miércoles, 20 de enero de 2010

Libro no escrito en mediqués


Dice Daniel Samper Pizano en uno de sus escritos, que el lenguaje médico es un lenguaje totalmente intraducible para los mortales normales: si a alguien le espetan súbitamente que tiene una metaplasia mieloide amniogénica, podría empezar a convulsionar, pensando en lo amargo del fin y del sufrimiento agregado a un teminacho que en nada se parece al lenguaje de telenovela de narcos o al insufrible vicio de usar diminutivos del emperador Álvaro I en los consejos comunitarios.


Es conocida la antipática costumbre de los pichones de médico o de los médicos mismos, quienes cuando suman más que dos, inician soliloquios o diálogos plenos de palabrejas con terminaciones griegas o latinas que barruntan tragedias y dolores y que dejan al resto de los presentes excluidos de la conversación y tratando de cuadrar cifras del presupuesto familiar, en tanto los doctos doctores terminan de componer el presente y el futuro del paciente de quien hacen referencia en su charla.


Ese lenguaje fue bautizado por Samper Pizano como el Mediqués: un sistema de frases y comunicación, totalmente intraducible al lenguaje cotidiano y en general, al lenguaje humano. Y aclaro que no acometo el difícil tema de la calidad de la letra de los médicos y sus aspirantes: es un medio de comunicación apenas aceptablemente traducible para un dependiente de farmacia, con al menos 30 años de experiencia en descifrar criptogramas y fórmulas médicas...


Con ese antecedente, cuando mi amigo Octavio Escobar Giraldo, escritor laureado en diferentes ámbitos, médico él, que no escribe en mediqués, me hizo llegar el libro Sueños Derribados, una compilación del Profesor Universitario Harold Kremer, docente de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Libre de Cali, un pálpito exprimió a mis suprarrenales y esperé encontrar aburridas conferencias de Administración Sanitaria o la Fórmula para que por fin, se explicara en dónde estaban los millonarios recursos que las EPS atesoran e invierten en destinos diferentes a la Salud de los Colombianos.


Pero no, el ejercicio era otro: estudiantes de Medicina de esa Universidad, acompañados por el Profesor Kremer vertieron sus experiencias en un cuidadosamente editado libro de 203 páginas en forma de cortas narraciones que ora tocan la ficción, pero siempre la realidad y la cotidianidad de un estudiante que cuando profesional se las tendrá que ver con lo mejor y lo peor de lo humano, tal vez, de lo demasiado humano.


Los escenarios: los barrios de los sectores deprimidos de Cali: Aguablanca, Terrón Colorado, la vorágine del sector central de la polis; los personajes esperables y esperados; los temas repetitivos (la sociedad se repite hasta la saciedad, solazándose en la tragedia y la desesperanza...).


Esos escritores en ciernes recrean la cotidiana tragedia del drogodependiente, del narco de menor cuantía, del matón y de los muertos y en ese contexto ubican al lector en esa ciudad que transcurre con bullicio pero inadvertida, enmascarando en el ritmo de la salsa la arrítmica soledad de los desclasados y de los usuarios cotidianos del saber profesional presente y futuro de los autores de esas narraciones.


Una frase podría resumir la intensidad de esas vidas reflejadas en los textos, está en la narración Inocencia de Doménica Liliana Hoyos: Claro que nosotros siempre hemos comido carne, pero solo una vez al mes. Una frase que dignifica lo impresentable de la miseria y de las carencias de todos los tamaños. En ese mundo que ronda la ficción de Rosario Tijeras y de otros submundos popularizados en filmes suficientemente referenciados, las palabras de grueso calibre al lado de las armas ibídem, conformar escenarios que no por repetidos, dejan de ser siempre sorprendentes y mueven sentimientos encontrados: la aversión ante actos innobles, al lado de heroísmos desconocidos y en muchas ocasiones sorprendentes.


A pesar de los esfuerzos de muchos, los autores salen airosos en la tarea de transformar en letras las vivencias cotidianas y las extraordinarias: la lectura del libro hace un recorrido por muchos recovecos del sistema de salud, pero principalmente por la vida del ciudadano medio, que pasa la ciudad a veces sin interpretar los mensajes y los visos de las vidas anónimas.


Con éste libro, se puede repetir con Álvaro Cepeda Samudio: En este pueblo se acordarán de nosotros, en este pueblo se acordarán siempre, somos nosotros los que olvidaremos.


3 comentarios:

Martín Franco dijo...

Qué bien suena. ¿Dónde se consigue?

Anónimo dijo...

http://www.lalibreriadelau.com/catalog/product_info.php/products_id/15249

Anónimo dijo...

Les gusto el libro????