lunes, 16 de noviembre de 2009

De lo que un amigo hizo por ocio



Misael Peralta



Dolce far niente es una expresión en italiano que recoge el origen de casi todas las cosas que me gustan.

Decididamente, el ocio, el maravilloso y dulce ocio contiene la esencia de las cosas que hacemos decididamente libres, las que no nacen de la necesidad si no de la nada, del hacer nada, de la débil suerte de desespero que constituye estar completamente tranquilo.

Más allá de la velocidad, la capacidad de copiar fielmente y el no cansarse, las máquinas se diferencian realmente de los hombres por su incapacidad de no hacer nada, por no tener la habilidad de producir cuando están en off.

En eso del ocio, hay maestros. No sobraría nombrar al Bartleby de Melville, ni al bufón de cualquier comedia de esos siglos de hace tiempo. No sobraría pensar en el momento real de aparición de las ideas de los grandes científicos o en los momentos en que el pintor no pinta.

Ganar un premio de literatura, ser reconocido en un Departamento como el nuestro por sentarse a escribir buenos cuentos, merece al menos 5 o 6 párrafos.

Sí, merece elogios, a la persona, al intelectual, al culto.

Yo prefiero pensar en que existen descripciones más dignas y mejores para describir a Mario López, y una de las mejores, para mi gusto, es pensar en él como un buen ocioso, uno que deja dulcemente esas palabras que surgen de la nada, en el libro y en La Puerta.


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