martes, 27 de julio de 2010

Ser superior




Por: Óscar Arias Londoño
Me preparé para asistir a un Consejo más. Quizá la mayor sorpresa resultaría de constatar que alguna de las voces cantantes decidiera pronunciar una idea coherente, o lo que dijera tuviera un soporte legal, académico o literario claro; o tal vez que alguno de los miembros acostumbrado a relatar miserias con velado interés político, emergiera con algo de valor intelectual. Siempre guardaba la esperanza de encontrarme con alguna novedad que retara la capacidad del pleno. Entre ellos, había tres personas capaces de lograrlo, pero preferían hablar poco. Luego de verificar el quórum y de leer el orden del día, se inició la reunión.
Como vueltas de tornillo, repetidas e interminables, se reproducía inexorablemente el libreto: presentación de informes sobre tareas no logradas, justificaciones con alta dosis de heteronomía, solicitudes de estudiantes desorientados y decisiones apresuradas con escasa documentación. Al final, seguían las proposiciones y varios. A esa altura ya alcanzábamos las tres horas de reunión.
El representante de uno de los estamentos hizo una propuesta muy extraña la cual me resultaba incomprensible. Propuso que se le otorgara un título honoris causa a un señor fulano de tal, por los servicios tan meritorios que supuestamente había prestado a la institución. Lo curioso era escuchar relatos llenos de ambigüedad y de confusión sobre hazañas que se le atribuían al personaje. Al cabo de media hora de escuchar ilustraciones y justo antes de pasar a la votación, pregunté: -Por favor me pueden decir ¿quién es la persona de la que están hablando?, porque parece ser que todos ustedes la conocen pero yo no. Como sabrán, una distinción de este tipo debe quedar muy bien soportada.
Todos soltaron la carcajada, los vecinos de silla me palmotearon en el hombro y en la espalda; uno de ellos hasta me despeinó. Hice una panorámica visual y todo parecía indicar que se burlaban de mi ingenuidad. En realidad las carcajadas sirvieron como distractor porque nadie me respondió. Finalmente, se acordó que una comisión entregaría por escrito un proyecto de acuerdo con una exposición de motivos rigurosa. Entonces dije para mi interior: -¡Como que me tiré en esta güevonada! Terminó la reunión y nunca más se supo del proyecto.
Con el tiempo descubrí, por asociación, quien era el personaje. Se trataba del mismo que meses después vimos ingresar al recinto donde sesionaba una corporación pública. Al ingresar, sus miembros se silenciaron, se pusieron de pie e hicieron la venia para que el hombre entrara con propiedad y con honores. Caminó sonriente y con paso seguro, cual gobernante. Cuando llegó a la silla que le habían indicado, se sentó, levantó el brazo y con un gesto magnánimo invitó a sentarse y a proseguir la sesión. Todos obedecieron. Ese día no rodó -políticamente hablando- la cabeza del funcionario público que iba a ser enjuiciado; lo salvó un ser superior. De todo eso, me quedó zumbando la frase que tantas veces hemos pronunciado: el Estado al servicio de los particulares.
Un año más tarde, la prensa registraba el asesinato de quien llegó a ser señalado como uno de los grandes jefes de la mafia, y a quien sus socios le ajustaron cuentas. Los medios dijeron que fue el único muerto entre medio centenar de personas que lo acompañaban. El velorio se realizó en la Alcaldía. Tremendo problema cuando no se tiene a nadie por encima: que no haya ser superior que lo pueda salvar. Afortunado el funcionario.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

A todas estas, ¿cuál será la Universidad pública o privada que otorgará el titulo de Doctor Honoris Causa al Uribe saliente? La U del Cauca hace muchos años coronó a Turbay Ayala.
Rodrigo

Anónimo dijo...

Por estos lados nos hemos salvado de otorgar Honoris Causa a algunos gamonales politicos, pero no de condecorar algunos intereses.

Mario

Anónimo dijo...

Bueno sería esculcar en los honoris causa para hacer una historia del horror.

Gracias por el artículo y a todos los articulistas de la loca de la casa, no he visto un blog como este en la región.

Carlos Aldana