jueves, 13 de mayo de 2010

DOS LECCIONES DE LA LITERATURA PARA EL DEBATE ELECTORAL COLOMBIANO




Mario Hernán López.

Desde niño he escuchado decir que Colombia es uno de los países más violentos de la tierra. Hago parte de una generación que se crió escuchando en las noches historias de persecuciones y matanzas narradas por abuelos y padres. Buena parte de esas historias están recogidas en la abundante literatura descriptiva de la violencia política, escrita por una generación de narradores prácticamente olvidada.

A los que nacimos en la Colombia de la década del sesenta, nos acompaña el triste destino de ser coetáneos de las guerrillas. Paradójicamente nacimos y nos criamos en medio de entusiasmos por mundos mejores que demandaban hasta el sacrificio de la propia vida. De esta manera la adolescencia fue un forcejeo intelectual y emocional alrededor de unas pocas opciones políticas: una parte de esa generación optó por el camino de la violencia armada, como una forma de tratar de resolver los conflictos económicos y sociales, mientras otra parte se refugió en los clientelismos inventados por los partidos políticos para comprar e inmovilizar las voluntades. En este período nacieron buena parte de los escritores que ahora están trabajando sobre nuevas y aterradoras expresiones de las violencias, especialmente aquellas ligadas a las dinámicas recientes del narcotráfico y a las formas de confrontación de actores armados con poderosos ejércitos que emplean técnicas de muerte inenarrables. Algunos han definido a estos escritores como narradores de la sicaresca.

A las viejas violencias directas y estructurales que ha vivido el país, se agrega en tiempos de elecciones la violencia simbólica de las campañas políticas. Los candidatos como Juan Manuel Santos acuden sin pudor a las armas de la publicidad engañosa, al mismo tiempo que buscan radicalizar a su favor a la opinión pública mediante mensajes agraviantes. En cada gesto público los candidatos están dispuestos a afirmar lo que sea electoralmente rentable: creer en el Dios de los católicos, arremeter contra el vecindario o terminar la confrontación armada en cuestión de días. Por fuera de las agendas van quedando los temas centrales del país, en su lugar se avivan las confrontaciones entre quienes desean mantener el control autoritario y quienes buscan posicionar opciones basadas en la justicia, la noviolencia o la legalidad.

En los últimos meses he leído a dos escritores cuyas vidas y obras han estado comprometidas con la búsqueda de la resolución pacífica de los conflictos (Amos Oz) y con situaciones de injusticia y exclusión en sus sociedades ( J.M Coetzee). A diferencia de lo que piensan los escépticos con respecto al valor aleccionador de la literatura frente a las injusticias y las desigualdades, Amos Oz y J.M Coetzee han logrado relacionar sus extraordinarias narrativas con los problemas complejos de sus sociedades y culturas. A través de las obras literarias logran poner en alerta a los lectores sobre lo que acontece; el horizonte de sus relatos no es la denuncia o el compromiso político –a la manera de la vieja y tediosa literatura comprometida-, sino la elaboración detallada de las situaciones humanas que derivan en el absurdo de la injusticia o la segregación. En estos casos, como lo ha señalado Vargas Llosa el efecto político de la literatura es el de despertar en nosotros una conciencia respecto de las deficiencias del mundo que nos rodea para satisfacer nuestras expectativas, nuestras ambiciones, nuestros deseos (…). Esa es la forma que tiene la literatura, dice Vargas Llosa, de formar ciudadanos alertas y críticos[1].

En un ensayo contra el fanatismo, Amoz Oz confía en la capacidad de la literatura para generar seres humanos más comprensivos y dialogantes; por su parte J.M Coetzee alcanza descripciones precisas de los conflictos interétnicos de Sudáfrica en las cuales también se logra entrever la posibilidad de los grupos humanos para construir el perdón y la reconciliación. Sudáfrica e Israel cuentan con narradores que relatan la vida de sus colectividades mostrando en cada detalle de los personajes el carácter ambiguo o paradójico de los conflictos, sin regodearse con las manifestaciones exteriores de las violencias.

El poder de las obras de Amos Oz y Coetzee ha logrado alterar la hegemonía de los discursos de los políticos convencionales sobre sus sociedades, para convertirse en fuente de reflexión y esperanza. Esto deberían saberlo tanto los escritores como los interesados en hacer de la política colombiana una confrontación sin reglas

[1] Vargas Llosa, Mario. Literatura y Política. Fondo de Cultura Económica. México, 2003.

4 comentarios:

Felipe dijo...

Q bien Marito,este es un artículo muy interesante q descubre las perspectivas de los candidatos a presidente 2010,demostrando claramente que no es solo el aspecto de violencia el único tema importante.Y ademas revela las patrañas que un candidato puedes llegar a ejecutar con tal de conseguir el poder..Hombre un abrazo y sigamos escribiendo.

Felipe dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Hay quienes entienden la literatura como chisme y así viven.

Saludos hermano y hablamos en estos dias

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

Creo que alguna vez te lo dije: J.Roth tiene un capítulo alrededor de la ironía en los escritores, asunto que él considera un desperdicio. Al final, siempre resultan aburridas las conversaciones basadas en el sarcasmo.

Saludos

Mario