miércoles, 14 de abril de 2010

Antanas Mockus Razones para un voto



Valentina Marulanda

Es signo de madurez democrática que para la próxima contienda electoral podamos elegir entre un menú de siete candidatos de partidos y movimientos distintos, aunque lo que casi todos proponen sea más de lo mismo. Sólo uno de los que, según las encuestas y el sentir que crece día a día en la calle, tiene opciones reales de imponerse el 31 de mayo, para pasar al segundo juego, representa algo radicalmente nuevo, tanto en la manera de concebir y ejercer la Política como en su propuesta de país. Se nos ofrece ni más ni menos la posibilidad de que, como quería Platón, un filósofo gobierne nuestra República.

Supe de la existencia de Antanas Mockus mucho antes de su aparición en la arena pública, cuando tuve oportunidad de compartir con él, no su amistad, pero sí el aula de clase de un seminario abierto que sobre Filosofía Social se realizaba en la Universidad Nacional de Bogotá en los setenta. No era, por supuesto, uno más dentro del heterogéneo grupo al que asistían estudiantes y egresados de distintas carreras, entre ellos un puñado de matemáticos. Amén de fungir como aglutinador, el más entusiasta, brillaba por su lucidez, su sencillez y su abrumadora y dialéctica inteligencia.

En la coyuntura actual no es, empero, su inteligencia lo que me lleva a apoyarlo con el voto, sino lo que Mockus encarna: el más cabal ejercicio de la razón aplicado a los asuntos de la Polis. En la tradición política latinoamericana en donde, al lado de genuinos estadistas y demócratas, no han faltado los demagogos, los caudillos y mesías que establecen con su redil relaciones carismáticas, esotéricas y religiosas, basadas unas veces en la represión y la dominación y otras en la promesa del paraíso terrenal y de mares de felicidad, el hecho de que un líder apele a la racionalidad de sus congéneres se presenta como un fenómeno digno de atención (he dicho congéneres y no pueblo, esa manoseada y prostituida palabra en cuyo nombre se cometen tantos abusos y se engendran tantos horrores).

El discurso, el lenguaje y el gesto de Mockus dan por sentada la capacidad del ciudadano para ejercer la racionalidad, que no es un derecho sino una condición. Y en aras de esa condición practica el respeto por sus semejantes, con los cuales ejercita la argumentación y la persuasión. Pero para aquéllos que persisten en la irracionalidad y la barbarie ha dicho que no será un blando sino un “duro limpio”. No promete la redención ni anuncia milagros: invita, por el contrario, a la corresponsabilidad, para combatir la violencia, la trampa, la viveza criolla y el atajo, para construir una cultura de ciudadanía y de legalidad democrática, un país decente en donde no todo valga. Para ello pone el énfasis en la Educación.

Frente a la incontinencia verbal que agobia en medios de comunicación y espacios públicos, resulta inédita la imagen de un presidenciable que, amén de parco, incluso lacónico, no se distingue por la elocuencia. De su doble formación matemático- filosófica tiene rigor en el pensamiento y precisión en el lenguaje: mide y pesa cada frase, reflexiona antes de responder, porque conoce el poder de la palabra, instrumento fácilmente manipulado y manipulable.

Frente a tanta autosuficiencia, podría dar Antanas la impresión de ser vacilante. No hay que olvidar, sin embargo, que el sabio y el prudente saben que no lo saben todo, que se pueden equivocar, y por eso reconocen los errores. Pero eso sí, cuando Mockus pronuncia frases como “los recursos públicos son sagrados”, “la vida es sagrada” o “vamos a reducir las tasas de homicidio” podemos estar seguros de que no miente, de que no se trata de consignas retóricas, sino de propósitos y compromisos reales, sustentados en una ética inquebrantable amasada con responsabilidad, honestidad, probidad y austeridad para administrar los intereses y bienes públicos. Que es capaz de esto y de mucho más quedó demostrado en sus dos gestiones históricas, por magníficas, como alcalde de la capital de la República. Ahora, en binomio con Sergio Fajardo, otro competente e incorruptible, no serán uno más uno, sino mucho más que dos.


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