martes, 3 de noviembre de 2009

POR LOS ALREDEDORES DE IRRA, CAMINO HACIA EL CAUCA.


OSCAR ROBLEDO HOYOS *


Es bueno dejarse ir por los caminos veredales. Nos cobija entonces el berrido de terneros, el canto de azulejos, cucaracheros y toches de vivos colores que saludan la mañana desde el desequilibrio de un racimo de plátanos. Es bueno levantar la vista por momentos y dejarnos marcar el territorio por el vuelo silencioso y agorero de un grupo de gavilanes que hacen relevos a toda vuelta del sendero. Los círculos se van concentrando a la medida en que nos acercamos a su querencia de pichones y caza para compartir en el silencio de estas soledades el temor del caracol o el ratoncillo de campo cuando son percibidos por los ojos terribles y penetrantes de las rapaces. Su hábitat es un vasto espacio aledaño al rió Cauca tachonado de palmas frondosas que producen una drupa especial. De allí, que las loras monten infernal algarabía cuando nos acercamos a “estos sus pagos” de Dios y de Natura.



El camino es húmedo y pantanoso. De las cunetas emerge olor a humedad y desde los costados se huele el más leve machetazo a la maleza o la pisada del capataz que viene de vez en cuando a reparar los cercos de alambre. Las plantas resisten un doblez, un golpe o una herida y echan a proferir perfumes a tierra mancillada. Nada se diga mas allá del cerco de arriba – junto a la casa - donde el arado ha dejado hondos surcos de tierra boca arriba. ¡Qué de olores húmedos!, ¡qué revoloteo de pájaros pequeños y – siempre - el vuelo ceremonial de los señores del lugar, los gavilanes, y el lejano ruido de las loras pelando las pepas en las palmas.



Es curioso que en estas “relativas” lejanías, entre el barro, rescatemos tuercas, tornillos y arandelas que nos trasportan de inmediato a la ciudad. Por estos caminos se desangra la tecnología urbana, los sistemas mecánicos de camiones lecheros, motos, chivas y bicicletas que tienen su epicentro en las cabeceras municipales. Tecnología que viene a morir mas allá de sus extramuros en el fango de esta mañana lechosa.



Como ha llovido durante la noche, el río viene revuelto de palos y hojas frescas que se detienen un instante bajo nuestros pies. Los vemos a través de los gruesos troncos que sirven de travesaños sobre la estructura metálica. Esta parte del recorrido es particularmente encantadora. Ahí si nos desvinculamos de nuestras historias personales y los ruidos de la ciudad. El espectáculo de las torres de apartamentos y la selva de cementos multicolores huyen definitivamente de nuestras retinas para que nuestra alma flote en los remansos o se levante hacia al cielo rastreando los troncos centenarios de samanes y ceibas que se levantan hacia el cielo. Un día, en nuestro entusiasmo casi infantil, nos abrazamos a uno de ellos para beber de manera directa el elixir de la vida, con tan mala suerte que nos hemos clavado una púa metálica debajo de la tetilla, por ingenuos y románticos.



Si salimos de este “lejano oriente” al “medio oriente” que es la carretera principal, la tripitoria o pepitoria tecnológica se incrementa. Cauchos de todos los tamaños y colores, resortes, puntillas, pines, amarras, alambres en todas sus especificaciones. El automóvil que luce tan fiero e imponente en la ciudad, que luego del caballo fino y la mujer bonita (si reina de belleza, mejor) anda en su “cuarto de hora” y todo lo tiene servido a sus pies, como Gran Señor que es de la posmodernidad viene aquí a menos; se desarma poco a poco. Por decirlo de alguna manera, sale rengueando de estos barrizales. Se desarticula en sus elementos más externos y sale maltrecho de pantaneros hechos exclusivamente para botas o cotizas de campesino.



Si recogiéramos sus partes caídas gota a gota tendríamos para abrir un negocio ferretero o armar un automóvil heteróclito.


*. Sociólogo.



Manizales, Noviembre 1 de 2009.


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