Agustin.

Carlos Aldana