martes, 19 de enero de 2010

HOMO SACER: EL CAPITALISMO FUNERAL.




Oscar Robledo Hoyos. *

"Lo que sí es seguro es que nadie quedará indemne, y eso que aún no ha sucedido todo".

Vicente Verdú Maciá.

El viento enrojecido, el despojo, las marchas infinitas de los que todo lo han perdido, los herederos de las limosnas que caen de la mesa luego de la repartija impúdica. De aquellos que en nombre de la fe les arrebataron las casi nadas que era todo su boleto para la vida para facilitarles de una vez la entrada en el reino de los cielos: sin tierrita, sin animalitos, la mayor de las veces, sin miembros superiores, sin cabecitas ni piernitas, en una palabra "Ligeros de equipaje" como dice el Padre Gallo y Paulo Coelho, hechos un “envueltico de maíz o de arroz” para que no ocupen más de sesenta centímetros cuadrados en la fosa común. Los Nuevos Epulones se han convertido en ángeles guardianes, "héroes", “prohombres” que generan empleo, dan de comer a los hambrientos en nombre de un Dios que ha vuelto el rostro hacia las nubes profundas.


El despojo, el manotazo. No entre los que los que tienen sino de los ricos del último momento con los pobres y los que se debaten en la línea de la miseria, peleándose los harapos de los que nada poseen. Son los nuevos emperadores de la pura animalidad y el desamparo. Se pelean por pedazos de cobija, por los chiros del alambrado, por las cacerolas curtidas de hollín, vienen por todo lo que quedaba, los tennis usados, los calcetines rotos, los restos de dignidad, las esperanzas postreras y los retazos de los últimos sueños.


Te presento el "Homo Sacer" de la guerra infinita de Busch o de “Tierra Arrasada” de las legiones romanas, la misma furia uribista que con el pretexto de acabar con la guerrilla ha hecho por fin la contrarreforma agraria que desde siempre no estaba necesitando Colombia como lo expresa Pirry en un documental lacerante sobre el otro lado de la moneda: el Paramilitarismo que hemos aupado irresponsablemente como sociedad civil.


El Homo Sacer es aquel sobre el que ha teorizado Giorgio Agamben, el “homúnculo” que camina por todas partes habiéndolo perdido todo; su dignidad y sus derechos. Un perchero de donde ya no cuelga nada. Tal vez los discursos universalistas y vacuos de los metarrelalatos de la democracia occidental, los derechos del hombre y el ciudadano y todos los de primera, segunda, tercera y cuarta generación. Dos millones y medio de campesinos que se cuelgan de los semáforos o se hacinan en ciudadelas de teflón a las afueras de Montería o Medellín o en los bordes de “Ventanas” o Valdivia en Antioquia, al borde del abismo, vigilados por la seguridad democrática así Colombia ocupe puesto importantísimo en lo que indican los indicadores del despojo.


Las mujeres de Somalia han viajado hacia Yemen en el durísimo relato de Laura Restrepo que le encargó “Médicos Sin Fronteras” y publicó El País de Madrid, del cual dice el premio Nobel José Saramago: "Detrás de cada palabra escrita por Laura hay lágrimas, gemidos y gritos que serían capaces de quitarnos el sueño si nuestra flexible conciencia no se hubiese acomodado a la idea de que el mundo va adonde quieren los que lo dominan y que nosotros ya tenemos suficiente con cultivar nuestro patio lo mejor que sepamos, sin tener que preocuparnos con lo que pasa al otro lado del muro. Esta, sí, es la más vieja historia del mundo".


Fue su viaje al CORAZON DE LAS TINIEBLAS a la manera del de Arturo Cova a la Vorágine colombiana o el de Joseph Conrad en el bergantín Nellie hacia el Congo, colonia inglesa en el corazón de áfrica. Y para ello tenia – guardadas diferencias - el modelo colombiano. Tal vez por eso fue invitada por Médicos Sin Fronteras. Porque en desplazamiento forzoso Colombia con Somalia ocupa los primeros puestos en el planeta. Este si es el horror del terror del remedio inventado para paliar la desigualdad socioeconómica de nuestro mundo creyente.


"Vienen subiendo, y son miles. Mujeres con sus hijos. Saben que muchas morirán por el camino, o que tendrán que dejar enterrados a sus hijos. Pero la decisión está tomada, y no pararán hasta encontrar un lugar donde la vida les abra por fin la puerta. Cueste lo que cueste, y por encima de quien se interponga. Si te paras aquí, en la costa sur de Yemen, vas a verlas venir: El Cuerno de Africa entero parece estar subiendo. En pateras, por el desierto, a pie, mendigando a través de las antiguas ciudades”, dice. Es un reportaje desgarrador, intenso, desesperante que se repite todos los días en Colombia pero con el cual cohabitamos cómodamente. Ayanna "dice a quien quiera oírla, o se dice a sí misma, que su niño venía llorando en el barco. Los “smugglers” (traficantes de personas) le advirtieron que lo tirarían al mar si no lo callaba, pero cómo iba a callarlo, si ni agua tenía para darle. El niño siguió llorando y lo tiraron. Ella se tiró detrás, pudo agarrarlo antes de que se ahogara y nadó con él hasta la costa. Pero en el barco se le quedaron sus otros dos hijos. Luego los encontró, allí en la playa, vivos también. Uno de los refugiados que venían con ella en el barco los había ayudado a alcanzar la orilla.


No todos corren con la misma suerte. Barcos en los que sólo cabrían 30 o 40 personas son atiborrados con 120 o 150, en travesías que suelen durar entre tres y cinco días. Los soportan sin comer ni beber, a rayo de sol, entre orines, heces y vómitos propios y ajenos. A quien se mueva o proteste, los smugglers le descerrajan un correazo por la cabeza, la cara, la espalda, abriéndole la carne con la hebilla metálica del cinturón. Para no ser interceptados por la patrulla costera yemení, los barcos llegan de noche, dan media vuelta antes de alcanzar la orilla para emprender el regreso y en ese momento arrojan al agua su carga humana. En medio de la ciega negrura, algunos se ahogan porque no saben nadar. Otros, porque vienen entumidos tras permanecer tanto tiempo inmóviles y encogidos. Los hay que desaparecen nadando mar adentro, porque en la costa desierta no hay una luz que los guíe. Los etíopes llevan la peor parte. En el barco los hacinan abajo, en la bodega para el pescado, donde no es raro que mueran de asfixia, y una vez en Yemen no se les reconoce status de refugiados políticos, como sí a los somalíes. Por capricho de las convenciones internacionales, los etíopes son considerados simples migrantes económicos, y en cuanto tales pueden ser deportados. Cuando emprenden el viaje, todos ellos saben del horror que les espera. No sólo lo saben, sino que duran meses juntando los 80 o 100 dólares que les cobran por el pasaje. "En el mar es posible que te mueras", me dice Habiba, "pero si te quedas en Somalia, es seguro que te matan". (1)



*. Sociólogo.



Manizales, Enero19 de 2010.

(1) .http://www.elpais.com/articulo/portada/Testigo/horror/reinas/Saba/elpepusoceps/20090809elpepspor_9/Tes)

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