jueves, 28 de enero de 2010

LA TOLERANCIA O EL ELOGIO DE LA DIFERENCIA





Agustín Angarita Lezama *

Durante mis cátedras universitarias, en más de una ocasión, planteé la necesidad de superar el concepto de tolerancia, por ser un valor que no estaría acorde con la situación actual del mundo, donde el concepto de reconocimiento es de mayor envergadura y calado.

Me equivoqué. La ilustración y la tolerancia no han terminado, ni de lejos, su tarea. Kant explicaba que la Ilustración era la invitación a hacer uso público del propio entendimiento, que instaba a atreverse a pensar, a utilizar la razón, la argumentación y el pensamiento crítico para tomar posiciones. Dos y medio siglos después, lo planteado por la Kant y la Modernidad sigue sin realizarse.

Revisen esta campaña política. Lo que brilla por su ausencia son las ideas. Abundan los lugares comunes y los ataques a los demás aspirantes. Cuando alguien argumenta un tema que deja mal parado al opositor, este no contra argumenta, que seria lo de esperar, sino que las emprende con la vida personal del contrincante. Por ejemplo, si se dice que la campaña de un político cualquiera está impulsada por dineros de dudosa procedencia y se pide a los organismos de control que ejerzan su labor verificadora, ante las evidencias de ríos de billetes gastados en publicidad, vallas, pasacalles, caravanas, sedes, cuñas, periodistas y animadores fletados, en vez de aclarar las cuentas y mostrar los libros contables reales y no las dobles contabilidades, se apela a desprestigiar al contradictor, sin responder los interrogantes.

Se escuchan casos patéticos. A un candidato se le interpela por sus cambios consuetudinarios de partido o de movimiento político, y él responde que por qué le preguntan eso si su interlocutor es un homosexual, o tiene un familiar con retardo mental o su compañera sentimental tiene amantes… El debate de las ideas no existe, lo que ocurre es el debate de los improperios, de las groserías, de los engaños, de las mentiras.

Y los seguidores de esos políticos, para quienes la ilustración es similar a lo que ejecutan los embellecedores de calzado, como no se han atrevido a pensar por cabeza propia, cualquier interpelación a su jefe político es asumida como una afrenta personal, respondiendo, ante la ausencia de ideas, con agresiones verbales, llegando incluso, a la violencia física. Esto explica la incineración de vallas de los contradictores, la destrucción de pasacalles, las cuñas ofensivas y los insultos verbales permanentes.

La ciudadanía, ante este bochornoso espectáculo opta por marginarse de los procesos electorales. Los mismos candidatos se quejan de la indiferencia y apatía del electorado, pero son ellos mismos los culpables, que sin ideologías, sin propuestas serías y ponderadas, sin respeto por la diferencia, sin una mirada que supere el mero negocio electorero, quienes espantan a los ciudadanos.

Ser tolerante es respetar al otro. Es entender que el otro o la otra son distintos y que es, precisamente con los distintos, que hay que construir-reconstruir la sociedad. Ser tolerante es comprender que si bien a uno no le gusten algunas cosas, el otro o la otra tienen derechos que respetarles. El hecho que a mi no me gusten los homosexuales no me da ningún derecho a salir por las noches a matarlos, maltratarlos o insultarlos. La opción homosexual es una opción de vida tan válida como la heterosexual, el celibato o la castidad.

Creer en una causa política es respetable. Aferrarse a principios partidistas es entendible. Pero es sinónimo de intolerancia considerar que todo el mundo debe pensar igual a uno, que el que no piense lo mismo que uno es enemigo y que hay que zaherirlo, insultarlo o vilipendiarlo. Es intolerante quien piensa que su verdad es única. Hoy, poco a poco, va quedando claro que no existe una verdad, sino verdades.

Finalmente, para destacar la importancia de la diferencia, quien quiera vivir con alguien que piense igual a él o ella, que tenga los mismos gustos, los mismos sueños y aficiones, aunque viva en compañía, ¡a la larga vive solo o sola!

* Catedrático y director del Observatorio de paz y derechos humanos de la Universidad del Tolima

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una critica a la tolerancia se puede dar desde las grandes diferencias sociales y económicas en sociedades como la colombiana. ¿es tolerable la concentración extrema de la riqueza? ¿es tolerable la marginalidad y la exclusión?
Probablemente lo realmente intolerable sea la intolerancia que deriva en violencias sociales y en el aniquilamiento físico.


Carlos Aldana