miércoles, 18 de noviembre de 2009

El breve sueño de una República de letras.






Oscar Robledo Hoyos. *


Hoy me he levantado en estado alucinado. No he querido prender la luz de miedo de volver a la triste realidad de los “Uribitos”, el “Ingreso Seguro” y la pesadilla de las “Siete Bases” para inseguridad de todos y la alegría de uno solo. Me he venido dando golpes contra las paredes hasta llegar al computador a seguir ese dialogo quimérico con las letras al servicio del pueblo.



A la manera de los Enciclopedistas recordé su divisa antes de que se iniciara la Época del Terror; “Rendre la philosophie populaire”, es decir, hacer de la filosofía un asunto de la gente, bajarle decibeles hasta volverla divertimento de todos. Me soñé en la Universidad de Caldas, en nuestra Alma Mater, como espacio de juventudes gozosas. Existía en ese contexto un individuo que era como el nervio catalizador por su estado casi permanente de electricidad e impulso comunicativo hacia todos los estamentos. Por allí y por allá, le decían “El Mosco” y acababa de escribir un libro de cuentos que me imaginaba pequeño y breve. Estuve, por fuerza del azar, en una de esas tenidas permanentes de la cultura. Fue un acto oscilante entre el teatro y la poesía, el delirio, la fantasía y el sueño. ¿La pasábamos de maravilla!. La fiesta era en el amplio Hall de la entrada. Una especie de “foire de fous”. Unos recitaban versos y prosas literarias, otros hacían actos fragmentados de teatro breckiano con una sabana que flotaba sobre los cuerpos de los actores y solamente se visualizaban los textos a través de una inmensa blancura en movimiento, como un gusano humano que profiriera palabras. Los de mas allá andaban en un certamen de oratoria, los de éste lado se reunían alrededor de un chico de melena alborotada que leía en voz alta un texto inspirado tal era la atención de su corrillo. En fin, por todas partes la literatura inundaba claustros y pasillos.



El libro de cuentos se me apareció de improviso cuando iba hacia otro lugar atraído por el movimiento de los jóvenes. Un libro grandote a la manera de aquellos “ladrillos” de La Colección de Autores Nacionales del fallecido Instituto Colombiano de Cultura. Su carátula era dorada con grandes volúmenes simétricos y abstractos a la manera de Omar Rayo a quien había visto antes de ir a la cama en la primera pagina de los diarios capitalinos. Triángulos patas arriba y boca abajo; rojos, intensos, cortantes, hiriendo la pupila. Pude acercarme a tocarlo con la punta de los dedos. La edición no era como aquellos libritos de los primeros festivales del libro en Colombia. No. Era una edición soberbia y catedralicia, inspirada tal vez en las recopilaciones de la revista Eco, Mito o Voces o la selección de textos de la Revista de Indias o los ensayos de Ernesto Volkening o los escritos de Baldomero Sanín Cano.



El problema fue que pasaron los minutos y mi cuerpo reconoció progresivamente y a regañadientes el frío de un nuevo día a un punto de irme contrayendo como un metal. El estado de felicidad de las letras y el pensamiento pasó al reconocimiento que me iba muriendo por partes pero del frio hasta llegar a la convicción que no existían esos estados tan cercanos al goce beatifico sino en el sueño. Se fue desvaneciendo progresivamente esa República de las Letras instaurada desde la Universidad. Se fueron atemperando los ruidos y los cantos y me fui quedando en la “nuda humanidad” spinozziana de un plácido amanecer de la mano del Mosco en la visión beatifica de las letras en el mundo de Platón, en el puro reino de la ideas.



Esto para describir así sea de manera imperfecta la alegría que nos ha dejado a todos los habitantes de Lalocadelacasa, el premio obtenido de nuestro Director de Ensueños, Mario Hernán López Becerra.



Creo - a manera de colofón -, que todo este popurrí de alegría literaria estuvo coadyuvada por la infusión que leí poco antes de ir a la cama. Me llegaron unas bellas y sentidas líneas de nuestro amigo común Richard, amigo de lides y reverberaciones de Mario Hernán quienes con una docena de amigos entrañables hablan de lo humano y lo divino sin que les tiemble la mano que pusiera en riesgo siquiera una gota de los líquidos Apolíneos. Me dormí pues pensando en los cuarenta años de Carlos Ricardo en la ciudad, su llegada siendo un mozuelo, su despertar a la política universitaria y las horas frenéticas que pasamos en el Teatro Ocho de Junio y en las calles de Manizales hasta el “sitio” famoso a Doña Pilar Villegas de Hoyos (gobernadora del departamento) en sus oficinas del Parque de Bolívar. Y toda la juventud de la ciudad sentada allí, paciente, cantando, esperando “torcerle el cuello” al ejercicio de la política y la gestión de los asuntos de la Cosa Pública.


Claro, tenía que ser así. Todo se mezcló finamente; noticias, recuerdos, experiencias docentes, televisión, lecturas, sueños políticos, rabias que pensaba dormían el sueño de San Alejo. Ahora tristemente emerjo a la destemplada realidad casi yerto cuando son las seis de la mañana.


Manizales, Noviembre 18 de 2009

*. Sociólogo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay duda que escribir es una estrategia de superviviencia (en estos tiempos que corren...)

German

Anónimo dijo...

Hombre Oscaro, hace rato nos debemos una tenida como la que hicimos en la casa de Mónica; ya es hora de iniciar la organización de un encuentro con todos los fierros.

A falta de la república de letras, nos queda la posibilidad de una buena bohemia.

Saludos.

Mario

Anónimo dijo...

La sabiduría mítica de los mayores consiste en rememorar las vividas experiencias de los años...de los años, años...ha de la impetuosa juventud; y se incrementa cuando se comparten trayéndolas al presente.
un abrazo Oscar
Rodrigo