lunes, 8 de febrero de 2010

LOS MAESTROS EN LA TIENDA DE RODRIGO



Mario Hernán López

Durante más de veinte años, cada sábado, al final de la tarde, cinco maestros de escuela primaria nos reunimos en la tienda de Rodrigo para hablar, al mismo tiempo, sobre todas las cosas, tomar cerveza o brandy barato y resolver el crucigrama del periódico El Espacio. Luego de jugar el acostumbrado partido de baloncesto –con jugadores alegones y rabietas como todos los maestros de escuela con los que he compartido-, visitamos la tienda de Rodrigo, ubicada detrás del edificio Panorama, hacia el oriente de la ciudad, en una calle que en los últimos años se ha vuelto comercial con cierto aire de pasaje gourmet: los pequeños establecimientos han puesto carpas distintivas y avisos con logotipos vistosos diseñados por expertos; en la calle se encuentran una pequeña librería, un restaurante de carnes frecuentado por funcionarios con los invitados de sus empresas, otro restaurante pequeño y discreto que ofrece buena pasta y una pastelería elegante de parva fina.

La tienda de Rodrigo tiene puerta roja de madera y metal que cierra con cadena y chapa Yale; su interior es un rectángulo de unos treinta metros cuadrados, buena parte de ellos ocupados por dos vitrinas de madera y vidrio dispuestas en forma de ele. Un par de mesas metálicas con sillas tubulares componen todo el mobiliario. Cada objeto del lugar está viejo e impecable: en la vitrina central se exhiben un par de números antiquísimos del almanaque Bristol, una lámpara de queroseno y un conjunto de lápices, cuadernos de papel crudo y borradores de listones azules y blancos de los que regalaba la fábrica de textiles Única a sus obreras en la década del sesenta. La vitrina central es una verdadera caja de sorpresas: recostadas al vidrio se ven las cartillas escolares de los tiempos de Charry y la Alegría de leer, juegos de dados y un parqués con los escudos de los equipos de fútbol de los tiempos de Willington Ortíz y Victor Campaz. En un toca-discos de acetato se escucha música argentina y verdaderas joyas del bolero mejicano. En sus últimos años, Rodrigo inadvertidamente dejaba saltar la aguja sobre el borde externo de los discos hasta que algún contertulio le hacía señales con las manos. Con esfuerzo pero sin afán dejaba descansar la aguja de zafiro sobre algún disco LP elegido al azar, luego se sentaba en una silla con espaldar de cuero de vaca para sumergirse en sus pensamientos de viejo solitario.

Cuando lo conocí Rodrigo ya estaba entrado en años, probablemente sexagenario, de manera que el año antepasado, cuando lo visité por última vez (no había vuelto a jugar baloncesto por asuntos de la burocracia escolar), Rodrigo ya acusaba varios achaques propios de la edad: estaba casi sordo y sus movimientos daban la impresión de estar permanentemente desorientado. En sus últimos años (me contaron hace pocos días los compañeros luego de mi retorno al baloncesto) Rodrigo abría la tienda sólo para recibirlos y venderles una docena de cervezas y una botella pequeña de brandy local. El toca-discos había sido reemplazado por un Ipod con amplificación del sonido, de uno de los maestros, de manera que los boleros, los tangos y los pasodobles habían dado paso a la salsa, el merengue y el vallenato. Todavía seguían resolviendo el crucigrama de El Espacio.

-Murió hace dos meses de un infarto fulminante- contó uno de ellos. –La tienda todavía está cerrada y nadie se atreve a abrirla- dijo con aire de preocupación.

4 comentarios:

Tita la mas bonita dijo...

La Alegría de Leer mi cartilla favorita, ademas de ser un relato bonito, evoca recuerdos maravillosos!

Anónimo dijo...

En la ciudad se encuentran ahora muchas tiendas de barrio especializadas en distintas músicas, como en el barrio el bosque y las tiendas de salsa

Gracias por la evocación

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

Ideologicamente hablando, los niños son dociles. Maestros rabiosos y tiranos frente a una audiencia muda. Nadie les puede llevar la contraria, ni siquiera en juego. Las encuestas dicen que 70% del pais es docil.

German

Anónimo dijo...

Si esa calle hablara!