miércoles, 13 de enero de 2010

LO MEJOR DEL AÑO




Mario Hernán López


Hace un par de semanas pregunté a dos buenos amigos sobre sus mejores lecturas en el año anterior. En sus respuestas, mis amigos hicieron mención de autores y gustos literarios que resultaron francamente exóticos; uno de ellos, aficionado a buscar autores desconocidos por la crítica y capaz de rastrear citas de escritores nacidos en lugares impensables, se refirió a escritores de la Europa Oriental cuyos libros aparecen de repente como si se tratara de material desclasificado por agencias de seguridad. Como sacadas de los bolsillos secretos de un carriel fue presentando reseñas completas de narradores de Islandia, Nepal y las islas Fiyi, cuyos libros apenas están en proceso de traducción de su idioma original al castellano.


-Buena parte de estos escritores se ocupan de sucesos locales, aldeanos; se trata de literatura casi bucólica- sentenció.


-Mientras los narradores que buscan reconocimiento y mercado se insertan en la moda de las novelas históricas, estos escritores trabajan a partir de materiales locales, tal como ocurre en la narrativa japonesa contemporánea- dijo con rostro serio.


Luego de pensarlo un buen rato, el segundo de los amigos dio una respuesta con un giro inesperado, nos hizo saber su preferencia por las novelas extensas, por libros voluminosos que retan físicamente al lector; relatos que demandan del cuerpo horas y horas en la misma posición, cientos de viajes en el metro o fugas prolongadas del lugar de trabajo. Mencionó libros y autores de su total preferencia encabezados por Thomas Mann y Robert Musil. Como si leer fuera una maratón, narró con todo detalle su experiencia física y emocional con las novelas que superan las ochocientas páginas. Haciendo gala de conocimiento y precisión en el oficio de lector, nos hizo saber acerca de los ritmos impetuosos de las primeras doscientas páginas, de la lectura regulada en la siguientes trescientas y la lucha interior, en las páginas siguientes, ante los deseos intensos de abandonar o sortear de otra manera el reto físico de los libros gruesos. Uno de los aprendizajes mayores –dijo- está en el empleo de técnicas de lectura con saltos, esguinces y diagonales precisas sobre los párrafos, ubicando siempre los fragmentos que sostienen el pasaje o la situación narrada, sin perder el hilo.


Al final de sus descripciones, puso de presente la tremenda frustración que producen ciertos escritores expertos en resolver las situaciones finales con personajes sacados del sombrero, inventados de afán o transformados moralmente en otra cosa sin que medie explicación alguna. El mayor reto –advirtió- está en la lectura de novelas inacabadas.


-Creo que lo importante no es percatarse completamente de los contenidos del relato, ajustarse a la historia o examinar la técnica, lo importante, en realidad, es llegar al final- dijo, haciendo un gesto obsceno con el brazo derecho.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena Mario y feliz año

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

Hombre Carlos ¿por dónde andas?. Feliz año para ti y tu familia. Valdría la pena que nos contaras sobre tus recientes lecturas de narradores cubanos.

Saludos

Mario